Opinión

La democracia en la encrucijada

Un aspecto fundamental que reta a la calidad democrática en América Latina, a propósito de los acontecimientos que se desarrollan en los países vecinos, es la relación que tiene el sistema político con un contexto social y económico signado por la desigualdad, que supera incluso el signo ideológico de los gobiernos y proponen un debate de los fundamentos mismos del sistema.

Lo anterior involucra liderazgos que son cuestionados, críticas a las formas como es distribuida la riqueza y malestares ante una división del trabajo que no está generando oportunidades para todos.

Asociado a esto tenemos la ausencia de las correas de transmisión que supone la democracia liberal, es decir, los partidos políticos. Este aspecto es muy interesante, pues el supuesto neoliberal fue que la política se debía relativizar, para dar paso a lo “técnico” y, por lo mismo, el partido político y la representación debían quedar en un disminuido rincón.

También debemos considerar la potencia de la movilización social, llevada a cabo por organizaciones que muestran una naturaleza “líquida”, en otras palabras, en continua recomposición para adecuarse a coyunturas específicas, para lo cual proponen agendas sumamente elásticas.

Lo fascinante de la situación es que pareciera ser un momento excepcional en donde se pone en cuestionamiento no solo las maneras como se ha entendido la representación política, la movilización social, la legitimidad de los liderazgos y demas aspectos sino, sobre todo, los contenidos de la frase “tener derechos”, que ha dejado atrás una comprensión minimalista –basta que la persona los tenga sin considerar la calidad del mismo y si ello la hace más feliz- para enrumbar hacia una asociación cada vez más nítida entre derecho y equidad que, en efecto, resulta muy cuestionador del statu quo de una región como América Latina considerada como la más desigual del planeta.

Ahora bien, lo que llama la atención en este escenario regional es la particularidad peruana, como si entre nosotros no funcionara los factores que parecen estar muy activos en los países vecinos y, peor aún, diera la sensación de estar en medio de un marasmo luego de la disolución del Congreso, un mes atrás.

Las elecciones parlamentarias del 2020 no despiertan ningún entusiasmo y lo que se temía –en términos generales, que cunda la sensación de continuar con lo mismo- se vuelve realidad y confirma una vez más que existe un problema en la base misma de la democracia peruana, que no podrá superarse con correcciones meramente formales.

Como correlato de lo anterior, nuestro malestar social se centró en un elemento que, para el caso, se propuso como un condensador simbólico –el cierre de un Congreso percibido como el “espacio de los corruptos”- sin prestar atención en los aspectos centrales de nuestra crisis: es como si nos hubiéramos fijados en la fiebre sin considerar la infección.

En ese sentido, las acciones anti-corrupción si bien contienen mucha voluntad para remediar los daños que ha producido en el sistema político, al tener un sentido estrictamente judicial no han podido relacionarse con la necesidad de fortalecer la democracia.

La democracia se supone un sistema de equilibrios, con pesos y contrapesos. Si es así, entonces, ¿qué falló en la nuestra para que se revele un descontrol de tal magnitud que pudo propiciar el grado de corrupción que ahora vemos, con mayor asombro cada vez? Por ejemplo, ¿cómo pudieron financiarse las campañas electorales de la manera como ahora nos enteramos, sin que ninguna instancia de control pudiera dar cuenta de lo sucedido en el momento oportuno? De idéntica  forma, ¿cómo pudieron hacerse contratos cargados de corrupción, sin que se activaran las alarmas correspondientes?

 Pero, nada de esto conduce a suponer que estamos ante un momento constituyente, de cambios de reglas porque lo dado se agotó. ¿Por qué? Es la pregunta que hasta el momento no atinamos a hacernos ni, por tanto, intentar respuestas a la misma. Lo cierto es que luego de veinte años de construcción democrática, el apego de los peruanos a este sistema, que nunca fue abrumador, fue disminuyendo paulatinamente y lo que despertó expectativas en su momento se reveló como una frustración al cabo de dos décadas.  

Eduardo Toche.
Historiador. Licenciado en Historia por la Universidad Nacional Mayor de San Marcos (Lima). Magister en Historia, por la Facultad Latinoamericana de Ciencias Sociales FLACSO, sede Ecuador. Actualmente es investigador del Centro de Estudios y Promoción del Desarrollo, DESCO (Lima). Coordinador académico para América Latina del Executive Master en Políticas y Prácticas del Desarrollo, del Institut de Hautes Etudes Internationales et du Développement IHEID, de Ginebra. Consultor de la Fundación Friedrich Ebert y del PNUD, sobre gobernanza y conflictos sociales.

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