Guillermo Ackermann Opinión

Un mar de corazones

En las últimas semanas se han dado acontecimientos particularmente extraños en varios países del continente.

Protestas en Ecuador, destrozos en Chile y casi en simultáneo las personas se volcaron a las calles en Bolivia. ¿Protesta social? ¿Guerra ideológica? ¿Descontento generalizado? ¿Acciones coordinadas desde foros internacionales?

Cada país tiene el deber de dilucidar qué es lo que le está sucediendo, sacar sus propias conclusiones, tomar las medidas correctivas y seguir avanzando. En pleno siglo XXI no se puede gobernar sin tomar en cuenta lo que la gente opina, pero, a su vez, la anarquía no puede tomar el desgobierno de los países a la fuerza. Eso debió terminar en el siglo pasado y es impensable que, a estas alturas, estén repitiéndose situaciones que pensábamos erradicas hace varias décadas.

Pero regresando al mar de gente en las calles, miramos a nuestro país y, lejos de encontrar a miles protestando, encontramos a cientos de miles siguiendo por las calles a un Anda. A una imagen del Cristo crucificado a la que llaman el Señor de los Milagros. A una pintura que cada octubre convoca a millones de peruanos y extranjeros a volcarse a las calles y que cruza fronteras paseándose por decenas de países en el mundo entero.

¿Historia? Sí.

¿Tradición? También.

¿Cultura? Sin duda.

¿Fe? Por supuesto.

Ya las tres primeras, serían suficientes para darle su lugar como acontecimiento histórico, ya que sucede desde hace casi 500 años, y porque ha perdurado en el tiempo, con una serie de características que han generado una tradición enriqueciendo nuestra cultura de una manera transversal.

No importa si eres rico o pobre, si eres blanco o negro, si vives cerca o lejos, si eres niño o anciano. El Señor de los Milagros es hoy, claramente, el símbolo más inclusivo de nuestra ciudad. Es sinónimo de paz, de esperanza, de confianza. Hasta el más incrédulo le guarda respeto.

En octubre la ciudad gira en torno al Cristo Moreno. Se da todo un movimiento social y cultural. En primer lugar el color morado nos invade. Miles de caballeros de las veinte cuadrillas de la Hermandad del Señor de los Milagros, se han preparado todo el año para cargar, por tramos, las casi dos toneladas que pesa el Anda. Las hermanas cantoras practican los cantos a capela que entonarán durante todo el mes. Las sahumadoras están listas para caminar de espaldas, mirando siempre al Señor, llenando de incienso las calles y plazas. Generación tras generación de niños y jóvenes esperan que les toque su momento.

La imagen sale en procesión desde el Santuario de las Nazarenas, donde es custodiada todo el año por las hermanas Nazarenas y preparada por los Patrones de Anda.

Si nos remitimos al origen, fue un negro angoleño el que pintó una imagen del Cristo en la cruz, en una pared, en el Barrio de Pachacamilla. Esta imagen comenzó a ser venerada en el mismo siglo XVI y alcanzó fama entre los habitantes de Lima al sobrevivir a terribles terremotos. Casi tres décadas después, se pinta una réplica en un lienzo para que pueda salir en procesión. Así empieza esta historia.

Pero no solo el color morado es el símbolo distintivo del mes, el turrón de Doña Pepa, dulce tradicional también aparece en las mesas de las casas, restaurantes y comercios en general. Los hábitos, escapularios, cirios, flores, estampitas, rosarios, medallitas, carteles, las bandas, los altares, los homenajes, inundan nuestro quehacer.

En su recorrido el Señor recibe los honores de los gobernantes, políticos, legisladores, jueces, fuerzas armadas, empresarios, religiosos, y llega para dar una luz de esperanza a los enfermos, a los pobres, a los más vulnerables, a todos sin distinción alguna. Juan viene desde un barrio pobre del sur a pedir que le ayude a conseguir trabajo. Rosa desde una zona adinerada de la ciudad a pedir el milagro para su hija enferma. Luis regresa cada año a agradecer por la gracia recibida. Azucena llega sencillamente a rezar. Una lágrima cae por nuestros rostros. Un corazón exultante de alegría.

Y así Octubre se nos va. Y como dice canta Joan Manuel Serrat en su canción Fiesta:

“Se acabó,
El sol nos dice que llegó el final,
Por una noche (un mes) se olvidó
Que cada uno es cada cual”.

Por aquí dejo una modesta reflexión.

Qué pasaría si este mes se extendiera durante todo el año.

Si nos uniésemos en torno a un ideal común de construir un país justo y reconciliado.

Entonces muy probablemente estaríamos previniendo que los desbandes regresen a nuestro país, que los destrozos tomen nuestras calles.

Quizá nos estaríamos protegiendo de situaciones que hoy todos lamentamos.

 Que octubre dure todo el año.

Guillermo Ackermann Menacho.
Desde hace más de 38 años me desempeño en la industria de las comunicaciones y el marketing, ejerciendo tanto en medios tradicionales, como radio y televisión, así como en la producción independiente de contenidos audiovisuales, documentales, videos institucionales, programas televisivos y radiales y publicidad. He sido productor ejecutivo de material realizado en 24 países. Desde mi juventud he estado involucrado en diversas iniciativas sociales, deportivas y religiosas, como gestor y voluntario. Soy un convencido que este mundo se puede cambiar y quiero ser protagonista.

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