Opinión Pedro Colangelo

Coronavirus, un aliado incondicional del neoliberalismo

Estos son tiempos extraños. La pandemia del coronavirus, tan global y despiadada como el capitalismo corporativo, aceleró varios procesos socioeconómicos que estaban ya instaladas en las agendas de los promotores del neoliberalismo universal y sus aliados mediáticos. En consecuencia, no deben extrañarnos los clamores en favor del achicamiento de los estados, del despilfarro que supone cualquier tipo de subsidio, del espanto ante cualquier cosa que huela a populismo, etcétera. De hecho, la mayoría de los países latinoamericanos ya habían puesto manos a la obra, obedientes de los organismos de crédito internacionales, encaramando en puestos clave a los más conspicuos representantes de las cámaras de industria y comercio, especuladores financieros, banqueros y representantes de consorcios internacionales.

En los sectores de salud y educación quedó claro desde marzo de 2020 (en realidad, desde mucho antes) que, ante cualquier crisis, estos iban a mostrar su fragilidad. El mundo del trabajo es, en este contexto, el que más se ha deteriorado. No obstante, las políticas de flexibilización y desregulación laboral, y el retroceso en materia de derechos del trabajador se conocen desde hace tiempo; así, el coronavirus ha actuado como un oportuno aliado del neoliberalismo.

            Hay, empero, un aspecto sobre el que resulta interesante reflexionar. No es, desde luego, de la misma gravedad que el desempleo o el desahucio, pero está fatalmente relacionado con una cultura laboral, una ética del trabajo gestada a lo largo de más de un siglo. Se trata del “trabajo a distancia”, menos una consecuencia de la emergencia sanitaria que del diseño de una política laboral que tiende a asegurar tres cosas: el aislamiento del trabajador o empleado, su disponibilidad permanente y la disolución definitiva entre los ámbitos privado y público.

            El primer aspecto obedece claramente a restarle al trabajador poder de asociación y de negociación ante las políticas laborales. Tal como analizaron, entre otros, el filósofo Franco Berardi y el sociólogo Richard Sennett, los vínculos entre empleadores y empleados son cada vez más débiles. Sennett señalaba, hacia 1998, el carácter cada vez más fragmentario en las identidades laborales de los individuos. En este contexto, resultan tragicómicos los discursos que impulsan al empleado a sentirse identificado con esas relaciones cada vez más frágiles (y que pueden ejemplificarse con la metáfora –ciertamente turbadora– de “ponerse la camiseta”).  Además, esta modalidad permite al empleador ejercer un control más eficiente que las tarjetas, las firmas o el reloj, ya que los mecanismos de cibercontrol tienen dos características esenciales: su invisibilidad y su alta eficacia. Como indican Armand Mettelart y André Vitalis, “mientras que la relación de disciplina hace referencia a la participación del individuo vigilado, las tecnologías reducen a éste último a mero objeto de informaciones”.

            La segunda característica está relacionada directamente con una engañosa autonomía. El trabajador se ve obligado a “no bajar la guardia” durante mucho más tiempo de lo que dura, por contrato o convenio, su jornada laboral. Se ha esparcido la idea de que debemos escapar de las rutinas, sin analizar que éstas forman parte de una serie de hábitos que nos anclan a la realidad. Sennett advertía que “probamos alternativas sólo en relación con hábitos que ya hemos dominado”. Por lo tanto, “imaginar una vida de impulsos momentáneos, de acciones a corto plazo, desprovista de rutinas sostenibles, una vida sin hábitos, es, en el fondo, imaginar una existencia sin sentido”. Pero el universo propagandístico de la virtualidad ya ha dispuesto claramente otra cosa…

Por otra parte, la emergencia sanitaria facultó a patrones y empleadores, de manera unilateral (además del horario), a suprimir días feriados. Así, el empleado, funcionario o docente se encuentra obligado a estar disponible durante más tiempo del previsto, a resignar su derecho al descanso, so pena de ser despedido “por fuerza mayor”. Esto sin contar que los salarios pueden ser rebajados de manera unilateral por los empleadores.

            El tercer aspecto es, quizás, el menos observable a simple vista, pero no por eso menos grave: la sustitución del espacio físico, tradicional, de trabajo por uno completamente virtual. La virtualidad, además de ser omnipresente e invasiva, carece de límites precisos. Y esa carencia es la que impide que el individuo pueda distinguir con claridad a qué espacio corresponde su trabajo y a cuál su vida privada. En las actuales condiciones, entre el espacio laboral y el ámbito privado no hay distancia; por lo tanto, para el individuo es imposible distanciarse de su esfera laboral. Dicho de otra manera, en el teletrabajo se ensombrece la distinción, necesaria, de índole tanto física como psicológica, entre el lugar de trabajo y el lugar de descanso. Desplazarse hacia el lugar del trabajo implica una disposición mental, plenamente consciente, de que se pertenece a más de un ámbito de la vida, cada uno con sus ritos de pasaje y ceremonias. No hacerlo supone una superposición. Adam Smith, padre del liberalismo económico, hacía notar, en el lejano 1776, que la diferenciación entre trabajo y hogar era la más importante característica de la división moderna del trabajo.

            El teletrabajo reduce los ámbitos privado y público a una especie de “tierra de nadie”, y lo hace porque niega cualquier forma de transición entre ambos. Esta situación es, empero, una consecuencia lógica de la virtualización total de las interacciones cotidianas, de la “espectacularización” y el exhibicionismo promovido por las TIC y sus hábitos de consumo,[1] pero también –y sobre todo– por las políticas neoliberales de desregulación laboral. La negación práctica (incluso formal) de los dos ámbitos fundamentales de la vida cotidiana traen al presente un término que el neoliberalismo desprecia quizás porque lo representa mejor que cualquier otro: alienación (el trabajador carece de tiempo –y ahora de espacio– “propio”).

            De alguna manera, el mundo del trabajo ha retrocedido hasta su organización preindustrial e, incluso, tardomedieval. Entonces, el trabajador no podía distinguir entre trabajo y vida privada. Por un lado, porque su mundo estaba limitado al taller, fábrica o tienda (los domingos a la iglesia y, de vez en cuando, a la taberna) por la sencilla razón de que el trabajador vivía en su lugar de trabajo. Por otro lado, la idea de vida privada, que es una invención burguesa de finales del siglo XVII excluía, claro está, al trabajador. No en vano, Mattelart y Vitalis bautizaron las nuevas relaciones laborales, con el significativo apelativo de “feudalismo virtual”.


[1] Ver, por ejemplo: Paula Sibilia. La intimidad como espectáculo. Buenos Aires, Fondo de Cultura Económica, 2008.

Pedro Colangelo Kraan.
Licenciado en Comunicación Social, Doctor en Ciencias Sociales.Docente de Comunicación en la Universidad Politécnica Salesiana (Cuenca, Ecuador). Colaborador de la Revista Comunicación (Universidad Pontificia Bolivariana, Medellín, Colombia).

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