Guillermo Ackermann Opinión

Que la memoria no nos falle

‘El mal NUNCA es camino hacia el bien’ – San Juan Pablo II en Ayacucho 1985.

Eran aproximadamente las 20:00 horas del 21 de julio de 1992. Me encontraba en una reunión en San Borja, tenía 25 años. De pronto, un nuevo estruendo volvió a sonar y, una vez más, el pánico se sentía en las mismas entrañas. Era un nuevo atentado terrorista. Pero ¿dónde?, ¿será cerca?, ¿dónde están mis papás, mis hermanos?

Se abre la puerta de la sala en la que estábamos reunidos y escuchamos una voz: ‘la bomba ha sido en el ILD, en Miraflores’, si alguien tiene que llamar pueden utilizar el teléfono de la casa (¡sí! Hubo una época en la que no había celular).

Me levanté aterrado. Mi casa quedaba a 4 cuadras y hacía tan solo 5 días había sido el sanguinario atentado de la Calle Tarata, a otras escasas 5 cuadras. Llamé y contestó mi hermano quien de frente me dice:

  • ‘estamos bien… no te preocupes. ¡A tu enamorada no le ha pasado nada!’.
  • ‘¿Por qué me hablas de ella’ ¡Ella está por otro lado!’ Atiné a responder.
  • ‘¡Ah, no te ha contado todavía…!’  Es en ese momento cuando sientes que el mundo se te viene abajo.
  • ‘¿Qué le ha pasado?… ‘

Gracias a Dios no fue más que un susto menor comparado con el pavoroso escenario.

Le habían roto la luna del carro y robado la cartera. Al salir disparada a buscar a su hermana menor, al escuchar la explosión, pasó por mi casa para que la ayudáramos.

Esto es lo que vivíamos: un estado de caos, de insania, de extrema violencia. No había seguridad en ningún lugar. Miedo, angustia, corazones estrujados.

Casi cuatro décadas después, un domingo, reviso las portadas de los principales diarios nacionales y pareciera que la herida estuviese abierta.

‘Murió derrotado’, ‘Asesino en el infierno’, ‘Murió la bestia’, ‘Se fue el diablo’, ‘Así murió la hiena’, ‘Murió el monstruo’, ‘Ya está en el infierno’, ‘Terrorismo nunca más’, ‘Murió el mayor genocida de la historia del Perú’.

Así anuncia la prensa la muerte del criminal Abimael Guzmán, fundador y líder de ‘Sendero Luminoso’, el demencial movimiento terrorista que, en poco más de una década, había decidido destruir el Perú, para tomar el poder y, eliminando el Estado, convertirnos en una nación totalitaria.

Marx, Lenin, Stalin, Mao, Trotski, Pol Pot. ‘Sendero’ era un cóctel de todo lo más execrable del comunismo histórico y para implantar esta ideología hay que demoler todo el ‘establishment’. Aterrar a la ‘clase dominante’ y doblegar cobardemente a los más vulnerables, a los pobres, a los más postergados.

Son desgarradores los testimonios que narran cómo en los pueblos más recónditos llegaban estos dementes y alineaban a todos los adultos varones, delante de sus hijos y los acribillaban, y así sometían a los niños y las mujeres.

Coches bomba, toneladas de dinamita y anfo, masacres, asesinatos, crímenes salvajes. Eso fue el terrorismo y no la caricatura que se ha pretendido hacer creer a las futuras generaciones. Esto no fue una lucha armada, en igualdad de condiciones. No fue un enfrentamiento entre dos clases. El terrorismo fue un holocausto. Uno de los más cruentos de la historia americana.

No es verdad que fue una confrontación entre un grupo de guerrilleros y las fuerzas armadas. No se puede medir con la misma vara la acción criminal, con la reacción defensiva que, tuvo unos inaceptables excesos, que nunca debieron suceder tampoco.

Y es por eso la gravedad que en las últimas décadas se haya pretendido soslayar lo que significó esta lacra. Los brazos ideológicos del ‘pensamiento Gonzalo’ se extendieron hasta sectores como el de educación, cultura y justicia.

Permitir esto no solo es deshonrar la memoria de las decenas de miles de muertos que dejó el terrorismo, sino que constituye una complicidad que debe tener también consecuencias legales y penales.

Guzmán y sus huestes no podrían ser ni olvidados, ni perdonados, porque para que exista perdón debe darse un reconocimiento, arrepentimiento, confesión pública, pedido de perdón y propósito de enmienda, algo que no se ha dado en ninguno de los casi 30 años de la captura del desalmado cabecilla.

Hoy, que tantas dudas generan las autoridades sobre su filiación, acercamiento o afinidad con este movimiento terrorista o sus brazos políticos, se hace imperativo no solo el deslinde, sino acciones concretas que demuestren su lejanía.

Caso contrario, el proceso de la tan anhelada reconciliación a la que nos invitó San Juan Pablo II en su visita al Perú en febrero de 1985 no se podrá dar. En aquel momento el Papa polaco quiso viajar hasta la misma ciudad de Ayacucho, cuna de ‘Sendero’ y pronunció unas conmovedoras palabras:

“a los hombres que han puesto su confianza en la lucha armada; a aquellos que se han dejado engañar por falsas ideologías, hasta pensar que el terror y la agresividad, al exacerbar las ya lamentables tensiones sociales y forzar una confrontación suprema, pueden llevar a un mundo mejor: ¡El mal nunca es camino hacia el bien!”.

“No podéis destruir la vida de vuestros hermanos; no podéis seguir sembrando el pánico entre madres, esposas e hijas. No podéis seguir intimidando a los ancianos.  Os suplico con dolor en mí corazón, y al mismo tiempo con firmeza y esperanza, que reflexionéis sobre las vías que habéis emprendido.  Os pido, pues, en nombre de Dios: ¡Cambiad de camino! “, añadió.

Guillermo Ackermann Menacho
Desde hace 40 años me desempeño como gestor en la industria de las comunicaciones y el marketing, tanto en medios tradicionales, radio y televisión, en la producción de contenidos audiovisuales, documentales, videos institucionales, programas y publicidad, realizados en 24 países. Desde mi juventud he participado en diversas iniciativas sociales, deportivas y religiosas, como gestor y voluntario. Soy un convencido que este mundo se puede cambiar si cada uno pone su granito de arena y, en lo que hago, trato de poner el mío.

1 comment on “Que la memoria no nos falle

  1. Miryam Patricia Falla Guirao

    El terrorismo fue el mal frente a nuestras narices. No solo hay que decir «terrorismo nunca más» sino que debemos procura que así sea. Muy buena columna, Guillermo.

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