Guillermo Ackermann Opinión

Volver a los 17

Volver a los diecisiete
Después de vivir un siglo

Es como descifrar signos
Sin ser sabio competente
Volver a ser de repente
Tan frágil como un segundo
Volver a sentir profundo
Como un niño frente a Dios
Eso es lo que siento yo
En este instante fecundo

Empiezo esta columna con un fragmento extraído del canto compuesto en 1962 por Violeta Parra, compositora y poetisa chilena, que fue interpretado por decenas de artistas iberoamericanos, e inmortalizado por Mercedes Sosa en su mítico Concierto desde Argentina en 1982.

En este tema se resalta el sentimiento, más que el pensamiento. Aquellas sensaciones que uno va experimentando cuando la vida se te comienza a presentar de una manera abierta y vas saliendo del nido protegido en el que regularmente has ido creciendo.

Los 17 representan, en esta composición y en la vida, la edad de la evocación. Del recuerdo grato. Del inicio del pensamiento individual, de las propias decisiones, de la madurez. Y por supuesto de la nostalgia. Es la etapa en que la juventud llega a su máxima expresión. Del discernimiento en lo que queremos hacer con nuestro futuro. Salimos de la burbuja escolar, para abrirnos a un nuevo mundo con otros jóvenes, otras realidades. Las amistades del barrio o del colegio se convierten en los amigos para toda la vida, pero probablemente los dejaremos de ver.

Por otro lado, está presente la percepción de fragilidad, de vulnerabilidad y la referencia a lo espiritual. También la necesidad de ir más allá, de una trascendencia que rompa la materialidad de la vida. Es la etapa de los ideales, siendo el máximo el querer cambiar el mundo.

La juventud tiene ese sabor de rebeldía, de cuestionamiento, de enfrentamiento, de romper con lo establecido. Por supuesto, el anhelo de hacer lo que nos da la gana, de divertirnos sin límites y de escoger nuestras propias reglas,  confrontado con el deseo de convertirnos en alguien con voz propia, que sea escuchado y tomado en cuenta.

Por eso no llama la atención cuando las miradas de estos días están puestas en una convenientemente llamada “Generación del Bicentenario”. En la época del marketing y el efectismo mediático había que encontrar en epíteto para destacar esta gesta de las calles que coadyuvó a la caída de un efímero régimen, que legítimo o no, no fue aceptado por nadie.

Pero al hablar de esta generación vienen primero a mi memoria los miles de jóvenes que a principios de los 70 marcharon en protesta por la expropiación de los diarios y canales de televisión, lo que fue un atentado terrible a la libertad de expresión, con una represión brutal a manos de las fuerzas del orden del régimen militar de la época.

Como no recordar, en 1987, la masiva salida a las calles de la juventud frente al fallido intento de estatización de la banca por parte del impetuoso gobernante García, quien erigido como un líder nacional y latinoamericano, sintiéndose todopoderoso, intentó, sin éxito, que el Estado se apropiase del sistema financiero privado pensando que de esa manera evitaría la debacle económica en ciernes. La Plaza San Martín rebalsaba con los miles de manifestantes que la colmaron.

Fue en 1992, cuando la juventud le dijo: ¡Basta! a la demencial y criminal acción terrorista de Sendero Luminoso después del insano atentado en la Calle Tarata. ¡No te tenemos miedo! Y así miles de jóvenes marcharon en protesta, con otros millares de adultos, desde Miraflores recorriendo la ciudad, sumándose vecinos de Villa El Salvador y de distintos puntos de la Lima que vivía aterrorizada por el terrorismo.

Ocho años después, entrando al siglo XXI, una evidente manipulación en las ánforas y conteo electoral, motivó la ‘Marcha de los 4 suyos’ que, teniendo un matiz más político que ciudadano, tenía un mismo origen, la disconformidad frente a un sistema que estaba abusando y aplastando los derechos fundamentales. Era una defensa de la democracia, como modelo de gobernabilidad, con sus virtudes y defectos, sus perfecciones e imperfecciones… nos guste o no nos guste.

En este nuevo milenio también se viene dando en nuestro país y en otros del mundo la multitudinaria ‘Marcha por la Vida’, iniciativa promovida por las iglesias cristianas, y que convoca a cientos de miles de familias, que protestan por los derechos fundamentales de la vida, la protección de la familia y los valores esenciales. Siempre en todas son los jóvenes los que organizan y mueven las masas.

Y así, si seguimos hurgando seguiremos encontrando estas históricas protestas, en su gran mayoría con fundamento, como por ejemplo la banalizada ‘Marcha de los pulpines’ reclamando una vulneración a sus derechos laborales.

Todas ellas siempre cuentan con diferentes componentes comunes, como por ejemplo, la presencia de las fuerzas policiales, que cumplen un necesario rol de seguridad y control, con no pocos excesos y lamentables desenlaces.

También es recurrente el descontrol y violencia por parte de los propios manifestantes. No hay marcha 100% pacífica. Ya el mismo hecho de salir a protestar, siendo un derecho constitucional, es, en sí mismo, una acción que violenta el orden y tranquilidad pública.

Entinces no me sorprende cuando escucho y leo sobre la “Generación del Bicentenario”, porque no son otros que los mismos jóvenes que, generación tras generación, elevan sus voces y se hacen escuchar. Y hoy, utilizando las herramientas de la tecnología y modernidad, aparecieron como un enjambre, por todos lados, para decirle: ¡Basta a la clase política! ¡Basta a estos atropellos! ¡Basta a la corrupción! ¡Basta a la repartija!

Y esas son claras señales de vida y por tanto de esperanza. Y nos hace pensar en que tenemos futuro. Pero es importante mencionar dos aspectos que no pueden pasar desapercibidos y sobre los cuales hay que poner atención.

Primero, este ¡Basta!, es a todo el sistema político. Que no se vaya pensar que al caer el volátil presidente de Palacio, ya se arregló el problema. Hay un tema de fondo en la política nacional que hay que enfrentar desde sus raíces. Y lo de ahora ha sido una muestra muy representativa de ello. Este ¡Basta! Significa una necesidad de cambio. De retorno a los valores democráticos fundamentales. De recuperación de la integridad. De la prácticas de principios morales y éticos.

Y, la segunda alerta que pongo sobre el tapete, es la evidente manipulación política e ideológica que se infiltra en estas protestas. Orquestando medios de comunicación, líderes de opinión, influencers, redes sociales e incitando incluso a recursos de mayor agresividad, han enturbiado estas manifestaciones. Dando mensajes contradictorios incluso sobre los cuidados de salud en medio de la aún peligrosa pandemia. Sin importarles la vida de los manifestantes, sino utilizándolos como carne de cañón.

No puedo terminar esta columna lamentando el trágico final de dos jóvenes que, a los que sin imaginárselo, les fueron arrebatadas sus vidas, tanto a ellos, como a sus familias. Como escribía en una columna anterior, esto solo tendrá solución cuando entendamos que al mal solo se le vence, con el bien.

Guillermo Ackermann Menacho.
Desde hace más de 38 años me desempeño en la industria de las comunicaciones y el marketing, ejerciendo tanto en medios tradicionales, como radio y televisión, así como en la producción independiente de contenidos audiovisuales, documentales, videos institucionales, programas televisivos y radiales y publicidad. He sido productor ejecutivo de material realizado en 24 países. Desde mi juventud he estado involucrado en diversas iniciativas sociales, deportivas y religiosas, como gestor y voluntario. Soy un convencido que este mundo se puede cambiar y quiero ser protagonista.

0 comments on “Volver a los 17

Deja un comentario

A %d blogueros les gusta esto: