María Inés Quevedo Stuva Opinión

La moral y la confrontación como forma de entretenimiento

Todos los días vemos en la televisión peruana a través de los “realities” y “talk shows”, un enfrentamiento agresivo verbal (algunas veces, físico) entre dos o más personas por haber faltado a alguna norma social. Este careo televisado y espectacularizado se ha convertido en una forma de entretenimiento, razón por la que se le conoce como “confrontainment”.

Podría argüirse que este tipo de programas cumplen una función social. La visibilidad de las violaciones morales y su castigo ayudan a que la estabilidad social se mantenga. Así, se condena la transgresión de una norma social ante cámaras como cuando, por ejemplo, vemos en un “talk show” la publicación del ADN de un padre que había negado a su hijo, y la confrontación moral de la madre y el o la conductor(a) del programa, quien representa a toda la sociedad. De esta manera, se les enseña a los miembros de la sociedad cómo actuar moralmente ante situaciones similares, ayudando a que la sociedad no entre en un desorden social (anomia) y se mantenga en unidad.

También podría argüirse que este tipo de programas les da una voz a los marginados. Generalmente, las personas invitadas a estos programas pertenecen a los sectores populares empobrecidos. Supuestamente los “realities”, por ejemplo, son presentaciones de eventos no-ficcionales que ocurren fácticamente. Los personajes no son actores sino personas comunes y corrientes que actúan como son ellas mismas en la vida cotidiana. A través de los “realities” y los “talk shows” en el Perú, los sectores más pobres de la sociedad pueden hablar y mostrarle al mundo cuáles son sus problemas. Esto sucede en un contexto en donde las instituciones del Estado (como el poder judicial, por ejemplo) no está presente para ellos, en un lugar en el que sienten que el Estado los ha abandonado. Este es el único medio que les queda para alzar la voz.

Sin embargo, se puede afirmar que estos programas únicamente buscan un beneficio económico y ayudan a perpetuar ciertos estereotipos sobre los marginados. Contribuyen a que se les estereotipe como ignorantes, brutales, violentos, amorales, vulgares, peligrosos, como sexualmente agresivos o promiscuos, que solo responden a sus instintos primarios. En verdad, son estas “aberraciones” y su confrontación, las que despiertan las emociones de los espectadores, las que les da curiosidad, las que les genera tensión y les crea un deseo de castigo. Los estereotipos hacen que determinadas características que son adjudicadas a estas personas terminen por esencializarse y naturalizarse. Lo único que hacen estos programas, por lo tanto, es reforzar la diferenciación, y construir la identidad del otro como lejano, incomprensible, y no-humano.

Se puede afirmar también que se está ejerciendo un tipo de poder sobre estas personas. Es el poder que tienen las televisoras de representarlos de una cierta manera, de asignarles una identidad, de clasificarlos. Este es un poder simbólico que está encarnado en el o la conductor(a), quien habla desde una posición jerárquica que la sociedad considera “superior” (en términos de clase, etnicidad y raza). Desde esta posición juzga quién y qué está mal o bien. El/Ella representa la cultura y moral hegemónica, es decir, el poder hegemónico. Simbólicamente se está afirmando que el grupo marginal no tiene la capacidad de decidir, de dirigir su vida moralmente, de contenerse, necesita de este otro “superior”. Esto no es más que la expresión de algunos rezagos de la manera de percibir la realidad propia de la época colonial.

María Inés Quevedo Stuva
Es bachiller en Ciencias de la Comunicación (Universidad de Lima) y Antropología (Pontificia Universidad Católica del Perú), tiene estudios en Filosofía (Pontificia Universidad Católica del Perú) y magister en Antropología (Pontificia Universidad Católica del Perú). Es profesora de Análisis del Discurso Periodístico en la Facultad de Comunicaciones de la Universidad Peruana de Ciencias Aplicadas (UPC).

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