Luis Otoya Trelles Opinión

La pandemia y el adulto mayor

Esta pandemia no la vio en su peor pesadilla, ni el más pesimista de mis amigos. Las cifras entre abril y setiembre son preocupantes. A pesar de no haberse sincerado las cifras de las personas que han muerto por el Covid-19, las estadísticas recientes nos muestran que en el mismo período han fallecido 81,000 peruanos más que el año pasado. Es fácil inferir que la causa de este mayor número de muertos ha sido por este maligno virus.

Para controlar la expansión de la pandemia las autoridades han dado normas y leyes que para algunos han sido justificadas y para otros parecen exageradas. En las últimas semanas hemos visto en redes sociales pronunciamientos de personas mayores de 65 años, que representan aproximadamente a 2 millones 400 mil peruanos, que se sienten afectados por el Decreto Supremo, dado por la emergencia sanitaria, el mismo que se sigue prorrogando, vulnerando sus derechos al restringir su libertad de transitar y trabajar e incluso considera sanciones para los infractores. 

Me gustaría hacer algunas reflexiones, para ver si podrían contribuir a que se reevalúen y flexibilicen las medidas tomadas.

La ciencia, la medicina, las vitaminas, los gimnasios, la preocupación de la gente por llevar una vida saludable, sumado a la mejora en sus hábitos alimenticios, ha aumentado la expectativa de vida de las personas. Ahora la gente vive más tiempo. Pero el virus ha demostrado ser muy letal, especialmente con este grupo etario que hasta ahora representa al 60% del total de fallecidos por el COVID-19.

Nuestro país es desigual, diverso e informal. Los estragos de la pandemia han llevado la informalidad de 70% a 80%. Ocho de cada diez, no tienen un empleo formal. Me pongo en los zapatos de ese adulto mayor informal que pese a la restricción, sale porque necesita trabajar para vivir.  Para salir no necesita llenar ninguna declaración jurada, ni recibir autorización para hacerlo. Asume riesgos, si no lo hace, no come.

En nuestro país tener pensión de jubilación es un privilegio de los formales. Privilegio merecido por su trabajo de décadas, pero insuficiente. Al cruzar la raya de la jubilación, su vida cambia, junto con sus ingresos. La mayoría de ellos para compensar terminan su vida generando recursos adicionales de manera informal.

Por un lado, les puedo contar de “Cartucho”, así conocen todos en Pucusana a Jesús Flores, mi compañero en tantas aventuras de pesca. Él tiene ahora 70 años y buena salud, que le permite realizar un trabajo de guardianía de botes por las noches. Si él no hiciera eso, en la oscuridad y frio de la noche, montado en una chalana en el mar, no tendría como generar ingresos que le ayuden a pasar este difícil momento.

Por otro lado, conozco cómo vive la pandemia mi gran amigo Fito Dammert, empresario exitoso de la publicidad, quien a sus bien llevados 71 años, dirige su empresa desde casa, ya que esta ley le pone restricciones para salir a trabajar. Él es muy deportista, pero ahora se siente afectado, no puede caminar más de una hora y sólo hasta tres veces por semana, ni lo puede hacer más allá de 500 metros de donde vive. Como buen ciudadano tiene la obligación de cumplir con la ley. Pero Fito es admirable, se escapa muy seguido, pero sólo para cumplir su compromiso social como presidente de la Liga Contra el Cáncer. Cargo honorífico que desempeña con éxito desde hace trece años.

Dos realidades distintas, pero igual de restrictivas. Para la ley no importa que haces, hiciste o dejaste de hacer. No diferencia a los que pagan impuestos y arbitrios de los que no lo hacen. No le importa si tienes o no dinero. Si tienen más de 65 años, el Estado, consciente de la precariedad de su infraestructura sanitaria, busca protegerlos y para hacerlo ha elegido el controvertido camino de privarlos de algunos de sus derechos.

Han pasado casi siete meses y a pesar de los reclamos, las restricciones se mantienen, no se han flexibilizado y deberían comenzar a considerar más libertad, que les permita entre otros conducir sus vehículos y bicicletas sin limitaciones, interactuar con mayor tiempo y frecuencia en espacios abiertos. Prorrogar esta situación es insostenible para todos, especialmente a los que estando impedidos de salir no pueden generar recursos para sobrevivir. También hay que considerar a los adultos mayores que en la soledad pueden ver afectada su salud mental y quedar expuestos a la depresión.

Por el momento además de seguir siendo responsables de nuestra salud, nos toca rezar, tener paciencia y sobre todo mucha fe, para que pronto tengamos una vacuna que nos de la tranquilidad de volvernos a ver y abrazarnos sin temor otra vez, como lo hacíamos antes, con toda la gente que amamos y apreciamos.

Luis Otoya Trelles.
Comunicador con 42 años en la publicidad y el marketing. Columnista de VOX POPULI y DIARIO EXPRESO. He sido: Director de la APAP, Director de United Way International Perú, Presidente del Tribunal de Ética de la SNRTV, Presidente y fundador del Consejo Nacional de Autorregulación Publicitaria (CONAR). Director Divisiones Menores de Alianza Lima. Soy una persona libre que persigo mi sueño de contribuir con mi país, He decidido participar activamente en política asumiendo el riesgo de terminar frustrado y salir chamuscado en el intento.

1 comment on “La pandemia y el adulto mayor

  1. Liliana Ferro

    De acuerdo con su comentario. Tengo a mi papá de 87 años y antes de la pandemia su entretenimiento era ir a comprar el pan, el periódico y pasar por la iglesia a resar. Pero ahora él no puede hacer nada está en casa y cada día lo veo decaído por más que tratamos de tenerlo entretenido con un cuaderno de 200 hojas de pupiletras u otros juegos sigue igual. Creo que la segunda pandemia q esta matando a los abuelitos son los Decretos de Urgencia que está firmando el sr. Vizcarra. HASTA CUANDO NUESTROS ADULTOS MAYORES ESTARÁN ASÍ. BASTA YAAAAA. HAGAMOS ALGO POR ELLOS.

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