Juan José Vega Opinión

Serie bicho maldito

Reflexiones del bicho maldito

Antenas cruzadas sobre la arena, lentes oscuros -observando la vastedad del océano Pacífico- así estaba el bicho maldito tendido sobre arena firme en la Costa Verde. Trataba de sumergirse en la profundidad de su genética, pero no alcanzaba a recordar su origen en Wuhan, y aunque sentía dentro de sí el sabor de la sopa de murciélagos en el mercado -y creía haberse alojado por un tiempo en algún otro organismo- también le aparecían, en sus sueños de verano, imágenes de hombres de blanco y luces blancas por doquier. “Parecido a los hospitales de Lima, pero sin tanto humano muriendo”, pensó. Solo él había desarrollado una inteligencia superior a la de sus millones de pares -incluyendo los mutantes- y por ello mantenía el liderazgo en esta guerra contra la raza humana. Era el Corona, el original, y esa tarde se fue a la playa a pensar un poco, fuera del atropellado, aunque apetitoso, movimiento de calles y mercados. En el camino pasó sobre la faz de la ciudad. En los puestos de periódicos -en los que solía provocar contagios- se reía esta vez de los titulares y de cómo se ufanaban -los humanos peruanos- de las vacunas que llegaron tardíamente. Parecía, por la cobertura en la televisión, que había surgido un humano con antenas -producto de algún romance imposible-, hasta sonrío. Bueno, pensó, deben estar desesperados porque le estamos sacando el alma. Apareció por allí el mutante británico -su primo maldito- y leyendo el pensamiento del Corona, el original, alcanzó a decir: “De algo les servirá estas vacunas, los hombres y mujeres que curan a los enfermos no morirán…al menos no tantos”. Corona se perturbó, no sabía cómo, de la nada, apareció el mutante británico. Lo angustió más aún su inteligencia, que había avanzado rápidamente. El británico se explayó: “nosotros, los mutantes, estamos cambiando justo donde las vacunas quieren afectarnos, es cuestión de tiempo…y lo que los humanos no tienen es tiempo”. Corona se sorprendió más aún, y pensó en las decenas de primos que andaban desdibujando los avances de los humanos. No solo para las vacunas, sino para hacer más contagiosa a su especie, para provocar reinfecciones, para alcanzar animales que andan cerca de los hombres. Miró más allá del propio firmamento, y reflexionó: ¿quién nos estará gobernando? En ese momento algunos humanos llegaron para tratar de entrar al mar, mientras muchos policías los perseguían. Pensó en abordarlos, pero prefirió el relax y el pensamiento. Además, rápidamente su primo mutante, el británico, corrió y no tardó en hacerse de varias víctimas. El Corona sabía que los mutantes serían los abanderados, en muy poco tiempo. La carrera entre las vacunas efectivas y los mutantes estaba demasiado apretada, demasiado jodida; un torrente de angustia alimentaba la incertidumbre, que apenas dejaba respirar a los humanos. Los mutantes venían con el pan bajo el brazo: su poder de contagio era muy superior al Corona, el original, y las variantes en formación podrían barrer con todas las vacunas. Estaba tan seguro de ello que pensaba que lo había escuchado decir a algún personaje que habitaba en esos sueños brumosos a los que hacía referencia constantemente. Hace unos días tuvo la opción de emigrar a otras latitudes -quien sabe por su buen trabajo en Perú-. Pero nuestro país le parecía atractivo. Mucho desorden lo atraía: la gente hace lo que le da la gana, la cuarentena es inviable porque la población no sobreviviría a la extrema pobreza, las vacunas vienen casi con un retraso letal y la informalidad es una amante que se nos entrega sin tapujos . “Y, además, están las elecciones, un día de gran celebración para nosotros”. Se levantó de la arena y salió en modo aire hasta la pista. Allí se montó en un patrullero y se fue a los confines de la ciudad, bien resguardado y alimentado. “Mejor, imposible”, pensó e hizo sonar la sirena.

Juan José Vega.
Licenciado en Ciencias de la Comunicación. Licenciado por la Facultad de Ciencias de la Comunicación en la Universidad de Lima.  Con 30 años de experiencia en Comunicación Estratégica, ha participado en el diseño de proyectos de comunicación en Perú, Brasil, Paraguay y Bolivia. Ha sido funcionario y consultor de diversas entidades nacionales e internacionales, y redactor principal y editor de suplementos en los diarios El Observador y La República, así como colaborador de la revista Caretas. Actualmente realiza su tesis en la maestría de Gerencia Social de la PUCP.

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