Juan José Vega Opinión

La madrugada que subvierte

Despiertas en la madrugada y los recuerdos empiezan a lacerar por dentro. En especial aquellos que andaban alterados por algún rincón de la mente -o del corazón- o los dormidos en el profundo sueño del destierro. Aparecen en medio de esa postura introspectiva que hace mirar hacia la nada, y que multiplica los rebrotes de sensaciones y frustraciones acumulados en el tiempo. Eso sentí hoy, cuando los primeros reflejos del día apuraban el fin de la oscuridad. En segundos nos vemos caminando, algunas décadas atrás, por las calles del centro de Lima, mirando sus espectáculos pintados de extraños colores y de rostros diversos y sufridos, de payasos que parecen querer llorar cuando ríen, de mutilados que andan tras las monedas de su supervivencia, de enfermos que deberían estar a una sonda conectados, de personajes de la vida, de los comics o de cualquier inesperado nicho.

Como fantasmas indiferentes, miles pasamos por esas calles tristes y alteradas, y vimos la pobreza, la discriminación, la suciedad y la ignorancia, como elementos centrales de toda la escenografía nacional. Y nos preguntábamos, caminando por esa década en la que Sendero inició su violencia armada, lo mismo que inquirió el inmortal Zavalita de Conversación en La Catedral: “en qué momento se había jodido el Perú”. Y ya pisando esas calles, y ante la inmensidad de ese cuestionamiento, algunos jóvenes y desordenados periodistas de entonces, nos refugiábamos en el Queirolo de Quilca, y luego en el imantado antro Las Pancitas, a empujarlos unos buenos chilcanos y  cervezas con los que embriagábamos el alma.

Algunas décadas después, no una, sino muchas décadas, parafraseando el título de la novela de Enrique Congrains (No una sino muchas muertes), la pandemia maldita, provocada por el bicho maldito, nos retrotrae recurrentemente a esos escenarios. A mí me tocó, como periodista, gozar de las virtudes y miserias de los políticos, como cronista parlamentario (con una cámara bicameral que tenía figuras de lujo; apenas un par de ellas podrían remplazar al actual e inmundo parlamento de hoy). Me topé con cientos de entrevistados en las comisiones de los diarios en los que trabajé; con la gente de las regiones, en infinitos viajes; con los propios colegas y propietarios de los medios, que tienen lo suyo también. Y claro, uno fue reconociendo en esa ruta que Zavalita -periodista de La Crónica en su tiempo- se hizo la pregunta que nosotros nos hemos hecho tantas veces, incluso antes de existir, cuando las imágenes de lo despreciable aprisionaban aún más nuestras ganas de vivir en un país diferente.

Y parte de esa obra teatral -la más cruda quizá- ha sido escenificada en esta pandemia, a pesar que aún no nos percatemos de toda esa dimensión aún. La pandemia de la mediocridad y la informalidad ya la teníamos desde siempre, y parecíamos inmunes a la justicia y al sentido de ciudadanía que deberíamos tener. La pandemia de salud no hizo sino poner en escena todas las miserias, las de los de arriba y las de los de abajo. Claro, estos últimos eran las víctimas protagónicas, en su condición de históricos actores secundarios, de reparto, extras y hasta marginales a cualquier escena. Todo se empozó en una inconmensurable olla común, cuyo fogón quemaba como el diablo, y que nos colocó por encima de todos (debajo deberíamos decir) en el mundo. El podio era nuestro, hasta los tres puestos podrían haber sido nuestros si las reglas lo hubiesen permitido.

Y a pesar de ello, el espectáculo no terminó, ni siquiera a pesar de lo dantesco de la muerte y del cúmulo de injusticia y sufrimiento generado. Como alucinados, seguimos observando pugnas que repugnan en lo más alto del poder, y un espejo profundo que refleja -en medios y redes- la estupidez y poca visión que ha marcado nuestro país. En vez de sorber de las lecciones aprendidas, y tratar de acelerar una marcha hacia la construcción de una nación, pareciera que ansiamos acentuar nuestra pobre y decadente situación. Quizá algún próximo personaje literario dirá, refiriéndose a este momento, “en qué momento se rejodió el Perú”. Aunque más nos gustaría, sin duda, que en algún otro paraje literario se narre cómo, desde su imagen reflejada en la poza oscura y profunda en la que estuvo, el país decidió cambiar y volar hacia adelante. En ese caso, en medio de una noche iluminada, aquel protagonista podría preguntarse con un rescatado orgullo: “¿en qué momento se levantó el Perú?”. 

3 comments on “La madrugada que subvierte

  1. Walter Guerrero

    Siempre tenemos esperanza en nuestro país, a pesar de los pesares. Un fuerte abrazo.

  2. Triste situación en la que está nuestro país. ¿Qué hacemos para que sea esa la pregunta y no las dos anteriores?

  3. Luis Benavente

    Lúcido

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