Martín Belaunde Opinión

Peruanidad de la Plaza de Acho

Algunos comentaristas de temas sociológicos señalan que nuestra patria aún no tiene una identidad definida. Inciden que somos un país adolescente repitiendo, quizás sin darse, cuenta una frase Luis Alberto Sánchez de cien años atrás. Para ello muestran una serie de ejemplos, algunos sin duda válidos, tales como nuestra falta de una fuerte conciencia cívica e incluso democrática. La lista puede ser muy larga pero a ratos se equivoca en su radical pesimismo. Por ejemplo nuestra historia reciente indica con inmensa elocuencia, que el pueblo peruano tiene un espíritu altamente democrático y por eso se rebeló ante la imposición de la frustrada “rereelección” en el año 2000, que terminó con la huida de Fujimori y su renuncia por fax desde Tokyo, la cual fue rechazada por el Congreso ex fujimorista de entonces, que resolvió vacarlo por incapacidad moral.

Pero pasemos a otro tema alejado de la política partidaria. La identidad histórica y cultural de la nación peruana en el curso de su historia. El Perú ha heredado  una cultura nativa varias veces milenaria. Las ruinas de Caral, de Chavín de Huántar, las líneas de Nazca, el templo de Pachacamac, las chullpas de Puno, las ruinas de Kuélap, la puerta de Tiahuanaco, hoy en Bolivia pero antes dentro del Alto Perú, las obras hidraúlicas a lo largo y ancho de la costa y de la sierra del Perú prehispánico,  Choquequirao, Chan Chan, Paramonga, el Cusco, Ollantaytambo y finalmente Macchu Picchu constituyen en nuestros días una sinfonía de avance arqueológico. Luego tuvimos el Descubrimiento y la Conquista que se reflejaron después en el virreinato, durante el cual el Perú, con ese nombre derivado de la conquista, pasó a formar parte de una de las más preciados joyas del imperio español en América.

El trabajo en las minas,  la esclavitud, la mita y el tributo indígena, también algunas enfermedades como la viruela que diezmaron a la población nativa, fueron la contrapartida negativa del fenómeno de la Conquista. Luego la fundación de Lima por Pizarro y de muchísimas otras ciudades, el descubrimiento del Amazonas en 1542 y el avance de los soldados castellanos auxiliados por tropas incásicas, que llegaron a los confines de Sudamérica, lo que hoy día es Bolivia, Chile, Argentina y hasta Paraguay por el Sur, Ecuador y Colombia por el norte, fueron el corolario de esa expansión. Durante cerca de dos siglos el virreinato del Perú con sede en Lima, gobernó el resto de América hispana hasta la fundación en el siglo XVIII de otros virreinatos y capitanías generales.

Fuimos el centro político de Sudamérica y por eso San Martín se empeñó en llegar a las costas peruanas en el año 1820 hace exactamente dos siglos para culminar la tarea de la emancipación. Así surgimos a la vida independiente pero con fronteras limitadas al virreinato del Perú y algunas provincias como la Comandancia General de Maynas, que la corona española nos devolvió en 1803. El Perú de los inicios de la república fue anárquico, con una economía destrozada que solo se reconstituyó parcialmente con el guano y el salitre hasta la guerra con Chile en 1879.

No es el propósito del presente artículo hacer un relato resumido de la historia del Perú en los últimos cien años,  pero no   cabe la menor duda que el Perú del 2020 a pesar de la Pandemia mundial  que nos azota, es un  país cuantitativa y cualitativamente mejor que el Perú de 1920 bajo el gobierno de Leguía. Hemos avanzado sin duda en todos los ámbitos posibles, pero aún estamos lejos de cumplir la promesa de la vida peruana, a la que se refiere Jorge Basadre.

