Luis Otoya Trelles Opinión

El desprecio por la vida

Me parece increíble lo poco que les importa la vida de millones de peruanos a los recientes gobernantes, especialmente a los que ya fueron vacunados.

Ahora cobra sentido haber visto en el vacado presidente su falta de humildad al creer que la popularidad que le daban las encuestas, le permitiría arrasar con los sentimientos y derechos de todo un pueblo que se ha visto relegado por las preferencias y argollas de un poder mezquino que priorizó su familia, amigos y amigos de sus amigos, para acceder antes que nadie a las ansiadas vacunas.

El poder es la nueva clase social que con dinero o sin dinero termina haciendo lo que quiere, incluso despreciar la vida y ningunear nuestro derecho a tener igualdad de oportunidades para ser también vacunados.

No importa el color de los partidos que gobiernan nuestras vidas. No importa si el morado esté relacionado a la asfixia de quienes imploran por un tanque de oxígeno. Mucho menos importa la sangre con la que están pintando sus rojas banderas.

La ineptitud y malas decisiones de quienes ostentan el poder nunca afectan a sus familias, porque ellos sólo levantando el teléfono disponen de tanques de oxígeno, camas UCI, que son las principales causas de la muerte de quienes lloran de impotencia la pérdida de un ser querido o de un amigo con el que hasta hace unos días chateaban en las redes sociales, abrigando la esperanza que esto termine cuanto antes para recuperar su trabajo y su economía.

Vivimos el vergonzoso momento en que el capitán del barco que se hunde es el primero en abandonar a sus pasajeros, junto con su tripulación, en el primer bote salvavidas. Vivimos una tremenda crisis de VALORES en nuestro país. Estamos perdiendo el VALOR PARA RESPETAR LOS VALORES. Los que fuimos formados en una EDUCACIÓN CON VALORES, vemos perplejos que para la poderosa casta gobernante la LEALTAD tiene precio, el RESPETO lo merecen sólo ellos, la SOLIDARIDAD la practican sólo con sus amigos. Los VALORES son para muchos un vago recuerdo de lo que a algunos les enseñaron en casa.

En la pandemia la HONESTIDAD fue algo que muy pocos practicaron en el momento de negociar las mejores condiciones en las millonarias adquisiciones para proteger y cuidar la salud y la vida de millones de peruanos.

Los peruanos hemos sido engañados durante todo un año. La VERDAD, aunque fuera terrible y dolorosa nunca debió ser ocultada por quienes pusieron por delante sus mezquinos y oscuros fines políticos. Ahora que se conocen todas sus fechorías, muchos recién se han quitado la venda de los ojos, defraudados en la CONFIANZA depositada en alguien que nunca la mereció.

 La TOLERANCIA de los peruanos ha sido inmensa, ha sobrepasado los límites permisibles. Nuestros derechos se vulneraron y las consecuencias las hemos puesto en la cola de la frustración y la impotencia.

Mientras no seamos vacunados, la incertidumbre será nuestro desayuno de todos los días antes de salir de casa para ir a trabajar. Por ahora, no tenemos otra opción, sólo nos queda enfrentar la paradoja de seguir “timbeando” al exponer nuestras vidas para lograr sobrevivir.

La ESPERANZA de todo un pueblo de llegar a ser vacunado, viene siendo ninguneada por un presidente que prefiere recitar, antes que asumir con RESPONSABILIDAD esta difícil situación. Sus muestras de desprecio por nuestras vidas ha quedado en evidencia al negarse a aceptar la posibilidad que plantea la empresa privada de hacer lo que el gobierno no puede o no quiere hacer: VACUNAR A SU GENTE. ¿Nos quieren dejar morir? ¿Nuestra vida no importa?

Luis Otoya Trelles.
Comunicador con 42 años en la publicidad y el marketing. Columnista de VOX POPULI y DIARIO EXPRESO. He sido: Director de la APAP, Director de United Way International Perú, Presidente del Tribunal de Ética de la SNRTV, Presidente y fundador del Consejo Nacional de Autorregulación Publicitaria (CONAR). Director Divisiones Menores de Alianza Lima. Soy una persona libre que persigo mi sueño de contribuir con mi país, He decidido participar activamente en política asumiendo el riesgo de terminar frustrado y salir chamuscado en el intento.

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