Términó la fiesta democrática si es que podemos llamarla fiesta. Medio país ha entrado en fase de negación. No, no es posible que esto nos vaya a pasar, Dios mío, libéranos de esta plaga, yo voy a votar por la democracia, son las frases más célebres que hemos sacado de este balotaje. Y es que nos hemos creído el cuento, cual historia de la caperucita roja con el lobo feroz.

Se nos vendió todo el tiempo la idea de que votar por Keiko Fujimoro era votar por la democracia, cuando es harto sabido que la susodicha no gozaba de las suficientes credenciales como para aspirar a semejante figura. Tampoco el candidato Pedro Castillo podía representar esta opción. Durante toda la campaña no ha hecho más que jugar al gato y al ratón con cuanto se le cruzara en el camino, especialmente la prensa. Lo más triste de todo este show mediático -que se internaliza en la población representado por la figura del cuco del que hay que huir- es que no han hecho más que revelar que el pueblo peruano despertó. Y que no se necesitaría tanto aparato para ganar una elección. Ni Keiko Fujimori ni Pedro Castillo han representado figuras democráticas; todo lo contrario, ambos han puesto de manifiesto un tufillo autoritario todo este tiempo.  Vamos, vamos todos a votar por la democracia!!!! –era lo que todo el tiempo se oía de uno y otro lado, pero esa pseudo-democracia no era más que representada por un solo candidato al que incluso en el imaginario del pueblo se intentó santificar como la salvadora del comunismo. Una cosa es que el comunismo  o sus vecindades lleguen a través de una Revolución -como sucedió en los países que todavía lo practican- y otra muy distinta es que el pueblo lo elija  por las urnas, como en Bolivia o Venezuela, países que no son por cierto estados de perfiles comunistas pero sí  “socio-nacionalistas”.

Esa es la razón principal por la que después de la segunda vuelta hemos caído en la fase negacionista. Porque estábamos plenamente convencidos de que nos estaban vendiendo que continuaríamos en democracia solo si votábamos por la señora Fujimori. La elección misma es una figura democrática. El acto de sufragar eligiendo a una de las dos opciones es un acto democrático y aceptar los resultados es el fin de fiesta democrático. Por eso no deja de llamar la atención, cómo muchas personas apelaban a la figura divina para librarnos del mal. Oraciones por el Perú, Rosarios desesperados a la Virgen, homilías cuyo contenido era partidarista, se han dejado ver y oír con cierto encanto y desencanto. Lo cierto que todo era democrático menos los dos candidatos en disputa, como también es cierto que Dios es finalmente de todos. No podemos decir que un partido representa a Dios y el otro al diablo, cuando somos nosotros mismos los que los vamos a elegir en las urnas para un próximo gobierno. Para eso somos libres, para eso Dios nos crea con el libre albedrío: para escoger nuestros propios caminos. Incluso para elegirlo a Él.

No queda otro camino que el de la aceptación como acto eminentemente democrático. “Vox Populi, vox Dei”-reza el viejo adagio latino.  El camino recién comienza, y hay mucho pan por rebanar.  Gobierne quien gobierne deberá tender puentes de diálogo. Si algo buena queda de todo esto es que ninguna tienda política tendrá mayoría en el Congreso, y eso para un país como el nuestro, representa paradójicamente,un equilibrio. Tenemos, de cara al Bicentenario, que refundar la República a partir de las raíces de nuestra propia peruanidad. Paso a paso, transparentemente. Sin olvidar que los pueblos del Perú Profundo nos esperan. Estaremos todos ahí, en actitud vigilante para defender lo que tanto nos ha costado rehacer.  Con razón, con inteligencia y sin supercherías, porque de eso tenemos bastante. Que no nos sorprenda a quien crea que el hecho de haber perdido con Colombia 3-0 haya influido en el voto por un candidato. El pueblo peruano es así, maravillosamente mágico e ingenuo. “Tienes que mentalizarte que va a ganar para que gane” es lo que frecuentemente se escuchaba.  Pero no es cuestión de mentalizarse sino de razonar e interpretar el curso de los acontecimientos.  El hecho de que la señora Fujimori no aceptara su derrota en 2016 le hizo mucho daño al país, porque a través de su bancada consiguió que un presidente renuncie y que el otro sea vacado en medio de la mayor crisis sanitaria de nuestra historia. No vamos a cuestionar la moralidad del señor Vizcarra en este momento; solo estar atentos que estas cosas no sucedan en bien de la gobernabilidad del país.

Y, por favor, no nos vendan más ídolos de barro, falsas figuras democráticas ni ángeles del cielo que van a venir a salvarnos del cuco. Si el cuco está cerca es porque nosotros le hemos dado entrada. Y no hay cucos que valgan, sino hombres y mujeres de carne y hueso, con virtudes y defectos. Si bien es cierto que ambos candidatos pasaron al balotaje con un poco más del 30% del voto de la población, eso es lo que nos tocó, eso es lo que hubo y lo que de eso resulte es lo que hay que finalmente hay que aceptar.

Miryam Patricia Falla Guirao
Licenciada en Filosofía por la Pontificia Universidad Católica del Perú. Doctora en Filosofía por la Pontificia Universidad Católica Argentina (UCA). Exbecaria de Investigación del Consejo Nacional de Investigaciones Científicas y Técnicas (CONICET) de la República Argentina en el área de Ética y Bioética. Docente Universitaria en pre y post-grado. Conferencista en universidades, colegios profesionales e instituciones jurídicas y de salud.

0 comments on “La gran ilusión

Deja un comentario

A %d blogueros les gusta esto: