Juan José Vega Opinión

De multitudes y (no) vacunas

Serie bicho maldito

La función del circo casi había empezado. Allí estaban todos: los payasos, la pavita saltarina, los monos calentones, los trapecistas sin redes, el león decrépito y hasta la mujer barbuda. Y una multitud, que había comprado con esperanza y optimismo su entrada, esperaba el inicio del espectáculo. Un ambiente colorido y festivo presagiaba el fin de la pesadilla. Todos extasiados pensaban en un puesto de trabajo, las juergas, nuevos negocios, las playas, los viajes anhelados, los amores furtivos. La fiesta por la llegada de las vacunas, el retorno a la normalidad. Venían con anuncio de salvación desde todas partes: Asia, Europa y Norteamérica. Entonces los que nunca salieron festejaban dentro de sus casas porque pronto serían libres. Los que siempre salieron y anduvieron en la delgada línea entre la vida y la muerte, también se alegraron, y pensaron que no la habían pasado tan mal; se divirtieron y ahora podrían arriesgar un poco más porque decían que, al doblar la esquina, encontrarían la bendita dosis. En los últimos meses, el gobierno había asegurado, de manera insistente, que todo estaba planificado y en curso, y hasta podíamos pensar que sobrarían laboratorios y dosis. Incluso el bicho maldito, que ya andaba deprimido porque la reactivación económica no le dio los réditos que esperaba, sufrió un colapso cuando se enteró de la inminente llegada de la vacuna. Así andaba el partido, cuando de la nada un tal Jaime Reusche -de un llamado Comando Vacuna- comenzó a disparar, con convicción en lo que decía, y a fuego graneado, advirtiendo que el Perú se había descuidado y que el MINSA, la ministra de Salud y la PCM debían informar con la verdad sobre la situación. Uy curuju, se escuchó decir al respetable. Hay un solo convenio firmado con Pfizer y BioNTech, dijo, e insinuó, que incluso a pesar de ser vinculante, “había escuchado” que faltaban realizar algunos trámites para que se concrete efectivamente. Llamó la atención sobre la celeridad con la que había que actuar en adelante: “Esta es una cuestión de días, no se semanas”. Entonces apareció rápidamente uno de los viceministros de Salud para confesar que, era cieerto, había un solo convenio firmado; y un poco después la Premier comentó que la demora era producto de la crisis política, y que habrá vacunas -buen alargue le metió al tema- en el curso del primer semestre del año 2021. El bicho maldito se entusiamó y volvió a la vida (mejor dicho a la muerte), y se apresuró en visitar centros de expendio de productos navideños como Gamarra, el Mercado Central y tantos otros espacios en los que, cual procesión del Señor de los Milagros, el tumulto se aprieta a sí mismo en medio de estrechos pasadizos. Él goza nuevamente con los nuevos casos, crecientes, y con los hospitales que comienzan a llenarse. Las vacunas -que ya venían con ese estigma de riesgo, generado por el tiempo récord en que fueron creadas- no llegarán a tiempo, y millones se quedarán sin poder vacunarse pronto, y librarse del bicho de marras que nos tiene cogidos del alma desde marzo pasado. ¿Qué carajo pasó para comportarnos con una inoperancia supina en un tema crucial y que se sabía de vida o muerte desde muchos meses atrás? Mandamos a los soldados a cuidar las playas para que nadie disfrute del mar, pero dejamos que miles y miles de ciudadanos se contagien en el calor de las compras de Navidad. Y nos enteramos, al final del trágico 2020, que no tenemos vacunas para librarnos del bicho maldito. Casi solo nos queda confiar en que la ola que se viene -a pesar de las multitudes abarrotadas- sea menor a lo esperado por la activación, en algún grado, del efecto “comunidad rebaño”. ¿Y estará condenada, la mayoría del país, a vivir sin la vacuna todo el 2021? El gobierno debería informar de inmediato sobre esta situación, sin medias tintas. Finalmente, la función nunca se inició. Los payasos limpiaron sus maquillajes con sus propias lágrimas y los otros personajes circenses regresaron a sus confines.  El público entristeció y retrocedió sobre lo andado, sin vivir la fiesta, a sus hogares. Eso sí, los boletos comprados, jamás serán olvidados.

Juan José Vega.
Licenciado en Ciencias de la Comunicación. Licenciado por la Facultad de Ciencias de la Comunicación en la Universidad de Lima.  Con 30 años de experiencia en Comunicación Estratégica, ha participado en el diseño de proyectos de comunicación en Perú, Brasil, Paraguay y Bolivia. Ha sido funcionario y consultor de diversas entidades nacionales e internacionales, y redactor principal y editor de suplementos en los diarios El Observador y La República, así como colaborador de la revista Caretas. Actualmente realiza su tesis en la maestría de Gerencia Social de la PUCP.

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