Opinión

América en el diván

Las notas destacadas en el panorama social y político de nuestra América han sido las oleadas de protestas callejeras y violentas. De modo muy notable en Chile, justo la que menos se hubiera esperado, pero que tuvo una intensidad sísmica.

No es la única. Poco antes han ocurrido en Ecuador, en Honduras, en Argentina. Sin ese nivel y por sectores muy específicos, en México. En otras latitudes recordamos a los chalecos amarillos de Francia, las protestas independentistas en Cataluña. También hoy protestan en la calle en Bolivia e Iraq. Y más atrás los episodios de la llamada “primavera árabe”, en la zona mediterránea de África.

La pregunta es ¿por qué?

Por lo pronto el caso chileno ha sido ampliamente analizado. Un primer dato es que fenómenos complejos difícilmente se explican por una sola variable. Generalmente tienen que ver con la concurrencia en el tiempo y en el espacio de factores diversos, justo como se crea “la tormenta perfecta”.   En este señalado ejemplo, el detonante es el aumento de 5 por ciento al precio del transporte subterráneo. Pero contribuye un muy mal manejo mediático del gobierno, expresiones desafortunadas, minimizar las protestas, pensar que se podrían resolver con la fuerza y, lo paradójico, los elementos que están asociados precisamente al éxito del desarrollo de Chile en los últimos años.

Es decir, conforme más chilenos han ido accediendo a mayores niveles de ingreso y de bienestar, en esa medida se han vuelto más conscientes de lo que les falta. Entonces las protestas, independientemente de si derivan de una reivindicación económica, exigencias sociales, representación política o procesos electorales, independencia, hacen explotar en realidad una carencia o la conciencia de una carencia,  advertida en el éxito de otros, y la consecuente frustración por no alcanzarla. Eso nos da pie para indagar en las causas profundas y que constituyen quizá el núcleo denominador común de todo ello.

Expongo mi teoría. Primero hay que analizar a las sociedades como si fuesen una persona. Como un ente unitario. La mayoría no hace esto y enfatiza que la sociedad es plural, diversa, y que en realidad hay que analizarla por sus partes.

Pero si nuestras sociedades son una persona, entonces, esta debe aproximadamente el promedio de sus integrantes. Y esto significa que con pasos acelerados, sea o no por el criterio de edad, nos encaminamos con rapidez al encuentro con sociedades “milenials”. Es decir, con rapidez van llegando a todos por los canales de las nuevas tecnologías, las características plenas de la sociedad de la información y del conocimiento, la convergencia de costumbres y de modelos. Es decir, la explosión informativa que nos habla de consumo, de bienes utilitarios que antes no se conocían o se conocían por referencias lejanas, hoy los vemos y poco más y los podremos casi tocar.

Estamos hablando de una persona social que demanda soluciones inmediatas, lúdicas, placenteras, con poco esfuerzo. Recompensas rápidas a las demandas de sensaciones de bienestar. Un problema de falta de asociación entre la recompensa y el esfuerzo que implica conseguirla. Pero también por otro lado, con sentido de la justicia, igualdad, y preocupación por la ecología.  

Pero si solo actuamos con los primeros componentes, a nivel persona social, y en particular en el campo político, ocurre lo que llamaríamos “la procrastinación social”. Posponer soluciones duras y complejas en aras de recompensas inmediatas, el intento de construcción de atajos en donde es imposible hacerlo. Preferir los paliativos por la solución de fondo.

El choque que se deriva de esto tarde o temprano nos alcanza, genera frustración. Una frustración acumulativa que termina por explotar como el domo de un volcán que contiene la presión hasta que le es imposible  seguirlo haciendo. Y las causas que lo detonan serán lo de menos, porque las consecuencias se vierten en las calles en forma de una lava de violencia, gritos, parálisis, amenaza e inestabilidad.

Atender adecuadamente todo esto, como a un paciente, requiere de una enorme sensibilidad, conciencia de la situación y respuestas en el mismo terreno en el que se expresan, para evitar la maximización de sus consecuencias, y poder encontrar las soluciones. Que sin duda pueden derivar en una mejora, si logramos que ocurran antes de lo irremediable.

Arturo García Portillo.
Político mexicano miembro del Partido Acción Nacional, del que fue integrante de su dirigencia nacional por varios años. Fue Diputado Federal, secretario de las comisiones de relaciones internacionales y comunicación. Consultor en campañas electorales y comunicación.  Colaborador habitual de la Fundación Konrad Adenauer. Actual asesor de la alcaldesa del municipio de Chihuahua, Mexico. 

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