Juan José Vega Opinión

Serie bicho maldito

El país que todos deberían ver (y sentir)

Sin duda estaba dolido y molesto Manuel Scorza cuando escribió, hacia mediados de la década de los años 50, versos por lo que le llovieron escupitajos desde el statu quo y el patrioterismo: “Ay, desgraciadamente/Perú, con odio tu nombre escribo”. Palabras duras que expresaban su indignación ante la injusticia social imperante y el dominio de una elite que todo lo corrompía. Es como si hubiese escrito aquello hoy, luego de enterarse de los alcances del Vacunagate en nuestro país. En el mismo poemario, Las imprecaciones, Scorza enfila también sentimientos hacia la región: “América, no puedo escribir tu nombre sin morirme”; sentimiento a pelo con la extensión de este comportamiento repulsivo a países como Argentina, Ecuador y otros. Ahora, en medio de esta locura de humanidad a la que nos ha conducido magistralmente -hay que reconocerlo- el bicho maldito, estos versos resuenan como truenos en el alma ante las miserias humanas que trajo consigo la pandemia. Basta recordar, a veces con violencia inadvertida, cómo ese perfil perseguidor (que a muchos les cautiva) reprimía con ferocidad a quienes vivieron la cuarentena, y aún lo hacen, en miserables casas, sin servicios básicos, sin ayuda alguna del Estado -salvo los bonos que llegaron mal, tarde o nunca-, con la angustia de no tener qué comer, que por supuesto fue siempre mayor al propio temor del contagio. Tuvieron que romper las normas para no morir, y mucha gente los asesinaba por su “extrema irresponsabilidad”. Los que pudimos hacer una cuarentena con comodidad, en casas sin hacinamiento, sin el acecho de eventuales abusadores -drama aparte es el de niños y mujeres violentadas en la “seguridad” del hogar- no llegamos siquiera a rozar el escarnio de vivir encerrados sin algo que llevar al estómago y ese fue -y es todavía- el vía crucis de millones de personas. Estábamos frente a ese espejo multiforme que disparaba sus imágenes contra uno mismo, y que expresaba la acidez y la desgracia de una sociedad como la peruana. La primera ola trajo consigo todo ello, y muchos vieron y sintieron, pero luego olvidaron. Total, así estamos acostumbrados a vivir desde que las carabelas de la conquista alcanzaron las costas del continente que nos cobija. Luego vino el remanso, entre tumbo y tumbo, aunque la procesión prosiguió por dentro, y la escasez y el hambre continuaron campeando en la mayor parte de las provincias y distritos del país, alcanzando también a estratos menos precarios que agotaron sus recursos disponibles. La segunda ola, tan visible desde siempre, fue esperada como si se tratase de un espectáculo que no requería de esfuerzos excepcionales a los que se habían hecho (básicamente se aumentaron camas UCI e implementaron medidas que ayudaron a combatir el desborde en la primera ola). Pero esa inercia inaudita -que la hubo entre ambas olas, empujada por la extrema crisis política- hizo que el bicho maldito nos quitase, en mayor medida aún y con la complicidad del Estado, la opción de prepararnos mejor para lo que vendría. Y en la segunda ola volvieron a llenarse los hospitales y la muerte andaba cómodamente en las salas de espera -sentada y fumándose un porro- sin tener que librar la batalla contra la vida allá en las UCI y en los miles de casos que terminaron de complicarse porque faltaba el bendito oxígeno. El derecho inquebrantable a respirar fue arrebatado, y con su clásica guadaña, esta vez reluciente, la muerte tomó también casas, calles y hasta taxis en los que coronaba su propósito en la ruta hacia la nada:  hospitales o centros de expendio sin aire que ofrecer.  Y lo más sorprendente -el mayor indicio que estamos muy cerca de convertirnos en un Estado fallido- es que teniendo todo a disposición no fuimos capaces de comprar vacunas. Estamos seguros que el bicho maldito debe haberse sorprendido de sobre manera. “¿Querrán perder la guerra?”, habrá pensado. Y a pesar que hoy el gobierno pisa fuerte para hacerlo -ya no importa cuáles y de dónde vendrán las dosis- es evidente que no llegaremos a inmunizar a un porcentaje aceptable en 2021. Pero quizá lo más impactante, y doloroso para los peruanos, ha sido ese halo de corrupción que ha acompañado toda esta historia del bicho maldito. Desde las primeras compras de mascarillas e indumentaria, resaltó la osadía de quienes robaron exponiendo a su propia gente. El sector privado no se quedó atrás, y ganó muchas estrellas en esta batalla, comercializando con la muerte: cobros indebidos en clínicas, especulación con la venta de oxígeno, sobre precios, etc. Al final de cuentas, parte de los privados siempre han estado también -junto al Estado- en la primera línea de la corrupción. Resaltó, a su vez, la actitud indignante de grupos de ciudadanos que con irresponsabilidad inaudita se cagaron en los cuidados básicos que tenían que procurar y hasta organizaron eventos que sabían pondrían en riesgo la vida y la salud de la gente. El tema del Vacunagate es patético y constituye una vergüenza nacional, y hace aparecer al país como una republica de quinto mundo, en la que se reproduce -en un cóctel que lo concentra todo el hedor- la podredumbre del espíritu de la nación. Sonará fuerte, pero así es, y mientras no lo entendamos y aceptemos, nada cambiará en el Perú, y seguiremos siendo lo que somos. ¿Podremos hacerlo ad portas de unas elecciones con candidatos de terror? No nos animamos a un pronóstico sobre nuestro destino final, pero si creemos que los comicios del 11 de abril -un evento traumático y definitorio en todo sentido- es una especie de ruleta rusa que podría conducirnos, cual agujero negro en medio del espacio, a las profundidades más oscuras, abriéndole al país las compuertas del Estado fallido.

Juan José Vega.
Licenciado en Ciencias de la Comunicación. Licenciado por la Facultad de Ciencias de la Comunicación en la Universidad de Lima.  Con 30 años de experiencia en Comunicación Estratégica, ha participado en el diseño de proyectos de comunicación en Perú, Brasil, Paraguay y Bolivia. Ha sido funcionario y consultor de diversas entidades nacionales e internacionales, y redactor principal y editor de suplementos en los diarios El Observador y La República, así como colaborador de la revista Caretas. Actualmente realiza su tesis en la maestría de Gerencia Social de la PUCP.

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