Gonzalo García Núñez Opinión

Enfrentar la catástrofe

Enrique Ayala, in memoriam

El agravamiento de los efectos de la pandemia del COVID-19 y las carencias que provoca en la ciudadanía otorgan el carácter de urgencia al  diálogo político  convocado por el Presidente de la República.

Y que este intercambio  aterrice en  acuerdos concretos, urgentes y prácticos sobre las iniciativas consideradas en el Pacto Perú, su mensaje del 28 de julio de 2020 y las acciones previstas en la detallada agenda presentada por el Presidente del Consejo de Ministros.

Esperamos que el llamamiento presidencial sea una comunicación plural a los partidos  y movimientos políticos democráticos y progresistas como eje incluyente de la más ancha convocatoria a una agenda que, no por  temporal, permita actuar de consenso.

Que comprenda también a los movimientos de la sociedad, sus clases representativas, las redes sociales, las comunidades campesinas, los barrios y los asentamientos rurales, las iglesias y parroquias, en fin los movimientos ambientales y pueblos  originarios  de las diferentes regiones y espacios  del país.

Si bien en este tiempo de catástrofe se ha verificado crudamente las  carencias sanitarias, culturales y económicas, no deja de ser cierto que, en esencia reflejan las enormes  distancias que median entre los peruanos.  

Acordar es luchar contra esta desigualdad que se enraíza  en la  heterogeneidad de modos de producción y consumo de la formación social. La que emerge de la ruptura de la continuidad histórica inducida por la violencia de la colonización ibérica. Son distancias que se aceleran en este espacio-tiempo republicano de catástrofe sanitaria para  ahondar  las brechas que nos alejan.  

Las que moran en la injusta cotidianeidad de la vida económica, los quiebres étnico-raciales, las distancias de género, la ruptura de los idiomas y las lenguas nacidas,  la desigualdad en el acceso a derechos.

A todo lo que  se refiere Aníbal Quijano, uno de los más penetrantes sociólogos peruanos,  en sus ensayos sobre la decolonialidad y el posicionamiento de nuestro continente el “sistema-mundo” que descubre junto con Immanuel Wallerstein, el maestro de Columbia.

La catástrofe del imparable virus, además, ha puesto de cabeza y  en cuestión a las bases mismas del frágil contrato social de la República, impuesto por el golpe de estado del 5 de abril.

El edificio sirve poco  para sostener con eficacia a los retos de la catástrofe de la pandemia. Está construido sobre los cimientos de la Carta Política del Perú de 1993, sus  normas orgánicas, leyes y Reglamentos, decretos y resoluciones de las que emanan las deformadas políticas públicas inspiradas en ellas, muros y vigas  de un andamiaje corrupto hasta la medula.

Otra revelación. Con la filosofía del interés individualista y lucrativo en que militan los ideólogos de los grandes grupos de poder no se puede mitigar la hondura de la crisis económica. Nos lo recuerdan onerosas clínicas, inalcanzables fármacos, oxígeno y tratamientos médicos millonarios, impagas matrículas de colegios y universidades.

Aún menos se puede intentar achicar las diferencias societarias, desterrar la pertinaz violencia de género, restañar la violencia contra la naturaleza y sus efectos ambientales, y, sobretodo, calafatear, reparar y actualizar  el modelo que gobierna  la institucionalidad política del Estado y la vida de las personas en sociedad.

Bien lo ha comprendido la iglesia peruana que exhorta a la resurrección. Visto desde el futuro al que queremos llegar después del cataclismo y al que esperamos contribuir se hace prioritario invocar de modo urgente a la unidad de la Nación para, primero, superar y mitigar los daños de la pandemia, priorizar la  ocupación y reconstruir el empleo masivo perdido.

Balones de aire y vacunas, comida y trabajo, aquí y ahora. Para avanzar luego en un programa de transición hacia  una  sociedad menos desigual, una economía menos concentrada, una industria más  diversificada y balanceada, respetuosa de la necesidad de la  transición ecológica y energética. Sin amenaza ni violencias.  

Mínimo y postrero  homenaje a miles de compatriotas asesinados por el virus maldito que han entregado y a los que siguen entregando sus vidas en defensa colectiva de sus conciudadanos.   

El  Bicentenario de la República debiera servir como hito para proponer colectivamente un nuevo proyecto decolonial compartido y de horizonte colectivo de la Patria.

Es hora que los ciudadanos de nuestros pueblos sean dueños de sus destinos. Para ello hay que construir una narrativa que nos convoque y despierte la energía de todos y todas.

Y, comprender  que es una oportunidad para avanzar en un  nuevo consenso económico, social, ambiental, cultural  y político  para resolver los urgentes problemas del presente y del futuro. La nación peruana necesita de todos y todas.

Gonzalo García Núñez.
Ha sido presidente de la ADUNI, Decano del CIP, director del BCRP, Presidente de la CAN, Doctorado en Economía-Francia, Antorcha de Habich, integra varios consejos consultivos 

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