Miryam Patricia Falla Guirao Opinión

¡Doctor, necesito una pepa!

No cabe la menor duda de que esta pandemia ha agudizado los problemas de salud mental. Estrés, ansiedad y depresión van unidos a esta vivencia sin precedentes. El encierro, los cuidados y la imposibilidad de una vida normal han potenciado las crisis emocionales. Esto se aprecia primordialmente en la juventud que se siente impedida no solo de asistir a la escuela; también es galopante en los universitarios que claman por un regreso a sus campus.  A pesar de que las vacunas paliaron en cierta medida la enfermedad y, sobre todo, la muerte, existen sectores muy desinformados de la población que no quieren vacunarse; otros, a pesar de sus buenos deseos de recibir el pinchazo, no han sido aún protegidos. Para remate, aparecen las nuevas variantes del Sars Cov 2; ahora, amenaza con una tercera ola.  Según el Ministro de Salud, Hernando Cevallos, ya habría comenzado.

En nuestro país, la salud mental siempre fue cara y ni qué decir del costo de los medicamentos. La mayoría de seguros privados no incluye este rubro por una sencilla razón: lo oneroso que el mismo servicio implica y las dificultades derivadas de las patologías abundantes hoy, de las que casi nadie se salva. Otros países -sin ir muy lejos, Argentina-, sí cubren esta especialidad, tanto en el Estado como en el sector privado, al punto de que los seguros estatales subvencionan tratamientos en instituciones no públicas si el paciente lo requiere. Según el cuadro, es factible acceder a internamientos en entidades que satisfagan las necesidades del usuario. En el Perú, es impensable encontrar algo semejante, fuera de los hospitales públicos atiborrados de pacientes y a quienes se les ofrecen medicamentos genéricos. Lo demás debe correr por cuenta y riesgo de la persona afectada y su familia.

Ya es tiempo de que se asuma con criterio este delicadísimo asunto. Los jóvenes y jóvenes adultos sufren cuadros muy severos de ansiedad y depresión amplificados por la pandemia.  Antes de que esta se desatara, la juventud sentía el llamado de una sistema hedonista y tecnológico que los invitaba al gozo liberador de tensiones. La imposibilidad de continuar por este camino los ha sumido en una crisis. No sabemos cuándo terminará la pandemia y cuánto poder de inmunidad albergan las distintas vacunas. Es prematuro adelantar una vuelta a clases. Esto no debe ocurrir todavía. Los países que lo han hecho, o adoptaron las bioseguridades del caso, o asumieron el pasivo de los nuevos contagios por las variantes del mal.

Un retorno a clases -así se cuente con la vacuna-, no nos libera del riesgo de sucumbir: tanto profesores como alumnos podrían contraer con facilidad el temible virus y, aunque esto no conlleve una hospitalización y una cama UCI, guardarían reposo y aislamiento prolongados hasta que culmine el proceso. No resulta desacertado pedir que el gobierno tome las precauciones requeridas. Esta desgracia planetaria ha cobrado millones de vidas. Si el virus muta, habrá variantes. Ello hará necesario el vacunarse otra vez y que los recursos se perfeccionen, acorde con el ritmo de las transformaciones del Sars Cov 2.

Hay quienes critican -con necedad bovina- la restricción del regreso a la presencialidad cuando otros países lo decidieron, sin fijarse en los centros comerciales repletos de gente, incluso con niños, hasta exceder el aforo. Una cosa es que ello se permita y, otra, muy diferente, que los padres lleven a sus hijos a dichos establecimientos, a sabiendas de que son lugares de potencial contagio. Lo segundo ocurre porque las familias se exponen con poco o nulo sentido común.

Lo que debe protegerse desde la esfera estatal es la salud de la ciudadanía. La depresión en sus diferentes manifestaciones es el mal número uno que azota al orbe y en estas circunstancias, recrudece hasta niveles de espanto. Es menester llevarlo a cabo en una modalidad que alíe lo público con lo privado; ello facilitaría costear tratamientos inalcanzables para gente de a pie. Incluso, extenderlo a discapacidades o condiciones especiales como el Síndrome de Down o el autismo.

El desarrollo de un país se mide por su capacidad para redireccionar la educación y la salud mental y física; en eso, nos hallamos en el patio trasero o en las ligas menores.  La venta de antidepresivos y ansiolíticos se incrementó con la llegada del coronavirus. Afecta el ejercicio de una vida normal. Cae con severos daños sobre los jóvenes que ya no socializan ni en el plano escolar ni en el universitario. Las etapas que este grupo pierde son irrecuperables. No hay más remedio si queremos seguir viviendo.

Las vacunas no nos blindan de la enfermedad ni de contagiar a otros.  Por eso, una apertura de los centros de estudios debe ser evaluada con suma cautela y prudencia. Son imprescindibles planes para aquellos cursos que requieren actividad presencial; lo virtual debe permanecer en las asignaturas cuya naturaleza se adapte al formato. El trabajo a distancia es aplastante en términos del desgaste físico y síquico; sin embargo, no se vislumbra otra solución. En manos del Estado y del gobierno de turno queda evaluar la realidad e impulsar políticas de salud que no le hagan ascos a lo privado. Urge la tarea. El contexto lo requiere, dado que ignoramos el proceso de evolución de la pandemia.

Las vacunas son solo experimentales y fueron aprobadas de emergencia para afrontar la catástrofe planetaria. Por eso, como ciudadanos, tenemos todo el derecho de pedirle al Estado que participe, a fin de que sin ningún impedimento acudamos al consultorio del especialista adecuado con ayuda económica o subsidio (y apoyo no solo moral). Y si es necesario, que nos receten -hablando en buen criollo-, una pepa salvadora.

Miryam Patricia Falla Guirao
Licenciada en Filosofía por la Pontificia Universidad Católica del Perú. Doctora en Filosofía por la Pontificia Universidad Católica Argentina (UCA). Exbecaria de Investigación del Consejo Nacional de Investigaciones Científicas y Técnicas (CONICET) de la República Argentina en el área de Ética y Bioética. Docente Universitaria en pre y post-grado. Conferencista en universidades, colegios profesionales e instituciones jurídicas y de salud.

1 comment on “¡Doctor, necesito una pepa!

  1. Efectivamente,
    Las vacunas son dado el Flash pandémico de carácter experimental…
    El aislamiento en sus diferentes maneras sea,familiar, social ,conlleva a incrementar un estrés que se ha vuelto el pan nuestro de cada día .
    Tres maneras de superar este aislamiento:
    * Cantamos » Ola Soledad »
    * Nos Pepeamos
    * ó nos tiramos por la ventana.
    🥺

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