Guillermo Ackermann Opinión

Héroes anónimos

Cuesta entender lo poco reconocidos y malagradecidos que solemos ser y cómo podemos no mirar y olvidarnos tan fácilmente de las cosas.

La pandemia nos ha permitido constatar que la moneda tiene dos caras, como lo he mencionado en otras columnas. Por un lado la tragedia de un país que no está preparado para las emergencias, con una infraestructura sanitaria precaria e insuficiente, con una carencia de políticas y protocolos para enfrentarlas y una falta de preparación, capacidad y liderazgo de los gobernantes que, en esta ocasión, se ha hecho patente de una manera contundente.

Pero no me cansaré de seguir repitiendo que la otra cara de la moneda es diametralmente opuesta. Y es la cara de solidaridad, ese rostro humano, que no le importa las carencias políticas, que mira más allá de las ineficiencias, que sale al encuentro del otro porque identifica en él a otro ser, tan humano como sí mismo.

Omar es un hombre de 53 años, nació en Lima y hace 20 años fue ordenado sacerdote. La iglesia católica siempre se ha caracterizado por estar al lado del más necesitado y él desde la Asociación de las Bienaventuranzas ha sido un claro ejemplo de cómo vivir la caridad en los tiempos más difíciles. En Villa María del Triunfo ha sido una luz, ha irradiado esperanza, ha organizado a la población, les ha dado alimentos e incluso ha demostrado que aún desde su compromiso sacerdotal puede ejercer una paternidad espiritual y material, cuando en medio de la pandemia encontró en la puerta del Hogar un bebé casi recién nacido.

Úrsula es una licenciada especialista, ella trabaja como trabajadora social, en el hospital público Casimiro Ulloa y durante la pandemia cada día se presentaba como una espada de Damocles, no solo se enfrentaba a la muerte de los pacientes, sino a la inminencia de un contagio que pusiera en riesgo su propia vida y la de las decenas de héroes médicos que laboran con ella. Un domingo cualquiera un adulto mayor estaba siendo dado de alta, puesto que su problema de salud había sido controlado y  salió negativo en la prueba del COVID 19. Pero había un detalle, este anciano, llamado Eloy, no tenía nadie que reclamara por él y por protocolo ella debía dejarlo en la puerta del hospital, en donde, seguramente, por el frío y las condiciones de la calle él hubiera fallecido. Siendo ya de madrugada y, fuera de su turno, hizo lo imposible pero logró, llevándolo ella misma en un taxi, que fuese admitido en “Casa de Todos” y así con la conciencia de haber hecho lo que su corazón le mandaba regresaba a sus labores y a su guardia.

Juan, Luis, Armando y José (nombres figurados), son 4 bomberos voluntarios. Su labor humanitaria los llevó a contagiarse del COVID 19 casi en simultáneo. Fieles a su filosofía los nombres se mantuvieron en reserva, pero se generó mucha expectativa por su rehabilitación. Finalmente las autoridades del Cuerpo de Bomberos dieron dos anuncios importantes, los 4 efectivos habían superado la enfermedad y se encontraban ya en un franco proceso de recuperación. Y lo segundo es que todos ellos habían manifestado que apenas fuesen dados de alta regresarían a seguir sirviendo a la ciudad a través de su función de bomberos.

Juan Manuel es un ejecutivo exitoso, que proviene del mundo corporativo, habiendo tenido importantes posiciones en empresas grandes del país. Hace unos años creó un emprendimiento llamado Soluciones Empresariales Contra la Pobreza y fruto de ello hoy maneja el proyecto “Hombro a hombro”, que busca articular los esfuerzos de la empresa privada para ayudar a las familias más vulnerables, en coordinación con el Estado. Durante la pandemia con el aporte de más 100 empresas, han logrado llevar más de 6000 toneladas de ayuda humanitaria a más de medio millón de personas a lo largo y ancho del país. Además demostrando que Estado y Empresa Privada pueden trabajar eficientemente de la mano. Él, por sus condiciones físicas, se considera vulnerable, pero eso no fue impedimento para que se traslade con su equipo para atender las terribles necesidades.

El sábado 22 de agosto un aviso llegó a la comisaria de Los Olivos se haría una intervención en una discoteca en la que se estaba desarrollando una fiesta clandestina. María es una mujer policía, madre de dos pequeños de 6 y 4 años. Ella esperaba el domingo para tener un día familiar con sus bebés, la semana había sido agitada. El operativo se haría bordeando las 10 de la noche, hora en la que empezaba el toque de queda. Nunca imaginó lo que iban a encontrar, eran más de 100 jóvenes, que haciendo caso omiso a todas las restricciones, poco les importaba arriesgar su vida y la de las decenas de personas con las que iban a compartir un ambiente cerrado, que sería sin duda un foco de contagio. El fatal desenlace lo conocemos. María pone en juego su vida cada día, no sabe si, como consecuencia de un asalto, pudiese no regresar a casa nunca más, o si en alguno de estos operativos pudiese resultar contagiada por la irresponsabilidad de terceros. El sentimiento de frustración es profundo y sobretodo a lo que se tendrá que enfrentar en las investigaciones. Pero el día lunes estaba otra vez en su comandancia al pie del cañón.

Miguel, es un comunicador, con sus 29 años a cuestas tiene la satisfacción de haber ganado un Effie por la organización de la Marcha por la Vida, promovido a un grupo de monjas rockeras, y haber trabajado la campañas para que los peruanos volvamos a cantar el himno nacional, junto con los jugadores de la selección de fútbol y que ganemos la elección de la mejor hinchada del mundo. Iniciada la cuarentena, ante la necesidad de encontrar una solución para que las personas que vivan en la calle tengan donde pasar la inmovilización social obligatoria, creó el concepto de “Casa de Todos” y estuvo a la vanguardia para que en 4 días se implemente este refugio temporal. Dejó su casa para no exponer a sus padres y asumió la coordinación general del proyecto. Conoce las historias de cada albergado, asistente, auxiliar. Puso en riesgo su salud cada día. Hoy cumple el mismo rol en la construcción de “Casa de Todos” permanente que se levanta en la Urbanización Palomino. Él representando a la Beneficencia de Lima, trabajó en conjunto con el otro socio estratégico Municipalidad Metropolitana de Lima y con decenas de empresas y personas para sacar adelante esta maravillosa obra que le dio esperanza a nuestro país y noticia que recorrió el mundo entero.

Esta es la otra cara de la moneda: la desbordante corriente de solidaridad, el mar de corazones que se unen para construir un mundo mejor, la conciencia de salir al encuentro del otro ser humano.

Cada uno de los mencionados es un héroe anónimo, cada historia contada la escribe un peruano que engrandece a nuestro país. Que Dios y la patria se lo reconozcan.

Guillermo Ackermann Menacho.
Desde hace más de 38 años me desempeño en la industria de las comunicaciones y el marketing, ejerciendo tanto en medios tradicionales, como radio y televisión, así como en la producción independiente de contenidos audiovisuales, documentales, videos institucionales, programas televisivos y radiales y publicidad. He sido productor ejecutivo de material realizado en 24 países. Desde mi juventud he estado involucrado en diversas iniciativas sociales, deportivas y religiosas, como gestor y voluntario. Soy un convencido que este mundo se puede cambiar y quiero ser protagonista.

0 comments on “Héroes anónimos

Deja un comentario

A %d blogueros les gusta esto: