Johan Leuridan Opinión

Los líderes del Estado

El profesor Michel Serres (citado por Comte-Sponvill, 2004:13-14) comenta: “Hace treinta años, cuando quería lograr el interés de mis estudiantes les hablaba de política; cuando quería hacerlos reír les hablaba de religión. Hoy en día es lo contrario: cuando quiero lograr su interés les hablo de religión, cuando quiero hacerles reír les hablo de política”.

La crisis de los líderes políticos hace perder credibilidad a las instituciones del Estado (Gobierno, Congreso, Poder Judicial). Las instituciones son las leyes y las sanciones vinculadas con ellas que defienden la libertad. La crisis de las instituciones pone en peligro la libertad de las personas.

“La lucha política es con denuncias y después llega a los tribunales y no pasa absolutamente nada”. (Moises Naim, “El Comercio”, 2014)

Hay una interacción entre el grupo y el líder. “Todo ser humano necesita tener un ideal superior, que sea el que cuide nuestra ética y nuestra forma de proceder. Los pueblos ya no tienen un emblema, una ideal vivo, no cambiante y que nos ordene en una moral común”. El comentario del pueblo es: “si los líderes pueden enriquecerse ilegalmente, por qué nosotros no”.

Hay un círculo vicioso que va del líder a la masa y de la masa al líder. El filósofo y escritorio español Fernando Savater dirá al respecto:

[…] por todas partes te lo van a decir: ¡los políticos no tienen ética! La primera norma es desconfiar de los que lanzan truenos morales contra la gente en general. Para lo único que sirve la ética es para intentar mejorarse a uno mismo, no para reprender elocuentemente al vecino. ¿Por qué tienen tan mala fama los políticos? Ellos ocupan lugares especialmente visibles en la sociedad. Sus defectos son más públicos. Las sociedades igualitarias, es decir, democráticas, son muy poco caritativas con quienes escapan a la media por encima o por abajo: al que sobresale, apetece apedrearle; al que se va al fondo, se le pisa sin remordimiento. Lo más probable es que los políticos se nos parezcan mucho a quienes les votamos, quizás incluso demasiado (Savater, 2004:152).

Umberto Eco pensaba de la misma manera. Él consideraba que Silvio Berlusconi no era el problema de Italia sino la mayoría de los italianos que lo aceptaban. Solo se preocupaban en su ración del Gran Hermano (Diario El Comercio, 16.6.2009)

John Locke rescató la herencia de las instituciones del imperio romano. No hay libertad sin autoridades que controlen el cumplimiento de las normas. La libertad solo prospera si logramos crear instituciones que confieren estabilidad. Hegel afirmaba que en su región todos los ciudadanos estaban satisfechos porque el Ministerio de Educación y el Ministerio de Justicia funcionaban perfectamente.

“Hay dos ramas de las administración del Estado respecto a cuyo buen funcionamiento los pueblos acostumbran a mostrar el mayor reconocimiento; a saber: una buena administración de la justicia y buenos centros de enseñanza; pues en ningún otro ámbito los particulares reciben y sienten las ventajas y los efectos de una forma tan inmediata, próxima e individualizada como en las ramas mencionadas, de las cuales una se refiere a su propiedad privada en general y, la otra, a su propiedad más querida, a sus hijos” (Hegel, 1998:73).

Johan Leuridan Huys
Licenciado en Sagrada Teología de la Facultad de Teología Pontificia y Civil de Lima y Doctor en Teología de la Pontificia Universidad Urbanianna del Vaticano. Decano de la Facultad de Ciencias de la Comunicación, Turismo y Psicología de la Universidad de San Martín de Porres.

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