Guillermo Ackermann Opinión

La hoguera de las vanidades

“Vanidad de vanidades, todo es vanidad”, esta frase del Libro del Eclesiastés, uno de los libros sapienciales del conocimiento o sabiduría, del Antiguo Testamento, pareciera haber sido escrita en nuestros tiempos.

A un mes de las próximas elecciones presidenciales y congresales parece que hubiésemos entrado a la última etapa de una contienda descarnada… entre periodistas.

“A nosotros no nos ve nadie…” versa el nuevo coyuntural slogan de un medio de comunicación, que, de haber pasado desapercibido, sin generar impacto alguno durante años, se ha convertido en protagonista de esta campaña electoral.

Día a día vemos el fuego cruzado entre los encargados de llevar las noticias y la opinión periodística, dejando relegados a los verdaderos actores que, en este caso, debiesen ser los candidatos.

Dentro de todos los aspectos me llama poderosamente la atención la vanidad,  definida como “el orgullo excesivo de una persona que tiene un altísimo concepto sobre sus propios méritos y un afán excesivo de ser admirado y reconocido por ellos”

El vanidoso se siente superior, es presuntuoso y arrogante. Y si bien puede ser por algún aspecto relacionado a su físico o a lo material, más bien, suele presumir de su inteligencia.

Si buscamos una definición muy elemental del periodismo es “la actividad profesional que consiste en la investigación, obtención, tratamiento, interpretación, redacción y difusión de informaciones, a través de diferentes medios de comunicación social como la prensa escrita, la radio, la televisión, el internet, entre otros.” El propósito principal del periodismo es proporcionarle a los ciudadanos, información veraz y oportuna.

Recuerdo que en la década de los setenta los noticieros duraban 30 minutos y las noticias se desarrollaban en 30 segundos, máximo 1 minuto. ‘El Panamericano’ y posteriormente ’24 horas’ no necesitaban más tiempo para informar. Y los televidentes quedábamos muy satisfechos de estar “al día” con el acontecer cotidiano.

Si querías conocer la noticia certera, bastaba con comprar ‘El Comercio’ al día siguiente y saber que, lo que estaba ahí escrito, era lo realmente sucedido, no cabía la posibilidad de una mentira o desinformación. Eran muy selectivos para no publicar una noticia falsa o inapropiada.

A mediados de los ochentas tomó relevancia Radioprogramas del Perú (RPP), que además de bridar la información objetiva y necesaria, era una gran compañía en momentos tan duros como en la demencial época del terrorismo.

En los programas de entrevista u opinión como ‘Pulso’ o ‘Testimonio’, el protagonista era el entrevistado, lo importante era la ‘pepa’ que le pudieras sacar para que sea el titular del día siguiente. Pero hoy todo eso ha cambiado.

En la actualidad cada periodista se siente un semidios, un erudito, un iluminado. Todos mueren por que los televidentes, radioescuchas, lectores o internautas, sepamos qué opinan ellos sobre las noticias o los personajes involucrados.

En las entrevistas, a veces ni siquiera preguntan, sino que de frente le enrostran al invitado su opinión o conclusión sobre el tema. Algunos se visten de manera estrambótica y llamativa para que, cual toreros, sean reconocidos por sus trajes de luces. Otros lucen desarreglados y con los pelos desordenados.

Los que ya están en proceso de reciclaje o han sido separados de sus medios se refugian en las redes sociales para hacer politiquería activa, ideologizada, proselitista y seguramente, en muchos casos, asalariada, haciéndose llamar influencers, youtubers o twitteros.

Y al terminar cada entrevista, programa, segmento o de leer su columna deben mirarse al espejo y preguntarse: ‘espejito, espejito ¿quién es el mejor periodista, el mejor entrevistador u opinólogo del momento?’ Y al no recibir respuesta alguna montan en cólera y se recargan para ser más agresivos la próxima vez.

Se ha perdido la esencia del periodismo. A mí NO me interesa lo que piensen los periodistas, yo saco mis propias conclusiones, y si hay alguno con el que concuerdo con gusto lo sigo. Pero, cada vez que busco un programa para conocer los noticias, es decir, hechos reales, es insufrible el tener que zamparse una hora de disfuerzos, majaderías y por supuesto visiones sesgadas sobre las mismas.

Hoy lamentablemente NO encuentro a quién creerle. Pareciera que todos  defienden intereses particulares y lo único que buscan es el premio de la audiencia. En esta generalización podría estar cayendo más de uno que injustamente estoy metiendo en el mismo saco, pero lamentablemente es mi percepción.

Volvamos a la esencia del periodismo que es el ofrecer información veraz y objetiva, y en los programas de opinión y entrevista que sea la de los entrevistados la que resalte. Dejemos la opinión de los periodistas para las columnas o segmentos destinados a este fin y selectivamente, el que quiera leer o escuchar, lo hará.

Escuchaba a un periodista que se quejaba amenazante, inquisidor de que ningún invitado quería ir a su programa. Pero claro, qué van a querer ir si van a ser maltratados y ni siquiera los van a dejar hablar, es algo tan elemental. Y los que perdemos somos los que no recibimos la información.

Ojalá que el periodismo en nuestro país retome ese camino que décadas atrás lo encumbró como uno de los mejores del continente, y que las nuevas generaciones de periodistas valoren el recto sentido del oficio.

Guillermo Ackermann Menacho.
Desde hace 40 años me desempeño como gestor en la industria de las comunicaciones y el marketing, tanto en medios tradicionales, radio y televisión, en la producción de contenidos audiovisuales, documentales, videos institucionales, programas y publicidad, realizados en 24 países. Desde mi juventud he participado en diversas iniciativas sociales, deportivas y religiosas, como gestor y voluntario. Soy un convencido que este mundo se puede cambiar si cada uno pone su granito de arena y, en lo que hago, trato de poner el mío.

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