Miryam Patricia Falla Guirao Opinión

La dimensión desconocida

¿Qué habría pasado en un escenario totalmente alternativo donde, en las últimas elecciones, fuera Perú Libre quien hubiese obtenido el menor número de votos con un margen de diferencia escueto? ¿Se habría suscitado algo similar al que hoy asistimos, ante la virtual derrota de Fuerza Popular?

Posiblemente, sí. Nuestro sistema democrático está, en sí mismo, tan deslegitimado, que cualquier suceso terminaría por aplastarlo.  En la década del fujimorato, las instituciones democráticas se vieron tan altamente atropelladas -y ello aunado a la lucha contra la subversión-, que lo heredado tras la caída de Alberto Fujimori en 2000 fue un país devastado por la corrupción y la incredulidad por parte de los ciudadanos en una democracia genuina. Los gobiernos que se sucedieron a partir del 2001 fueron débiles, signados por la incertidumbre y la corrupción. Eso terminó por convertirnos en un país endeble.

Sí, es probable que la reacción de Perú Libre resultara similar a la de Fuerza Popular, con el agregado de que el partido de izquierda no habría contado con el apoyo de los poderes fácticos que reaccionaron en favor de una candidata. Sobre todo, brindado por gran parte de la prensa.  Hasta ahora, a pesar de todas las gestiones que ha realizado FP, no se confirma si realmente hubo fraude.  La consigna de los partidos en disputa era clara: aquel que perdiera asumía que ello nacía del dolo y el engaño. No existe prueba material contundente que lo  demuestre; es decir, que Fuerza Popular obtuviera menos votos porque alguien “metió la mano”.  Todo lo presentado hasta ahora se relaciona con actas que no se firmaron, mesas que se cerraron antes de la hora, firmas que no coinciden, etc. Incluso, sus propios voceros han afirmado que “existió tal hecho, pero no lo pueden demostrar”.  En un escenario paralelo, apelando a la clásica serie de la década de los sesentas y creada por el genial  Rod Serling, solo en la Dimensión Desconocida asistiríamos a un terreno en el cual sea Fuerza Popular el aventajado y Perú Libre, el desesperado.

Lo cierto es que nuestra democracia es tan débil que cualquier movimiento la hace temblar. Esto lo vivimos claramente el quinquenio que termina donde en cinco años han juramentado varios presidentes, hemos presenciado el cierre de un Congreso obstruccionista, y sufrimos un Legislativo que ha convertido al Segundo Poder del Estado en una verdadera chacra. No es posible que el presidente Sagasti haya tenido que gobernar bajo constantes amenazas de censura y posibles vacancias.

Lo cierto es que la ciudadanía ya cayó en el juego. “A Castillo lo podemos vacar rápido” se suele oír por un lado u otro. Eso tampoco le hace bien a la política y al pueblo peruano: despedir presidentes como si se reemplazara un jugador en un equipo de fútbol.  Es importante aprender de la derrota y sobre todo a aceptar el resultado, nos guste o no.

El principal conflicto de los peruanos es la desunión marcada por el racismo y las profundas brechas sociales. No se trata de quitarle al rico para darle al pobre, sino que   todos los nacidos en esta tierra gocemos de igualdad de oportunidades, y sobre todo, vivir con dignidad y ser felices.  ¿Qué pasaría si se desconoce el resultado? Keiko Fujimori está haciendo el mismo papel que Trump cuando perdió. Su desconocimiento de la voluntad popular llevó a su gente a tomar el Capitolio con un saldo de cinco muertos.  Apelar a un golpe de Estado no puede ser nunca la solución, puesto que trae como consecuencia un gobierno ilegítimo y  caldo de cultivo para la insurgencia.  En vez de seguir gritando fraude, fraude, nuestra misión es la de apoyar al ganador y ver qué rumbo tomará el país. Nuestro imperativo moral es evaluar los peligros que acarrearía un golpe de Estado. Los peruanos nos veríamos seriamente enfrentados en una guerra civil. Es cierto: Pedro Castillo no ha sido del todo claro con respecto al derrotero por el que va a transitar, pero está empezando a dar algunas señales positivas. Nuestro país necesita gobernabilidad, pero también una oposición inteligente y con sentido crítico. Y no debemos permitir que el Congreso se convierta en un verdadero establo.

El primer llamado debe ser apelar a la unidad, reconociendo como Jefe de Estado al que mayor votación alcanzó en esta elección. No nos coloquemos  anteojeras para seguir viendo y viviendo una realidad paralela simplemente porque el candidato o candidata por el o la que apostamos no ganó. Eso es ser infantil en cuanto a nuestros deberes ciudadanos. Tampoco es dable creer lo que solo nos conviene, porque actitudes como esta no son las que unen; todo lo contrario, separan. Es hora de dejar los escenarios alternativos y ubicarnos en un plano realista donde el futuro y el progreso de nuestra nación dependan de todos en conjunto.

Tampoco se trata de otorgarle un cheque en blanco al futuro mandatario, sino de observar atentos y vigilantes, así como tender los puentes y los consensos que nos permitan entendernos como nación. El próximo gobierno tendrá que regir los destinos de quienes votaron por él y de la otra mitad que prefirió  la otra opción. Difícil tarea, pero no imposible.

Miryam Patricia Falla Guirao
Licenciada en Filosofía por la Pontificia Universidad Católica del Perú. Doctora en Filosofía por la Pontificia Universidad Católica Argentina (UCA). Exbecaria de Investigación del Consejo Nacional de Investigaciones Científicas y Técnicas (CONICET) de la República Argentina en el área de Ética y Bioética. Docente Universitaria en pre y post-grado. Conferencista en universidades, colegios profesionales e instituciones jurídicas y de salud.

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