María Palma Peña Jiménez Opinión

España, ¿nación de naciones?

El 14 de diciembre el PSC (Partido Socialista Catalán) ha celebrado su congreso y ha elegido a Miquel Iceta como su máximo representante. El PSC es la parte catalana del PSOE (partido socialista obrero español). El tal Iceta dice que en España hay varias naciones, ocho o nueve o incluso más, y por tanto España es nación de naciones. Iceta puede decir aquello que considere oportuno. LO DETERMINANTE es que que no ha salido ningún miembro del gobierno —eternamente en funciones— a desmentirlo.

En el país del despropósito se puede decir cualquier cosa, porque el eternamente en funciones Sánchez necesita ser nombrado presidente por las Cortes y lo de menos es el coste o las cesiones que deba hacer para conseguirlo.

Ocho naciones, nueve y ¿por qué no 18? Y ¿por qué no que cada pueblo de más de cinco mil habitantes se erija en nación?, ¿por qué no a partir de mil habitantes?, aunque esto discriminaría a aquellos bonitos pueblos con menos de mil. Lo que haga falta y una ronda más con tal de que Sánchez consiga su deseo que desde la moción de censura no ha logrado conseguir: ser elegido en las Cortes españolas, que no catalanas, como presidente de España.

La Constitución española vigente, la que “los representantes del gobierno en funciones” han prometido señala “la indisoluble unidad de la Nación española, patria común e indivisible de todos los españoles”, aunque los políticos se consideran dueños de su interpretación y de su destrucción unilateral.

Lo que está sucediendo es que algunos —léase en este caso algunos catalanes— siempre han querido que unos sean más que otros, es decir, que ellos sean y tengan más que los demás ciudadanos por el simple hecho de haber nacido en una parte del territorio de España. ¿Cómo se llamaría esto si no viviéramos en la política de eufemismo?, ¿qué nombre hemos dado a aquellos que defendían una raza superior, más alta y más rubia?

No, no existe un territorio superior dentro de la nación española. No existen ciudadanos high class  por nacer más al norte o más al este o un poco más allá. No es verdad. Ni son superiores, ni son más altos, ni tienen derecho a comer más hasta que los demás mueran de hambre. Pero a Sánchez esto no le importa porque está concentrado en sí mismo y solo en sí mismo convirtiéndose paso a paso en Pedro Frankenstein.

Así están las cosas en estos días, cuando Sánchez se propone una ronda telefónica con todos los presidentes de las autonomías. Su pretensión real y auténtica es reunirse y hablar con Torra, el presidente de Cataluña, pero para maquillar la situación y que sea más estética, hace un paseíllo disimulado y nos vende su teoría del diálogo que consiste, básicamente, en hacer lo que le parece, pero simular que hace algo más. Lo que siempre hemos llamado disimular, es decir, ocultar o encubrir con más o menos astucia lo que verdaderamente se piensa o se siente. Ocultar, encubrir, fingir, estos son los verbos que estamos conjugando cada día. Adulterando continuamente las palabras, intentando que signifiquen lo que le conviene.

¡Nación para el que la pida y yo el primero, faltaría más!

Si nadie lo remedia, el interino Sánchez quiere convertir España en una nación de naciones para complacer a sus amigos los sediciosos catalanes, negociando de manera oculta y vendiendo lo que no es su propiedad.

Estos son los compañeros de viaje que procura el partido de Pedro Sánchez, olvidando a la mayoría de los españoles y su propia promesa de “cumplir y hacer cumplir la Constitución” a la que él también está obligado.

María Palma Peña Jiménez.
Doctora en Comunicación por la Universidad Rey Juan Carlos de Madrid (España). Licenciada y Máster por la Universidad de Salamanca. Directora del Máster Universitario en Protocolo, Comunicación Institucional y Organización de eventos y Coordinadora a su vez del Grado en Protocolo, Organización de eventos y Comunicación de la URJC. Autora de numerosos artículos científicos centrados en el análisis pragmático del discurso, sobre todo del discurso político, la comunicación política y la educomunicación.

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