Claudia Doig Opinión

Empresa, estado y una conversación pendiente

Cuando aún no nos recuperamos de la resaca de la reciente crisis política que derivó en un tercer presidente en menos de quince días, y cuando las heridas, intereses y mutuas desconfianzas siguen latentes -y lo estarán por mucho tiempo-, preocupa la enorme agenda pendiente de nuestro país que requiere ser atendida. Agenda a todo nivel: político, económico, social.

Solemos decir que en las soluciones de un país debemos involucrarnos todos, y no exageramos al afirmar que hay muchísima gente e instituciones, grandes y pequeñas, que realmente se involucran en buscar e implementar soluciones a la altura de sus posibilidades. Pero, también es cierto que a veces las percibimos como iniciativas y acciones aisladas, de espectro limitado y en donde, aparentemente, existe poca o ninguna articulación con otras instancias -excepto lo meramente funcional- para multiplicar alcance y efectos. Así, suele prevalecer la sensación de que estas iniciativas avanzan solas tratando de hacer lo que pueden, cuando, en muchos casos, responden a proyectos bien pensados y articulados, en donde se alcanzaron las metas al lograr levantar los puentes adecuados para llegar a acuerdos entre partes y avanzar con una visión compartida. Ejemplos hay muchísimos, solo que no siempre nos enteramos de ellos o de qué hicieron para alcanzar sus objetivos.

Pero, ¿qué pasa cuando es una realidad el hecho de que hay instancias macro que, siendo fundamental su participación coordinada con otras, no logran conversar entre ellas, no logran establecer auténticos puentes de comunicación entre sí para poder avanzar con un norte y objetivos compartidos?

La pregunta viene a propósito de la reciente presentación del informe “Perú Agenda al 2031”, realizado por la Sociedad Nacional de Industrias, que plantea, desde el sector privado, propuestas de crecimiento económico y generación de empleo a través de nueve sectores productivos peruanos. Quiso el destino que esta presentación coincidiera con los momentos más convulsos de las recientes protestas sociales en las calles, pero las conclusiones de las diversas mesas de trabajo están allí, y nos preguntamos en qué momento se sentarán el sector privado y el público justamente a conversar al respecto, buscando las coincidencias que ayuden a trabajar de manera articulada para implementar escenarios concretos de desarrollo. Esto es: ¿cuándo se decidirán a construir auténticos puentes de comunicación donde exista una visión compartida de país?

El comentario también viene en recuerdo de la presentación en la CADE del 2018, del primer “Informe de Competitividad Perú 2019”, elaborado por el Consejo Privado de Competitividad en el que se propusieron reformas para impulsar el desarrollo del Perú a partir de 77 iniciativas multisectoriales que enfatizan las reformas urgentes para mejorar la competitividad del Perú (ya bastante desmejorada ese año y cuando aún no había una pandemia en el horizonte). En ese mismo escenario, el entonces presidente Vizcarra también hizo lo propio presentado en ese mismo foro un documento de naturaleza similar, pero elaborado por su gabinete: “Política Nacional de Competitividad y Productividad”. Aplausos en la sala, promesas de desarrollar una visión consensuada, reuniones de trabajo posteriores pero, en términos reales, dos años después, ¿en qué quedó todo? ¿Y qué hizo el estado -no diré gobiernos- al respecto? ¿Y en qué quedará la Agenda 2031 que ahora propone la SNI?

El problema con estas iniciativas es que lo relativamente fácil -sin desmerecer el enorme trabajo profesional que implica hacerlas- es plantearlas. Lo duro, arduo, peliagudo y, admitamos, desmotivador es lograr la articulación de las partes, la construcción de esos puentes de comunicación en los que es imperioso insistir y estar detrás para que, una vez establecidos, se vayan fortaleciendo en el tiempo e, incluso, logren tal solidez que aguanten los avatares de las crisis que acostumbramos tener. Es un trabajo de titanes, es cierto, pero imprescindible.

Hay un hecho innegable: sin comunicación no se logra nada. No se construye, no se desarrolla, no se avanza. No se logran puentes. Pero, para comunicar de manera propositiva y asertiva, hay que tener la voluntad de hacerlo y no decaer en el esfuerzo. Además, algo clave: hay que estar dispuesto a bajar el recelo y desconfianza entre el sector público y el privado para poder superar las brechas, lo que no significa renunciar al rol que le compete a cada uno, sino identificar los puntos de coincidencia donde pueden articular y acelerar lo mucho que falta hacer en el país. Y el sector público no puede seguir con la lejanía y desconfianza con que mira al sector privado: basta recordar la suspicacia y hasta indiferencia cuando, en plena pandemia, era evidente su reticencia a coordinar con empresas privadas que ofrecían su capacidad instalada y hasta se negaba a recibir la ayuda que habría contribuido a paliar la situación.

Un dato de cierre: según el FMI, el Perú ocupa el puesto 13, de entre 193 países, en cuento a mayor disminución proyectada del PBI de este año. Si tras una pandemia que aún no termina y un descalabro político que nos ha dejado golpeados no reaccionamos ante este tipo de indicadores, es que nos estamos negando a aprender de los errores y a enfrentar de manera madura la realidad.

Así como aplaudimos cuando nos enteramos de algún proyecto que está beneficiando a alguna pequeña comunidad, ¿se imaginan el enorme impacto que tendría el poder hablar de un gran proyecto país donde empresa privada y sector publico se hayan sentado a conversar y trazado un plan estratégico de desarrollo para los siguientes años, con metas claras y de cumplimento obligatorio? ¿Se imaginan lo potente que resultaría?

Claudia Doig.
Comunicadora y periodista de amplia trayectoria en prensa escrita y televisión. Especializada en comunicación estratégica, relacionamiento con stakeholders y gestión de la reputación y marca en el sector público y privado. Directora editorial de revistas, libros y publicaciones temáticas.

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