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La horizontalidad en la red

Los tutoriales conforman una de las apropiaciones más genuinas de la red. En pocos minutos nos enseñan a descargar un programa, cambiar el idioma a una aplicación,  resolver una falla del celular o al menos a reconocerla. La variedad de asuntos que se atienden es tan vasto que no sería posible hacer una mención completa. Imagino que la mayoría de nosotros alguna vez hemos sido usuarios de sus servicios. Y acaso no pocos hayan tenido la loable motivación de ofrecer sus conocimientos en alguno de los espacios que frecuentamos. Y esa actividad nos permite comprender el cambio que se está operando en la cultura: la circulación de materiales audiovisuales, textuales o icónicos que produce cualquier persona en pos de ayudar a otros que no conoce está cimentando una horizontalidad simbólica de gran impacto. Las jerarquías sociales  construidas durante siglos van ingresando en un período de decadencia. ¿O acaso para solucionar un inconveniente con la computadora recurrimos a un ingeniero en sistemas? No, probablemente expliquemos nuestro problema en el buscador y nos arrojaremos a las publicaciones que nos aseguren una respuesta eficaz.

De esta forma se va configurando un ambiente colaborativo que propone otra lógica de funcionamiento, ya no se trata de recurrir al especialista ni de asumir nuestra ignorancia como un legado de nuestra clase social. Por eso a las generaciones más alejadas de estos fenómenos comunicacionales les cuesta aceptar el cambio: supone la pérdida irremediable de su prestigio. El doctor (léase: el abogado, el médico, el escribano, etc.) están en las mismas condiciones que cualquiera en la red. Y eso, como no podía ser de otra forma, perturba. De allí la descalificación que suelen expresar acerca de cuánto allí acontece. Ser desplazados – simbólicamente – por ignotos hijos de vecinos que nos asesoran respecto a cómo hacer una gestión ante un organismo del Estado o incluso nos aconsejan sobre bitcoin,  no es gratificante. De alguna forma desprecian aquello que temen, como los reaccionarios.

Los docentes también deberían acomodarse a las formas que adoptan las interacciones que portan (y construyen) conocimiento. Es cierto que el rango es muy diferente y ello constituye una ventaja, pero sin una actitud abierta y desprejuiciada acerca de las dinámicas que acontecen en la rutina de las nuevas generaciones, apenas podrán intuir qué está pasando y nada más. Ni intervenir, ni aprender ni guiar. Sólo contemplar. El desafío de quienes ya no somos el futuro, sino el mero presente, es suspender nuestras certezas, evitar el desdén (que como un gesto de superioridad le propinamos hacia los hábitos que no compartimos) y aceptar nuestras carencias.  Si somos capaces de humanizarnos, estaremos en condiciones de ejercer la empatía. Y quizás entonces, tengamos la oportunidad de volvernos sujetos activos de las nuevas reglas culturales. La opción es intentar sumarnos o ser un lastre.

Si alguien se anima hacer un tutorial para la primera opción, avisen. Para la segunda, no hace falta.

Luis Sujatovich.
Profesor, Doctor en Comunicación Social. Se desempeña como docente investigador de la Universidad Nacional de Quilmes (Argentina). Fue becario posdoctoral en CONICET y realizó una estancia de investigación posdoctoral en la Facultad de Comunicación de la Universidad de Castilla – La Mancha (España). Es autor del libro Prensa y Liberalismo publicado en 2019.

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