Miryam Patricia Falla Guirao Opinión

Los amigos que perdí (o Bayly revisitado)

El Perú tiene el corazón roto. Los peruanos estamos divididos,  terriblemente fracturados. Es imposible dejar de tomar partido, de expresar una opinión creyendo que los demás nos van a comprender cuando nosotros tampoco comprendemos a los demás. Ser tolerante es una tarea difícil por más fácil que pueda parecer. Hoy por hoy, las redes sociales se han vuelto un espacio tóxico, insufrible para digerir. Cuando más cercanos deberíamos estar, más lejanos nos sentimos; la unión no hace la fuerza sino la desunión y la ingratitud. En este clima electoral, como en los anteriores, pero quizá más en este, las familias se han fraccionado, las amistades se han perdido; los insultos, los agravios y las proclamas racistas no han dejado de estar allí cuando alguien postea algo en Facebook o Twitter. Queremos comentar la opinión del otro y decirle con agresividad y sin ninguna consideración que está equivocado. Ya desde la primera vuelta electoral se respiraba este clima y ahora, ad portas del balotaje, las contradicciones se han agudizado. “Para que quiero tener amigos que no piensen como yo” es la consigna.  Los enlaces compartidos, los pensamientos expresados, los comentarios dirigidos: todo en estas elecciones presidenciales se ha vuelto tóxico. Ya no dan ganas ni de prender el celular para ver qué mensajes encontramos en el chat. No queremos ni ver el noticiero porque las noticias de la pandemia nos destrozan, unidas hoy a un clima político que nos está haciendo pedazos. Los memes ya no dan risa: suenan a insulto o a descortesía. Somos tan próximos y, a la vez tan lejanos, tan extraños.

Lo cierto es que hoy por hoy se han quebrado muchas amistades y se han generado heridas muy difíciles de cicatrizar. La izquierda contra la derecha y la derecha contra la izquierda. Y ese espacio generado para unir a la gente y estar más próximos, o generar consensos y compartir ideas en medio de la tolerancia y la amistad, ha sido la plataforma ideal para que la mayoría saque el león que tiene dentro, eliminar amigos o bloquearlos porque dijo algo que no nos gustó, o fue agresivo, insultante y pendenciero. Así resurgen todas las taras sociales que padece nuestra peruanidad. Las redes sociales y los servicios de mensajería que nos ofrecen los celulares hoy han servido para separar al prójimo y distanciarlo definitivamente de nuestras vidas sin la menor piedad.  Afirmar que enemistarse por razones políticas o religiosas es un lugar común; sin embargo, no aprendemos, y nos dejamos llevar por las emociones que genera ser adepto a una ideología o a un culto.  Quien lea esto, no dejará de recordar algún episodio con algún amigo que perdió, simplemente porque “no le gustó lo que expresé”. Las redes sociales se han convertido en una bomba de tiempo y suelen hoy ser más influyentes hasta para bajarse a un gobierno. Porque allí, en ese espacio, todo se ve, todo se ventila. No dejan también de ser burbujas que nos alejan de la realidad. “Tengo los amigos que quiero, los de mi círculo, los que piensan como yo, los demás no me interesan”.

¿Cómo llegamos a esto? Parece un capítulo de la Dimensión desconocida: un salto al vacío y al absurdo. Lo único de lo que estamos seguros es que nuestro próximo gobierno será inestable, tan frágil que dependerá de un hilo mantenerse en pie. Hoy, ingresar al Facebook se ha convertido realmente en un auténtico infierno. Por eso también, hay quienes cerraron temporalmente sus cuentas y así no verse tentados a irse de boca. “No quiero perder el tiempo”, suelen decir, pero también es un arma defensiva: los delatores que reptan en la oscuridad no identificarán su forma de pensar. Actúan así por miedo, por precaución, por cuidado. “Ama a tu prójimo como a ti mismo” dice el supremo mandamiento cristiano. Pero el prójimo es el próximo, el que está cerca de, y debes quererlo de la misma forma en que te quieres a ti. Pero las plataformas de las redes sociales, la internet, los celulares, nos vuelen tan próximos como tan lejanos. “Te tengo cerca y porque te tengo cerca es más fácil sacarte de mi vida”. Lo cierto es que se respira una atmósfera enrarecida, un futuro incierto que depende de nuestras voluntades, pero nuestras voluntades no son las mismas y eso es lo que asusta. Toxicidad, pura toxicidad tecnológica es lo que nos rodea ahora. Asistimos a frecuentes llamadas a la oración, creemos que nuestra voluntad es la de Dios, por eso pensamos que Dios no nos va a fallar. La gente ahora se maneja con superchería pura. “Tenemos que pensar así para que salga”, expresan algunos. Cualquier noticia nos afecta, cualquier trascendido nos tumba, mejor no prendo la computadora, mejor que mi celular quede descargado, solo por un tiempo voy a cerrar esta aplicación, y es que ya no podemos más. Los candidatos nos mienten, no nos dicen la verdad. A quién le creemos? Lo cierto es que la atmósfera que estamos viviendo es venenosa, nos genera miedo y ansiedad, como la genera la pandemia. No queremos saber, pero en realidad sí queremos saber. No queremos vivir engañados pero preferimos vivir engañados. Lo cierto es que una visita a un analista de la mente no estaría de más. Por favor, doctor, me da una cita?

Miryam Patricia Falla Guirao
Licenciada en Filosofía por la Pontificia Universidad Católica del Perú. Doctora en Filosofía por la Pontificia Universidad Católica Argentina (UCA). Exbecaria de Investigación del Consejo Nacional de Investigaciones Científicas y Técnicas (CONICET) de la República Argentina en el área de Ética y Bioética. Docente Universitaria en pre y post-grado. Conferencista en universidades, colegios profesionales e instituciones jurídicas y de salud.

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