No hace mucho asistimos a la Proclama por la Democracia que firmaron Keiko Fujimori, Pedro Castillo y Monseñor Pedro Barreto, Cardenal y Arzobispo de Huancayo, que fungió de garante. Más de uno se preguntó: ¿qué hace ahí un purpurado?

 La política es un aspecto importante dentro de las dimensiones humanas y es difícil no actuar dentro de un contexto político, pues es a través de este se organiza la sociedad. El llamado “apolítico” realmente no existe, porque hasta cuando compramos un paquete de azúcar estamos haciendo política. Ella se entrevera en los diversos accionares humanos.  Si vamos de frente al terreno en tanto forma de organización humana y como la definía Aristóteles: “el arte de gobernar la Ciudad-Estado”, entonces giremos la tuerca y veamos las cosas desde una perspectiva diferente. No está dentro de las funciones del clero actuar directamente en política partidaria ni representar doctrinas e ideologías vinculadas  con la administración del Estado. Lo suyo corresponde a orientar, con su formación doctrinal-cristiana, a los políticos. Algunas Democracias Cristianas, citando por ejemplo a la de Chile, con Eduardo Frei a la cabeza, estuvieron inspiradas en la “Doctrina Social de la Iglesia, la Rerum Novarum y la Quadragesimo Anno, por citar dos encíclicas emblemáticas.

No olvidemos la actitud de Juan Pablo II ante el prelado nicaragüense Ernesto Cardenal, cuando visitó Nicaragua en 1983: “Esto no es lo tuyo”, le dijo al entonces Ministro de Cultura del gobierno del Frente Sandinista de Liberación Nacional, señalándolo. Esta imagen dio la vuelta al mundo. Así mismo,  durante el segundo gobierno de Menem, en Argentina, el entonces Obispo de Neuquén, Jaime de Nevares, se presentó a la Asamblea Constituyente, con la cual se pretendía una reforma en 1994; ganó un escaño. Sin embargo, no resistió mucho tiempo el horror  y renunció.

La misión de la Iglesia Apostólica Romana es buscar primero el Reino de Dios en la Tierra a la Luz del Hijo de Dios y lograr un compromiso social con esos valores, pero no intervenir en decisiones que se relacionan con la política pura y etiquetada bajo una bandera partidaria. Los sacerdotes y obispos pueden tener una inclinación hacia la derecha, centro o izquierda pero no actuar bajo estas consignas. Sabemos, por ejemplo, que la “Teología de la Liberación” es un movimiento que se empieza a gestar en la década de 1960 en América Latina. Tuvo como uno de sus padres y mentores al sacerdote peruano Gustavo Gutiérrez, O.P, quien bajo la consigna de “La opción preferencial por los pobres” elabora un estudio al que él mismo califica como una hermenéutica política del evangelio (Teología de la Liberación, Perspectivas, 1971). Este análisis tiene la intención de provocar consecuencias pastorales vía una audaz reflexión sobre la pobreza; utiliza para ello, como instrumento, elementos de la doctrina marxista. Así, la desplaza a la luz del evangelio. El texto, según su mismo autor advierte, debe ser leído con mucha prudencia y cuidado.

Monseñor Pedro Barreto, Arzobispo y Cardenal de Huancayo es un seguidor de la Teología de la Liberación. Se trata de  un prelado de orientación progresista que asiste a esta Proclama por la Democracia como garante de la misma. En primer lugar, el concepto de “democracia” es político, y ahí es apreciable una intervención suya  en un acto que reunía a dos candidatos de tendencias políticas opuestas. La derecha autoritaria del fujimorismo contra la izquierda radical del lápiz. Esta última, representada por un profesor de primaria que se autocalifica como rondero en la lucha antisubversiva de la década de 1980.  Coquetea con los gobiernos de Venezuela, Cuba, Nicaragua, y Bolivia. Esto lo confesó públicamente el Líder del Partido Perú Libre, Vladimir Cerrón, ex gobernador de Huancayo. Este personaje no pudo postular a la Segunda Vice-presidencia de su plancha electoral. Está sentenciado en última instancia por delitos de corrupción durante su gestión pública.  Es una postura de derecha de libre mercado versus una izquierda lindante con el comunismo (aunque Karl Marx dice, claramente, que la humanidad nunca llegaría a esa fase sino después de mucho tiempo. Para el filósofo alemán, el mundo accedería solo al socialismo bajo la dictadura del proletariado). El problema de Monseñor Barreto es haber declarado que a Fuerza Popular, liderada por  Keiko Fujimori, “no le interesa el bien del país”; de este modo, se infiere (aunque él no lo expresara directamente) que a Perú Libre sí le interesa, y esa es la opción por la que debemos votar, sobre todo conociendo su línea progresista.

 Hemos también tenido arzobispos en el pasado que con nombre y apellido se han identificado con un candidato y una línea política definida; así han confundido a los feligreses. Ellos son los “pastores” y nosotros las “ovejas”; por eso, su misión es delicada, sobre todo cuando ambos candidatos, tanto Pedro Castillo como Keiko Fujimori, se han confesado públicamente creyentes. Evangélico Nazareno por un lado y Católico Apostólico Romano, por el otro. Esto, naturalmente, da muchos réditos en un país de nuestras características e idiosincrasia.

La Iglesia es una fuerte enemiga del comunismo. Marx, igualmente,  lo fue de la primera. Pero gobiernos totalitarios  -el de Stalin en la desaparecida URSS-, supieron convivir con ella. Stalin sabía que la Iglesia Ortodoxa Rusa era una institución a la que necesitaría para mantenerse en el poder, pues gozaba de gran convocatoria en la movilización del pueblo. Y en ella se apoyó para emprender la batalla final contra el fascismo hitleriano.

La misión de nuestros pastores es iluminarnos a todos como una sociedad democrática bajo la eterna luz de los valores cristianos, que permanecen y acompañan a los hombres en el avance hacia la construcción del Reino de Dios, sin bandera política de por medio. ¿Qué paso, Monseñor Barreto? Todos somos parte de su rebaño.

Miryam Patricia Falla Guirao
Licenciada en Filosofía por la Pontificia Universidad Católica del Perú. Doctora en Filosofía por la Pontificia Universidad Católica Argentina (UCA). Exbecaria de Investigación del Consejo Nacional de Investigaciones Científicas y Técnicas (CONICET) de la República Argentina en el área de Ética y Bioética. Docente Universitaria en pre y post-grado. Conferencista en universidades, colegios profesionales e instituciones jurídicas y de salud.

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