Miryam Patricia Falla Guirao Opinión

Entre diestras y siniestras

Los términos “derecha” e “izquierda”  han desatado siempre encendidas polémicas en el plano político, sobre todo por los valores que encarnan. ¿Qué acarrean estos conceptos tan amplios y a la vez, gaseosos? En primer lugar, afirmaremos que son dicotómicos, es decir, revelan dos aspectos distintos de una misma realidad. Para una mejor comprensión, nos remontaremos aguas arriba del nombre y soltar las amarras para sondear qué revelan.

Históricamente nacen en 1789, con el estallido de la Revolución Francesa y la caída del Antiguo Régimen. Se originan cuando en la Asamblea Nacional se debatía acerca de los futuros contenidos de la Constitución. Los diputados que defendían la autoridad real se ubicaban a la derecha del Presidente, mientras que los que se manifestaban en contra de esta propuesta aristocrática y clerical se sentaban a la izquierda, autoproclamándose como los verdaderos patriotas.  Inicialmente, situarse a la derecha revelaba una ideología conservadora del status quo, mientras que los que se colocaban a la izquierda se revelaban como progresistas y en algunos casos, muy autoritarios.

De conceptos que solo tenían relación con el lugar que ocupaban los interlocutores, pasaron a designar posiciones políticas  antagónicas.  Hoy, ser de derecha implica una adhesión al libre mercado como factor pujante de la economía, mientras que ser de izquierda es apostar por una economía planificada por el Estado; este es su principal motor. Los ideales de la izquierda siempre han guardado vínculos con la solidaridad y la justicia social. Esto no significa que la derecha no apunte también a esos valores, sino que la idea de un libre mercado, hollado por un feroz ánimo de competencia, conllevó muchas veces a la desigualdad, crisis endémica y a la pobreza en países donde se aplicó a rajatabla (por ejemplo, la Argentina de los 70, sometida por militares anti-comunistas). Por eso, a los partidarios de una posición mercantilista ortodoxa se les suele denominar en el plano socio-económico y, consecuentemente político, de “ultraderecha”.

Cuando Karl Marx publicó El Capital (“Das Kapital”) en 1867, lo hizo influido por la Revolución Industrial en Inglaterra; elaboró un acucioso análisis sobre la situación de la clase obrera de europea.  Esto generó movimientos en favor de esta posición que se oponía a la sociedad burguesa, la clase que sustituyó a las aristocracias decadentes. Marx nunca imaginó que la Revolución que él proponía se desencadenaría en un país agrario como Rusia y sus posteriores satélites. De ahí que todos los movimientos que han reivindicado los derechos de los trabajadores, abogando por una sociedad más equlibrada, se han denominado de “izquierda”. Es cierto que Marx propone la lucha de clases como motor de la historia y la violencia como “partera” para dar origen a un nuevo estadio social, pero no todas las ideologías progresistas y de defensa de los derechos de los más pobres enarbolan la violencia como consigna.  Para saber cuándo una doctrina es de derecha o de izquierda se usan como guías los paradigmas conservadores. Ya en el siglo XIX (1830), se consideraba a los movimientos de izquierda como los opositores a la extensión del capitalismo en el mundo. También brotarán posiciones moderadas: el llamado centro, otro tema de discusión per se.

No es necesario ser un fiel seguidor de Marx para declararse  de izquierda. Basta con defender propuestas que cuestionen las visiones conservadoras o de libre mercado para ingresar a sus bastiones. Incluso, en el clero mismo existe esta dicotomía. Hay un ala conservadora en las interpretaciones y reflexiones teológicas y un ala de izquierda progresista en la que estas mismas reflexiones se dan a la luz de una hermenéutica encausada hacia los menos favorecidos.

La democracia se define como un sistema político en el cual  impera la soberanía del pueblo y el derecho de este a elegir y controlar a sus gobernantes. La dicotomía se produce cuando enfrentamos democracia y autoritarismo. Los regímenes totalitarios pueden ser de derecha o de izquierda; ello depende de las doctrinas que los inspiren. A los gobiernos autoritarios se les suele denominar “dictaduras”, porque su legitimidad no emana de la voluntad popular y su desarrollo depende de políticas que pretenden abarcar todos los poderes de un Estado moderno. No hay nada incorrecto en profesar una posición de izquierda; esto solo quiere decir que se asumen valores de progreso, libertad y realización personal. El peligro radica en las ortodoxias, en el apego a un modelo estricto que no da cabida al ser humano en su dignidad esencial. Llamarse de izquierda no implica hoy, necesariamente, ser marxista o seguidos de sus más conspicuos líderes (Lenin, Mao etc.).

En ese caso, nos referimos a una izquierda que demostró con creces no funcionar cuando se ha intentado aplicar ad extremis. Ubicarse a la izquierda en una democracia, es simplemente, sentarse en las sillas posicionadas de un lado del debate que cuestiona una visión de carácter conservadora o de derechas que, gran paradoja, suele ser muy abierta en términos de economía, pero restrictiva en materia de defensa de minorías, como los colectivos LGTB, las feministas, los ecologistas o  los pueblos originarios.

Miryam Patricia Falla Guirao
Licenciada en Filosofía por la Pontificia Universidad Católica del Perú. Doctora en Filosofía por la Pontificia Universidad Católica Argentina (UCA). Exbecaria de Investigación del Consejo Nacional de Investigaciones Científicas y Técnicas (CONICET) de la República Argentina en el área de Ética y Bioética. Docente Universitaria en pre y post-grado. Conferencista en universidades, colegios profesionales e instituciones jurídicas y de salud.

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