A pesar de rechazar el papel de los sentimientos en la moral, Kant considera importante la presencia del respecto, pero lo conceptúa como el único sentimiento no empírico sino conocido a priori.

Deber y respeto van juntos para fundamentar un acto ético. La voluntad libre está determinada por la ley y excluye todos los impulsos sensibles o de intereses. De esta manera se entiende que la ley moral debe producir un sentimiento de dolor porque causa perjuicio o daño a todas nuestras inclinaciones y satisfacciones que constituyen el egoísmo. Todas las inclinaciones o sentimientos del amor propio deben ser eliminados como negativos por la ley moral, para reemplazarlos por lo positivo de la razón pura práctica.

Un sentimiento nunca puede ser base de la moral. El amor propio reducido a la ley moral se llama el amor propio racional. Como ya se ha dicho, la condición para poder señalar el valor de la persona se constituye entonces por el cumplimiento de la ley, aunque incluye la anulación de nuestros sentimientos. Un hombre preocupado por la dignidad de su vida vive solo por deber, no encuentra el menor gusto en la vida (Kant, 2002:112). La humillación de los sentimientos trae la estimación moral o sea la practica de la ley. Kant rechaza el “bien” y la “felicidad” como objetivos de la moral porque nunca nadie se pone de acuerdo sobre su contenido. No tienen valor universal. Cumplir con la ley puede ser por un interés o por miedo. En estos casos cumplir con la ley no es virtuoso ni meritorio. Solo hay mérito cuando se actúa por voluntad desinteresada.

La ley moral humilla a todo aquel que considera a su amor propio como el fundamento de la ética y despierta en la persona lo positivo que es el respeto. Más bien el sentimiento sensible, que está en la base de todas nuestras inclinaciones, es desde luego la condición de aquella sensación que llamamos respeto; pero la causa de la determinación de este sentimiento está en la razón pura práctica. (Kant, 2002:99). Este sentimiento (bajo el nombre de sentimiento moral) es, pues, producido solo por la razón. La razón pura práctica, al echar por tierra todas las pretensiones del amor a sí mismo en oposición a ella, proporcionada autoridad a la ley, que solo ahora tiene influjo en los hombres. Un hombre puede ser para mí un objetivo de amor, admiración, etcétera, y sin embargo, no por eso ser un objeto de respeto.

El respeto es un atributo que no podemos negar al mérito. Puedo inclinarme ante un hombre por su fuerza, inteligencia, etc., pero mi espíritu solo se inclina ante un hombre con rectitud de carácter. El respeto está lejos de ser un sentimiento de placer. La envidia nos induce a faltarle el respeto al otro. La ley moral, la forma de nuestra libertad, fundamenta racionalmente el sentimiento del respeto, el único sentimiento no empírico sino conocido a priori. La ley moral tiene un influjo sobre la sensibilidad produciendo el respeto, que a su vez fomenta el influjo de la ley sobre la voluntad (Kant, 2002:99, 100,112).

Johan Leuridan Huys. Licenciado en Sagrada Teología de la Facultad de Teología Pontificia y Civil de Lima y Doctor en Teología de la Pontificia Universidad Urbanianna del Vaticano. Decano de la Facultad de Ciencias de la Comunicación, Turismo y Psicología de la Universidad San Martín de Porres. 

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