Abel Hurtado Opinión

Los rostros de la injusticia

El sentido de la injusticia puede tener muchas formas. La politóloga Judith Shklar, en su libro que lleva como título “Los rostros de la injusticia” lo ejemplificaba como  la ira que sentimos cuando una promesa es incumplida o cuando no obtenemos lo que creemos es lo debido. Una traición que sentimos cuando otros defraudan las expectativas que nos hemos creado. Pero ese sentimiento de injusticia no solo se da en el plano de lo individual, sino también se manifiesta como la indignidad de la injusticia  que se comete contra otros, una forma colectiva de percibir la injusticia.

Aun cuando las desigualdades serán inevitables e insuperables, Shklar sostuvo que la democracia constitucional  proporciona la mejor respuesta política para enfrentarnos a la injusticia.  Por su parte Rousseau, consideraba que las desigualdades sociales  crean cambios emocionales en las personas que terminan haciendo de ellos tanto perpetradores como víctimas de la injusticia, y es así en la propia justicia en donde empieza la injusticia.

En esa medida, solo si expresamos permanentemente nuestro sentido de la justicia y nos comprometemos a su defensa podremos hacer que los gobernantes se comprometan también con esos objetivos. Esto podría llevar a plantear un sistema  de una efectiva y continua participación ciudadana en la que nadie gana o pierde todo el tiempo. La clave está allí.

Shklar consideraba, además, que la injusticia no es solo evitar una mala acción cuando se está en las posibilidades de hacerlo, sino también es el resultado del fallo cívico de detener actos públicos y privados de injusticia. Es dejar de protestar por algo que creemos es injusto y terminamos normalizándola en nuestras vidas, pese a que lo rechazamos.

Los injustos no son solo aquellos que se benefician de modo directo de los actos injustos, sino también aquellos que cierran los ojos a la injusticia. Entonces, una persona puede desarrollar una ciudadanía de carácter más activa que evite el fracaso en la defensa de sus derechos y libertades fundamentales o sencillamente convertirse en un ciudadano pasivo indiferente a ese fracaso. Una persona que deje de defender sus derechos y el de los demás.

Si, por ejemplo, nos indignamos que en el Perú  7 de cada 10 mujeres es víctima de alguna forma de violencia, o que cada dos días una mujer es asesinada  por su condición de tal, pero estos hechos quedan solo en la indignación, el reproche o la crítica, no estamos construyendo una ciudadanía que logre erradicar la violencia o al menos logre una sociedad menos violenta. Se requiere una ciudadanía más activa que se quite  de encima el miedo y se encomiende  a velar por el derecho de las mujeres a llevar una vida libre de violencia y enjuicie toda acción política y legal desde la perspectiva de la víctima, procurando así que las acciones de prevención sean más afectivas (se eviten otras muertes), como también el acceso a la justicia de las víctimas de la violencia no se quede atrapada en las barreras burocráticas propias de la administración de justicia, terminen  revictimizando  a las mujeres o se pierdan en la impunidad.

Una ciudadanía más activa y organizada en la defensa de sus  derechos, permitirá un mayor control a las omisiones propias de los organismos estatales cuando estos tienen la obligación de hacer algo y no lo hacen, por negligencia, incompetencia o desidia, como también promoverá en los miembros de nuestra sociedad individuos más justos que  rechacen todo acto de injusticia y toda forma de violencia contra las mujeres. El cambio parte por nosotros mismos.

Abel Hurtado.
Abogado especializado en Derechos Humanos, Derecho Ambiental y Derecho Constitucional. Magíster en Derechos Humanos por la PUCP. Becario en Derechos Humanos y Conflictos por el Departamento de Estado del Gobierno de los Estados Unidos y egresado del Programa de Derechos Humanos y Política de Vassar College, NY. Actualmente se desempeña como asesor parlamentario del Congreso de la República y docente universitario.

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