Opinión

Tan inteligente como artificial

¿Qué deberíamos hacer nosotros para prepararnos para el tsunami de automatización laboral que se viene en mayor o menor medida en todo el mundo?, es la pregunta que literalmente se hace el periodista Andrés Oppenheimer en su libro ¡Sálvese quien pueda! El futuro del trabajo en la era de la automatización[1], y sobre la que profundizó ante una sala llena de periodistas, profesores universitarios, ingenieros de sistemas, diseñadores, marketeros, dueños de medios y empresarios de la comunicación, en la reciente reunión anual de la Sociedad Interamericana de Prensa (SIP) que se realizó, hace solo dos semanas, en Miami.  

Si bien Oppenheimer reconoció que, a pesar de preocuparle el tema, él mismo venía “contribuyendo” al desempleo a la hora de producir sus programas de televisión ya que hoy contaba con más robots que camarógrafos, por ejemplo, su pregunta inicial me retó a visualizar, con entusiasmo, el impacto de la automatización en el espacio académico donde, desde siempre, prestigiosas universidades se han jactado, con razón,  de contar en sus campus, pasillos y aulas, con maestros y eminencias (humanas) intercambiando ideas y proyectos con sus alumnos, así como construyendo conocimientos de modo colaborativo.   

Interesante resulta comprobar que fue justamente en una tan reconocida Universidad como la de Oxford donde, según nos contó Oppenheimer, dos investigadores de apellidos Frey y Osborne, concluyeron que “el 47% de los empleos corren el riesgo de ser reemplazados por robots y computadoras con inteligencia artificial en Estados Unidos, durante los próximos 15 o 20 años”, enfatizando que el mayor impacto de la automatización no sólo, ni principalmente, se sentiría en los países ricos, sino también en nuestros países latinoamericanos. Oppenheimer, nos lanzaba así, sutilmente, dos grandes retos. Primero, ¿qué competencias y habilidades deberíamos desarrollar en los alumnos quienes trabajamos en universidades, si de lo que se trata es de que éstos naveguen con confianza los retos que nos plantea la inteligencia artificial?  y, segundo, ¿qué debemos defender –con firmeza– si de lo que también se trata es de diferenciarnos de los robots?

Soy una convencida de que los robots ya vienen simplificando gran parte de nuestras actividades, permitiéndonos invertir más horas en actividades que nos apasionan, ofrecen salud y bienestar. Sin embargo, de lo que no estoy tan segura, por el momento, es si los alumnos universitarios con quienes me cruzo diariamente en la universidad preferirán conversar, principal o únicamente, con asistentes virtuales como Alexa, Siri, Cortana, Pepper, por citar solo algunos, cuando enfrentan ciertos conflictos académicos, así como los inevitables y hasta necesarios dilemas personales.

Felizmente, al día de hoy sigo recibiendo correos electrónicos con dilemas, consultas, alegrías,  preocupaciones y solicitudes de reunión, de parte de mis alumnos de quienes nunca acabaré de aprender y a quienes nunca, tampoco, terminaré de agradecer. Mis respuestas, que recuerde, no han seguido formatos ni templates prefabricados.  Si bien es cierto que ellos añoran cierta dosis de soledad e independencia, ambas dejan de serles atractivas cuando sus intensidades superan sus competencias de acción. En esos momentos es cuando la voz humana, que a pesar de parecerse no es la de Siri, se vuelve, casi siempre, irremplazable.

No dudo que resulte preocupante que ya en el 2013, parafraseando a Oppenheimer, se pronosticara que en 15 ó 20 años, el 47% de los empleos podría desaparecer. Sin embargo, resulta mucho más peligroso  –y en ello reside el gran reto – que en ese mismo lapso de tiempo, nos olvidemos –o nos sea indiferente comprobar– que existen cosas que pueden ser tan inteligentes como artificiales.

Por el momento, quiero seguir creyendo que a los seres humanos nos gusta estar solos, pero no tan solos; que mis alumnos aprenden, producen y se divierten más utilizando herramientas tecnológicas acompañadas de profesores expertos, con anécdotas, gestos y onomatopeyas oportunas, que con los programados movimientos de robots que ya pueblan (pero siguen sin ser mayoría) algunos hoteles, restaurantes, redacciones, estudios de abogados, entre muchos otros espacios, todos ellos visitados y analizados por Oppenheimer.

Mañana traduciré un texto pendiente utilizando Google traductor, transcribiré una reciente entrevista utilizando una de las tres herramientas que nos mencionó Oppenheimer –Rec.com, Trint.com o Temi.com– ,  pero prometo darme el tiempo para asegurarme de no confundir los artículos generados por Heliograf de aquellos escritos por el director ejecutivo del The Washington Post, Martin “Marty” Baron, mientras confirmo, además, que cada una de las palabras que intercambie con mis alumnos sea más cariñosa y efectiva que las que pueda ofrecer Flippy, el robot cocinero de hamburguesas, que conoció el periodista en uno de sus viajes para escribir su interesante libro.


[1] Vintage Español. Una división de Penguin Random House LLC, Nueva York

Úrsula Freundt-Thurne.
Decana Facultad de Comunicaciones, Universidad Peruana de Ciencias Aplicadas. Doctorado en Administración y Dirección de Empresas. Universidad Politécnica de Cataluña, Barcelona, España, Magister en Docencia para la Educación Superior. Universidad Andrés Bello, Chile. Fundadora de UPCTV. Par Evaluador Permanente del Consejo de Acreditación Latinoamericano en la Educación en Periodismo. Programa administrado por la Sociedad Interamericana de Prensa. Miembro del Consejo Internacional de Revisores Científicos de la Revista Científica «Comunicar»(2016-2018).

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