Guillermo Ackermann Opinión

La edad de la sabiduría

‘Los viejos son la vida que se escapa apoyada en un bastón,
Los viejos son manada en retirada del espejo y del reloj.
Y sienten en la boca un sabor que les provoca, decir que el tiempo de antes fue mejor.
Y guardan la tristeza en el corazón’

 Los viejos – Fernando Ubiergo (1987)

El pasado 26 de agosto se ha celebrado el Día del Adulto Mayor en Perú, aunque la fecha de conmemoración internacional es el 1 de octubre. Pero eso no importa, porque siempre es bueno contar con diferentes ocasiones para festejarlos.

Ancianos, abuelos, viejos, miembros de la tercera edad o de la edad madura, hay muchas maneras de denominarlos, incluso en términos políticos se les ha añadido el adjetivo de personas vulnerables. Percibo que en los últimos años se buscan términos para ‘suavizar’ la manera de llamarlos, asumiendo que, con algunas de las denominaciones anteriores, ellos se pueden sentir afectados.

En la historia, la ancianidad representaba la sabiduría. Los viejos eran los depositarios del conocimiento, los que preservaban las tradiciones, los que conocían el origen de las cosas y, más bien a veces, ni siquiera era fácil acceder a estos ‘sabios’ para pedir un consejo, pues uno debía cumplir ciertos requisitos y, por supuesto, guardar un profundo respeto y hasta veneración por ellos.

Hasta casi finales del siglo pasado, gran parte de las familias giraban en torno a los abuelos y, ya sea para los almuerzos dominicales, celebraciones de cumpleaños, feriados o festividades especiales, todo se programaba en función a ellos, generando los recuerdos familiares más entrañables que guardaríamos en la memoria.

El secreto o la receta de la abuela, los recursos del abuelo, la información que no se encuentra en otro lado, eran algunas de las razones por las que siempre había que acudir a ellos.

Sin embargo, una triste realidad se ha ido instalando. Hoy los ancianos suelen ser los olvidados, los abandonados. La tristeza forma parte de su día a día como dice la letra de la canción del cantautor chileno que mencionábamos al inicio o como lo describe Piero en el memorable tema Mi viejo, ‘tiene la tristeza larga, de tanto venir andando’.

¿Qué es lo que ha pasado en las últimas décadas que nos llevado a dejar en el olvido a los viejos? ¿Por qué incluso inventamos términos para que ‘se sientan mejor’?  ¿A dónde ha quedado esa fascinación y hasta misterio por visitarlos y escuchar las historias antiguas que, a veces, parecen inimaginables, fantasiosas y hasta heroicas?

Me atrevo a esbozar algunas teorías. En primer lugar, la vorágine que nos ha marcado el tiempo. Hoy día corremos sin parar y nunca nos alcanza el día para terminar todo lo que tenemos que hacer. Por otro lado, la cultura del cambio, de la cual escribíamos la semana anterior, que ha instalado en las nuevas generaciones la idea que nada debe ser permanente, y, por ello, todo lo antiguo queda obsoleto. Y, por último, la tecnología que ha reemplazado en muchos casos el actuar humano, convirtiendo al hombre, en no pocas veces, en prescindible. En particular el internet, ya sea a través de Google o cualquier otro buscador se han convertido en el depósito de la información, de acceso inmediato, en línea, y así esa data no sea validada, le damos mucho mayor credibilidad que si buscásemos, por ejemplo, al abuelo para preguntarle sobre el mismo tema.

No soy de la idea de quedarse en el pasado, creo que cada tiempo tiene su afán, pero soy un firme convencido que gran parte de las respuestas que el mundo de hoy anda buscando se encuentran en lo permanente. En aquellos valores y principios ancestrales que por siglos se han preservado y transmitido de generación en generación.

Lo nuevo no debiese ser bueno por ser nuevo, sino porque enriquezca lo existente, porque lo mejore y lo potencie, pero nunca debemos olvidar que eso que se está enriqueciendo tuvo un origen, un principio, sin el cual no hubiese existido.

Es igual de importante que no perdamos de vista el factor humano. El hombre es un ser para el encuentro, para relacionarse con otros. En los últimos años también pareciera que uno se sintiese más acompañado frente a una máquina, ya sea una computadora, laptop, tablet y, por supuesto, un celular. Es como si no necesitásemos nada más, pues encontramos, entre otras cosas, fechas importantes, la agenda del día, la hora, las alarmas para recordar tomar una medicina, los correos, chats, cronómetro, las aplicaciones para saber qué ruta tomar mientras manejamos y evitar el tráfico, la música que más nos gusta, en fin, pareciera que todo. Y el grave riesgo para mí es que nos olvidemos de las personas, que increíblemente están, más bien, del otro lado, interactuando con sus propios dispositivos. Es más, me atrevo a afirmar que hoy uno de los usos menos utilizados del celular es para hablar con otra persona.

La suma de todos estos factores y, en particular, este fenómeno tecnológico ha acrecentado el olvido de los viejos. Creemos que ya no se les necesita. Y no medimos la sensación de soledad y tristeza que puede generar en ellos y, mucho menos, nos percatamos que los jóvenes y adultos de hoy, seremos los ancianos del mañana. En buen castellano, estamos labrando nuestro futuro y todo indicaría que así serían nuestros últimos días.

Por supuesto que, como siempre, existen las honrosas excepciones y soy testigo de familias que mantienen estas tradiciones y costumbres intactas, y más bien las preservan y enseñan a sus futuras generaciones como uno de los valores permanentes de la vida.

Volvamos pues la mirada a ellos. Revaloremos sus conocimientos. Pidámosles consejos antes que sea demasiado tarde y su memoria se apague. Y celebremos su día en cada instante. Así, no solamente los estamos honrando a ellos, sino también a nuestras propias vidas.

Con todo cariño a los viejos de mi familia. Siempre en mi corazón.

Guillermo Ackermann Menacho
Desde hace 40 años me desempeño como gestor en la industria de las comunicaciones y el marketing, tanto en medios tradicionales, radio y televisión, en la producción de contenidos audiovisuales, documentales, videos institucionales, programas y publicidad, realizados en 24 países. Desde mi juventud he participado en diversas iniciativas sociales, deportivas y religiosas, como gestor y voluntario. Soy un convencido que este mundo se puede cambiar si cada uno pone su granito de arena y, en lo que hago, trato de poner el mío.

1 comment on “La edad de la sabiduría

  1. Miryam Patricia Falla Guirao

    De acuerdo con su columna. Llegar a «viejo» es realmente un privilegio.

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