Mauricio Rozas Opinión

Yo, me, mi, conmigo

Un amable amigo, hace algunos días, me mostró orgulloso su nuevo y cómodo hogar. Me mostró orgulloso su dormitorio muy grande con cama King Size, luego su walking closet -también muy amplio- dividido a mitades con ropa suya y de su esposa. Luego su baño con dos lavatorios, dos inodoros y dos duchas (sólo faltaban dos jacuzzis, felizmente eso no). Luego me mostró los cuartos de sus dos adolescentes hijos, cada uno con su baño, teléfono, laptop y tv plasma. Y para finalizar, su cochera para cuatro autos, (de más está suponer que, todos los que habitan la casa incluido el personal de servicio, tienen uno o dos celulares, aparte de tablets y otros similares para que todos puedan escuchar a la vez música diferente).

En principio esto no tendría nada de especial, salvo el orgullo merecido de mi amigo y su generosidad por compartir su alegría conmigo. Mas esto me llevó a conclusiones que hace tiempo me rondan por la mente: la instauración del egocentrismo como nueva y paradójica forma de vida en sociedad y la paulatina -y al parecer inminente- desaparición de la institución familiar como núcleo básico de la sociedad en occidente.

Crecí en un hogar tradicional de clase media en el que papá, mamá e hijos, compartíamos la mesa todos los días a la hora del almuerzo y de la cena (el desayuno no, porque entrábamos muy temprano al colegio). Mirar televisión también era un ritual muy familiar que convocaba a todos. Había las típicas peleas por el turno en el baño, otras peleas entre hermanos en la adolescencia por pedir prestado el auto de papá y otras tantas por el uso del único teléfono que había en casa. En las casas de mis amigos ricos la cosa no cambiaba en esencia, simplemente las casas eran más grandes y los autos más lujosos, y en las de mis amigos pobres tampoco cambiaba mucho, tenían mayores carencias, pero la familia existía. Todas estas cosas hacían que la institución familiar tuviese una dinámica que la hacía funcionar. 

Hoy ya nada de eso existe. Por propia presión del sistema, los hijos cuando niños suelen quedar al cuidado de una nana la mayor parte del día y, a partir de la adolescencia, el hogar pasa a ser una suerte de hotel o pensión a la que llegan cada uno de sus huéspedes luego de sus quehaceres cotidianos: entran y con suerte se saludan si se cruzan con otro huésped en el camino hacia sus pequeños fortines. Una vez que llegaron, ya no hay motivo alguno para salir de allí. Ahí hay todo lo que puedan necesitar: baño, teléfono, internet, escritorio y TV. No se comparte nada con nadie.

Todo esto es algo muy serio. No es simplemente una nueva y moderna forma de vida. Este sistema está poco a poco atrofiando el instinto gregario de los seres humanos. El egoísmo monstruoso y la total desconsideración y desinterés por lo que le atañe al otro, está tomando ribetes preocupantes; el ‘no me importa lo que pienses, YO soy así’, es ahora lo cotidiano. Inclusive en reuniones o fiestas, ya sean familiares o de amigos, la mayor parte de los asistentes están constantemente en la actitud idiota de hablar sin parar por celular o enviando y recibiendo mensajes como autómatas.

Hace relativamente poco, tuve una reunión con mis compañeros de promoción del colegio y dentro de las preguntas de rigor se dieron las clásicas: ¿te casaste? ¿Tienes hijos? Y los resultados fueron, por decir lo menos, muy desalentadores: aproximadamente el 50% se había divorciado, había otro 20% que aún estaba soltero y sólo el 30% había formado una familia sólida; ¿es esto una casualidad? No lo creo. Esto coincide con algo que hace poco me comentó una amiga arquitecta con quien consulté algunos temas sobre construcción de viviendas. Me comentó que cada vez era mayor la demanda por departamentos de un solo dormitorio, que era el negocio del futuro inmediato en el rubro de la construcción de viviendas.

El egoísmo monstruoso a que nos está llevando el nuevo sistema de vida, tanto en el campo tecnológico (smartphone, laptop, tablet) como en la arquitectura y otros campos, me hace confirmar algo de lo que hace tiempo me vengo percatando: los afectos son cada vez más frágiles y la vida en familia está en franca extinción.

Mauricio Rozas Valz.
Estudió Administración de empresas en la Universidad Católica Santa María de Arequipa. Escritor con dos títulos publicados de relatos y de poesía. Activista internacional contra el maltrato animal y miembro del colectivo «Arequipeños por Arequipa

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