José Alfredo Pérez Opinión

La brecha y los ascensores

En Chile, hace más o menos un año el Ministro de Educación, con relación a la urgente necesidad de reparar algunas escuelas públicas en aquel país decía: “¿y por qué no hacen un bingo? (…) por qué desde Santiago tengo que arreglar las goteras de un techo?”. Hace tres meses, el Ministro de Hacienda llamó a los “románticos” a aprovechar la baja en los precios de las flores. Hace dos meses el Ministro de Economía, en un intento por “aliviar” el impacto del alza de los pasajes, se expresaba así: “el que madruga será ayudado”, refiriéndose a que si los chilenos se levantaban más temprano tendrían una rebaja en las tarifas del transporte.  Ya sabemos cómo terminó esa historia.

Aquí en el Perú no estamos tan lejos en términos de la actuación de autoridades frente a los ciudadanos. ¿Sabían ustedes que aquí todavía existen instituciones públicas en las que reservan ascensores exclusivamente para uso de altos funcionarios, y que la mayor parte del día estos permanecen inmovilizados y a la espera de que dichas autoridades los utilicen mientras las personas tienen que hacer colas para utilizar aquellos que se encuentran disponibles? Pensando en estas cosas me acordé de las elecciones regionales y municipales del año pasado cuando, acompañando a votar a un familiar, noté como los miembros de mesa, el personal contratado por los organismos electorales y todos los electores que estaban en el local de votación tuvieron literalmente que paralizar sus actividades porque llegaba a inspeccionar el lugar un importante funcionario electoral del país y, supongo, había que hacer las reverencias del caso (para refrescar la memoria, el día de la elección y en el marco de un proceso electoral las más altas autoridades a nivel nacional son los miembros de mesa). Y ya que estamos tocando estos temas, recordé también cuando una congresista del parlamento recientemente disuelto señalaba: “para el ritmo de vida que tengo mi sueldo no me alcanza”. O la cantidad de veces que, con pleno apuro para llegar a nuestros trabajos u hogares, hemos tenido que detenernos en el caos vehicular para dejar pasar camionetas y autos lujosos con lunas oscuras y con no menos de cinco personas que son parte del personal de seguridad de alguna autoridad, quienes con guantes fosforescentes nos van indicando que tenemos que bajar la velocidad y/o hacernos a un lado. Sería bueno pensar que esos ascensores, urnas, sueldos, autos lujosos y guantes fosforescentes los pagamos quienes cumplimos con nuestros impuestos en este país.

Desconexión, totalmente desconectados del lugar en el que viven. El problema es que son autoridades. En Chile hubo un descalabro mayúsculo. Aquí creo que el tema no ha “reventado” por varios motivos, entre los cuales voy a señalar tres (los dos primeros sin duda alguna han servido para calmar los ánimos de la gente): primero, la reciente disolución del Congreso peruano que contó con una aprobación abrumadora por parte de la ciudadanía; segundo, el histórico enjuiciamiento y encarcelación de expresidentes de la república, funcionarios públicos, empresarios y árbitros (no queremos aquí realizar una valoración acerca de si fueron justas o no, pero tenga el lector en cuenta que desde tiempos inmemoriales al pueblo le ha encantado presenciar escándalos de diversa índole y presenciar burlonamente cómo caen los grandes y los pesos pesados, lo que algunos llaman la espectacularización de la política). Lo tercero es que en un país tan informal como el nuestro, las personas actúan por fuera de las normas, por fuera del Estado. Como escribí en algún artículo anterior, el Estado les estorba, y si esto es así en realidad no hay tanto para reclamar. Lo que los peruanos no perdonan es el escándalo (vladivideos, repartija, audios, hermanitos, etc.).

El Perú es también un país muy desigual económica, social y políticamente. La brecha entre autoridad y ciudadano sigue siendo muy grande, y ello puede pasarnos factura tarde o temprano. Esta coyuntura mundial que ha cambiado de manera tan drástica –fundamentalmente por el ingreso de la tecnología- y que tiene una dinámica que se sustenta en un relacionamiento mucho más horizontal que vertical, exige más empatía y conexión y menos indiferencia con las personas, y no solamente por parte del Estado. Nos atañe a todos y si no nos damos cuenta a tiempo lo podemos lamentar.

José Alfredo Pérez Duharte.
Doctor en Gobierno y Administración Pública por la Universidad Complutense. Institucionalista, académico y experto en temas electorales y de gobernabilidad. Asesor académico de GOBERNA Perú. En la actualidad me desempeño como Director de la Escuela Registral.

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