Y es aquí donde debemos hacer un alto para reflexionar sobre la Peruanidad y su significado en la formación  del Perú como Estado libre e independiente a partir de 1821. Víctor Andrés Belaunde describió a la Peruanidad en los siguientes términos: “Definimos la peruanidad como el conjunto de elementos y caracteres que hacen del Perú una Nación, una Patria y un Estado”. La peruanidad aludiendo nuevamente a esa definición es la síntesis viviente de la historia del Perú. Recoge las huellas del pasado, exalta las buenas sin desconocer los factores negativos que gravitan sobre nosotros. Y en esas circunstancias también debemos pensar que con la creación del Perú a raíz de la conquista que “fascina la imaginación de todos los aventureros del mundo con un espejismo áureo de riqueza y de maravilla” según palabras de Raúl Porras,  surgieron costumbres traídas por los conquistadores.

Con la conquista el Perú enriqueció su acervo animal doméstico. Los incas domesticaron a las llamas, alpacas, vicuñas y guanacos pero su fauna fue muy limitada. Los conquistadores trajeron el ganado vacuno, equino, ovino, porcino y caprino. De los caballos y de los toros bravíos nació la tauromaquia que en el Perú, de acuerdo a la tradición, comenzó a ser practicada en la Plaza Mayor o de Armas de la recién fundada Lima, por el marqués conquistador don Francisco Pizarro. Las corridas de toros se identificaron con el pueblo peruano blanco, indio, cholo, mestizo, negro y mulato en la costa y en la sierra. Todas las sangres practicaron y admiraron las corridas de toros, fiesta popular en el Perú de altura y de bajura, de plazas en pueblos lejanos y cercanos pero también de Lima en su Plaza de Acho construida en 1766 para ese extraordinario espectáculo.

Hay muchas personas que rechazan a las corridas de toros por la supuesta crueldad que la faena taurina inflige a los toros bravos. De la crueldad hacia los animales se ha escrito muchísimo. Respeto ese punto de vista. Pero si se quiere ser consecuente con semejante postulado deberíamos abstenernos de comer carne y pescado en todas sus variedades, porque la muerte es la suprema crueldad para un ser vivo. El camal no es algo bello de ver aún en el caso que se limite el dolor de las especies beneficiadas. Y me pregunto, ¿la caza practicada por el ser humano desde el inicio del tiempo no es algo cruel particularmente cuando se practica por deporte? Me parece que los enemigos de los toros tienen una perspectiva algo sesgada en su crítica a la tauromaquia. Por cierto que nadie obliga a los antitaurinos a presenciar las corridas de toros, pero de ahí no se desprende que tengan el derecho de prohibirlas.

Las corridas de toros constituyen  un espectáculo tradicional y legal, por cierto, admitido en una reciente resolución del Tribunal Constitucional. Ahora sin embargo, por un acuerdo del Concejo de la Municipalidad Metropolitana de Lima se ha dispuesto arbitrariamente que en nuestra histórica Plazo de Acho no se lleven a cabo corridas de toros. Es cierto que en estos momentos la Plaza de Acho está dedicada a temporal refugio para las víctimas del Covid 19. Pero la pandemia no será eterna o al menos tenemos derecho a mantener esa esperanza.

¿Qué vamos a hacer entonces con la Plaza de Acho, quizás concursos de baile, peleas de box, manifestaciones políticas, desfiles de moda, certámenes de belleza, competencias de oratoria? Todo eso se puede hacer y de hecho así ha ocurrido. Pero eso significa darle a la Plaza de Acho un uso secundario y desnaturalizar su función principal. De repente el alcalde Muñoz Wells quiere dedicar la Plaza de Acho a un supermercado de carne roja, lo cual por cierto no dejaría de ser irónico. Caben mil y un usos como también es posible que las personas desorientadas se dediquen a prestar mil oficios. El autor de estas líneas, frente a tal arbitrariedad, dice terca y pertinazmente, respetemos la peruanidad ancestral de la fiesta taurina y que la Plaza de Acho siga dedicada al espectáculo para que el fue construida hace 250 años.

Martín Belaunde.
Abogado y Maestro en Derecho,  asesor jurídico, y gerente de empresas privadas y estatales, columnista de opinión. Representante Permanente del Perú ante organismos internacionales de minería (1984-1986). Decano del Colegio de Abogados de Lima (2000-2002). Presidente de la Comisión Nacional Anticorrupción (2002-2003). Embajador del Perú en Argentina (2003-2006) y Congresista (2011-2016). Profesor universitario y miembro de número de la Academia Peruana de Derecho
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