Guillermo Ackermann Opinión

La vorágine del cambio

‘Cambia lo superficial, cambia también lo profundo, cambia el modo de pensar, cambia todo en este mundo’

Así empieza esta hermosa canción compuesta por el chileno Julio Numhauser estando en el exilio en Suecia, la que fue inmortalizada por la gran Mercedes Sosa.

Y ese parece ser el modo de vida que las nuevas generaciones han asumido como modelo: Todo tiene que cambiar, nada es permanente. Entendiendo que el cambio no es algo solamente inherente, natural, sino que hay que propiciarlo, impulsarlo y hasta forzarlo.

Hace pocos días experimenté el ahogamiento de esa dinámica. Había cambiado de celular, ojo, solo el aparato, no el número. Y luego de hacer el traslado de la información, del antiguo al nuevo, que tomó un tiempito en el que, por cierto, tuve que ser asesorado por un ‘nativo digital’, siendo las ocho de la noche, tenía que hacer una transferencia a mis hijos que debían viajar al día siguiente.

Para resumir la historia, la app del banco había rechazado el cambio de aparato y me exigía que vaya al día siguiente a una agencia. En buen castellano, el proceso digital se veía interrumpido por una necesaria presencialidad de mi persona. Ante mi insistencia, lo que sucedió es que me bloquearon el uso de mis tarjetas, porque, según el mensaje que me apareció, era por mi protección, con lo cual, como era de esperar, entré en crisis.

Busqué comunicarme telefónicamente y comprobé que los robots que te contestan no te resuelven ‘humanamente’ tu urgencia, así que logré ubicar a mi sectorista, quien muy diligentemente me dijo que el aplicativo había cambiado y que  no podía hacer nada hasta las nueve de la mañana siguiente, confirmándome que tenía que dirigirme a una oficina del banco.

Si se hubiese tratado de una emergencia, la situación se complicaba. A la mañana siguiente fui al banco y me atendió muy gentilmente otra funcionaria. ‘Señor’, me dijo, ‘tiene que desinstalar su app y volverla a instalar’. Cosa que hice, ya, por supuesto, con muy poca paciencia. Y al hacerlo comprobé que ésta tenía una nueva apariencia y que ello iba a implicar tener que re-aprender a utilizarla.

Le hice entonces la siguiente pregunta: ¿Señorita, la aplicación no había cambiado hace poco?   Yo estaba sorprendido de este nuevo cambio. Y ella sentenció: ‘Claro, siempre estamos cambiando para mejorar su experiencia’.

Mi experiencia, demás está decirlo, no solo había sido desastrosa, sino que había terminado por socavar lo poco de tranquilidad que me quedaba.

Finalmente se resolvió el tema pero me llevó a esta reflexión sobre la ‘cultura del cambio’ en la que vive el mundo el día de hoy.

‘Cambia todo en este mundo’, es como una condena a lo permanente, a todo aquello que siempre fue duradero.

El joven, el día de hoy, no se arraiga, busca estar mutando, transformando. Es por eso que crea una app este mes y al mes siguiente ya no está conforme y va proponiendo una actualización tras otra. No puede esperar a que la nueva esté perfeccionada, probada y que realmente facilite las cosas. No, tiene que lanzarla YA, no puede demorarse, es como si alguien te estuviera persiguiendo. Los errores se van corrigiendo en el camino, cunado ya estemos desarrollando la nueva app.

Pero no solo sucede con la tecnología, las nuevas generaciones entran a un trabajo, pesando en que se van a cambiar a otro. Es impensable buscar que seguir una línea de carrera en una empresa, si pronto me cambio a otra. Y por eso, desde el vamos, quieren posiciones de decisión e ingresos que le permitan llevar un nivel de vida para que pueda acceder a más cambios.

Eso ha conllevado también a un cuestionamiento de los valores permanentes. La constitución de la familia, el género, la solidaridad, la responsabilidad, la religiosidad. Yo soy la medida de todas las cosas. Yo soy mi propio dios. Yo escribo las reglas. Yo marco el cambio.

Si no me gusta salgo a protestar, boicoteo, o escapo. La juventud históricamente es por naturaleza contestaría, rebelde, cuestionadora y eso es muy bueno, porque reta las cosas buscándole su sentido para encontrar el camino correcto. Pero este empoderamiento que le ha dado la ‘cultura del cambio’ pareciera más bien que fuese un camino hacia el despeñadero, ya que nada los satisface.

No quieren casarse, ni tener hijos. No quieren quedarse en un mismo lugar. No tienden puentes con otros. Se la pasan horas conectados digitalmente con desconocidos. El cambio se ha convertido en su norma de vida. Si quieren algo cogen su celular y hacen un pedido a un delivery o una compra en el exterior, prescindiendo del contacto humano.

‘No man is an island’ (Ningún hombre es una isla),  escribía el monje trapense Thomas Merton en el siglo XX y en el que sostenía que el hombre es un ser para el encuentro y que su aislamiento lo llevaba a la tristeza.

Ya en este siglo The script’, banda irlandesa de rock alternativo interpretaba un tema bajo ese mismo título:

Soy un refugiado de amor, amor, amor
No dejes que nadie se acerque a mí
Soy un fugitivo duro, duro, duro
Siempre corriendo así es como vivo

Porque cuando vas solo, terminas sintiéndote tan bajo
Te conviertes en tu peor enemigo
Pensando que no hay esperanza, y tu barco no flotará
Esto es lo que ella dijo, lo que me dijo

Ningún hombre es una isla
Nadie debería estar solo

El cambio es importante, renueva, te reinventa y te da nuevos horizontes, pero lo que te da el auténtico sentido es la permanencia. Te da consistencia y estabilidad. Los valores permanentes son la columna vertebral del ser humano.

Quizá por eso el músico chileno terminaba su sentido tema ‘Todo cambia’:

‘pero no cambia mi amor, por más lejos que me encuentre, ni el recuerdo ni el dolor de mi pueblo de mi gente’

La esencia del hombre no cambia, un ser llamado por y para el Amor.

Guillermo Ackermann Menacho
Desde hace 40 años me desempeño como gestor en la industria de las comunicaciones y el marketing, tanto en medios tradicionales, radio y televisión, en la producción de contenidos audiovisuales, documentales, videos institucionales, programas y publicidad, realizados en 24 países. Desde mi juventud he participado en diversas iniciativas sociales, deportivas y religiosas, como gestor y voluntario. Soy un convencido que este mundo se puede cambiar si cada uno pone su granito de arena y, en lo que hago, trato de poner el mío.

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