Guillermo Ackermann Opinión

La verdadera generación del Bicentenario

Se metieron con la generación equivocada’ nos dijeron en diciembre un grupo de pulpines quienes, en medio de la pandemia, irresponsablemente, salieron a marchar a las calles, azuzados por los medios de comunicación, algunos líderes de opinión e influencers, por una causa que nunca entendieron y que sencillamente repetían como zombies.

Estos entusiastas jovencitos, hartos de estar 8 meses encerrados por la prolongada cuarentena, se sintieron empoderados y jamás se enteraron que en realidad estaban siendo utilizados por intereses políticos ocultos que no podían permitir que el poder ejecutivo diera un vuelco radical y necesitaban levantar a la ciudadanía con la complicidad de los medios que transmitían en directo este circo.

Incluso los engañaron creando una suerte de ídolos populares, cuando en realidad se trataba de una fatídica tragedia en la que dos jóvenes fallecieron en tan absurdas circunstancias.

Estos chicos fueron denominados, con mucho marketing de por medio, como la ‘Generación del Bicentenario’, y de la nada, como por arte de magia, cuando cayó el presidente de turno y el congreso colocó a uno nuevo, con unas extravagantes reglas creadas en el momento, no volvimos a saber de ellos. No sabemos si se contagiaron todos de COVID, si se aburrieron de marchar, o si andan en alguna ilegal fiesta trasgrediendo las normas decretadas por el gobierno.

En los últimos dos meses hemos estado viviendo una psicosis pues sentimos que el país estaba bajo amenaza. Dos candidaturas de extremos opuestos llegaron a la segunda vuelta en el proceso electoral para elegir al gobernante del Perú para los próximos 5 años.

La mitad del país está convencida que el otro candidato destruirá a nuestro golpeado Perú y viceversa. Pero una de ellas es identificada como la más peligrosa. Relacionada íntimamente al extremismo de izquierda que en los últimos años ha traído abajo a muchos de los países de la región. Y, por si fuera poco, probadamente vinculada con el más sanguinario movimiento terrorista de nuestra historia. Con mensajes que exacerban el odio y anunciando que ante un eventual gobierno suyo arrasarían con el orden constitucional. Nueva constitución, disolución del Congreso, desaparición del Tribunal Constitucional y de la Defensoría del Pueblo, apropiación de los Fondos de Pensión privados, entre otros ofrecimientos populistas.

Y es ahí cuando surge la auténtica ‘Generación del Bicentenario’. Pero no nos confundamos, ellos no han sido engañados por nadie, ni embrollados por las redes sociales.

Es la generación cuyos abuelos les contaron las atrocidades de la Guerra del Pacífico y el devastador paso del enemigo por diferentes ciudades de nuestro país. Y a la que sus padres les transmitieron los duros años de la Guerra con Ecuador y los desabastecimientos severos de la década del 40 y 50 del siglo XX.  

Y fue esta generación la que en su juventud y madurez vivieron en carne propia la debacle del gobierno militar velasquista, que retrocedió 50 años al país, la aparición demencial del terrorismo de Sendero Luminoso y el Movimiento Revolucionario Túpac Amarú, y sus miles de muertos y por último el desastre económico del primer gobierno de García que dejaron al país en una caída libre y considerado no elegible en el entorno internacional.

Esta generación vivió la incertidumbre de no saber si les quitarían sus propiedades, que habían conseguido con trabajo y esfuerzo; si les alcanzaría para alimentar a sus hijos, pues la moneda se debilitaba cada día y la inflación hacía imposible saber que pasaría al día siguiente; sufrió la escasez de alimentos que los obligaba a conseguir de kilo en kilo el arroz y el azúcar, y de tarro en tarro la leche, o sino contentarse con la leche en polvo ENCI, que más parecía harina. Esto por supuesto luego de hacer largas colas con toda la familia.

Pero, lo peor llegaba cada vez que  escuchaban el estruendoso ruido de una explosión. El cuerpo se estremecía de pensar que algo le podría haber pasado a alguien de su familia. Los minutos se hacían horas, hasta que por fin aparecía por el umbral de su puerta y el alma volvía al cuerpo.

El Perú no tenía futuro, no tenía paz, ni esperanza. Y de pronto, cuando nadie se lo esperaba, en los noventa, algo cambió y se sentaron las bases para lo que posteriormente se denominó mundialmente como el ‘milagro peruano’.

Estas son las razones por la que esta generación se ha levantado y ha dicho presente, dándonos un ejemplo de entereza y fortaleza. Ver los videos que inundaron las redes, los días previos, donde nos anunciaban que irían a cumplir con su deber cívico aunque ya no les tocaba. Verlos llegar a los lugares de votación con su caminar cansino, sus bastones y sillas de ruedas, nos cuestiona y compromete. Su presencia ha sido conmovedora. Pero me surgen algunas preguntas.

Por qué no hemos sabido transmitir a las siguientes generaciones lo que a la precedente sí les transmitieron. Por qué hay toda una nueva generación socialmente confusa que no considera relevante esta historia. Cómo es posible que no se enseñe con profundidad en las escuelas la realidad de lo que fue el terrorismo tal cual fue y se haya soslayado y pasado por agua tibia. Por qué no se está escribiendo y enseñando la verdad. Tenemos que reflexionar y buscar las respuestas.

Pero por ahora debemos honrar a esta maravillosa generación que representan lo mejor del Bicentenario y aprender de su ejemplo. Quizá, aunque aún es muy incierto, su participación habrá decidido el futuro de nuestro querido Perú.

Guillermo Ackermann Menacho
Desde hace 40 años me desempeño como gestor en la industria de las comunicaciones y el marketing, tanto en medios tradicionales, radio y televisión, en la producción de contenidos audiovisuales, documentales, videos institucionales, programas y publicidad, realizados en 24 países. Desde mi juventud he participado en diversas iniciativas sociales, deportivas y religiosas, como gestor y voluntario. Soy un convencido que este mundo se puede cambiar si cada uno pone su granito de arena y, en lo que hago, trato de poner el mío.

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