Guillermo Ackermann Opinión

Política y religión

“La política no puede confundirse con la fe, pero la fe sí debe iluminar a la política.”

Le escuché esta frase hace décadas a un entrañable amigo sacerdote, historiador, de hablar calmo, como lo fue Armando Nieto Vélez, quien, con su sabiduría y sencillez, siempre tenía un consejo práctico para nuestro recorrido en la vida.

¿Debe un cristiano participar en política? ¿Su presencia distorsiona o confunde dos planos paralelos de la vida del ser humano? ¿Un católico debe callar frente a un panorama en que se vean amenazados sus principios? ¿Se deben mezclar política y   religión?

Desde un primer, y muy básico análisis, si un cristiano no participa de la política entonces deberá dejar esa tarea a otro, que no necesariamente pensará como él y, por tanto, debe asumir que la línea de pensamiento de quien gobierne, legisle o tenga una participación en política activa, podría ser diametralmente opuesta a lo que él crea.

Pero hay una pregunta previa ¿qué significa ser cristiano? ¿para una persona que se confiesa cristiano sus creencias deben influir sus pensamientos, actos e incluso sus tendencias y preferencias políticas?

Igual éstas podrían ser preguntas muy genéricas, así que iré a temas más aterrizados, ¿un cristiano debe apoyar a un candidato por ejemplo que apoye abiertamente el aborto? ¿o que no reconozca la vida desde su concepción?

Y en la coyuntura de hoy existe una pregunta más concreta ¿un cristiano puede votar por un propuesta de gobierno comunista? Entendiendo que el comunismo por definición se declara ateo, niega la existencia de un Dios y proclama la desaparición de las religiones.

Es muy común escuchar la frase, “soy cristiano, pero no practicante”, o “sí creo, pero no soy fanático” o por último “creo en Dios, pero no en la iglesia”.

Nos encontramos incluso frente a un panorama en el que un grupo de obispos prefieren ponerse en “neutro” y no hablar de Dios, promoviendo un manifiesto que ni siquiera pide a los candidatos el respeto a las libertad de culto, y a las tradiciones religiosas tan arraigadas en nuestro pueblo. De esa manera creen que serán bien vistos por un mundo que cada vez mira para otro lado.

Bajo esta lógica, si queremos ser coherentes con nuestra fe, pues no podríamos avalar a alguien que niega a Dios, a una doctrina que, escondiéndose en la defensa a los pobres, deshumaniza a las personas, los somete, les priva de sus libertades y termina empobreciéndoles más. Esta historia se ha escrito hace mucho y la seguimos viendo incluso en algunos países vecinos.

La fe es creer, es aceptar y dar algo por cierto. Así que, si decimos que tenemos fe, entonces coherentemente debemos buscar una sociedad más justa, fraterna y reconciliada. Que sea manejada por los valores morales que conforman nuestra fe.

Esto nos debe llevar a optar por el candidato que nos pueda asegurar o acercarse a estos principios. Si la fe no es vida, entonces es vana, es un conjunto de buenas intenciones que no enriquecen nuestro caminar.

En esta ocasión, con absoluta seguridad y mucha reflexión, yo votaré por Keiko Fujimori, quien a pesar de la mochila pesada que carga, propia y ajena, me da la tranquilidad de acercarse más a lo que yo creo y estoy convencido que es lo mejor para nuestro país.

Que Dios cuide a nuestra patria y la libre de una situación que nos podríamos lamentar por décadas y retroceder irreversiblemente al pasado.

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