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La madre del cordero

No recuerdo en mis cinco décadas de existencia una crisis como la que estamos viviendo. La polarización, los extremos, la irracionalidad, el enfrentamiento.

No estamos siendo capaces de sentarnos en una mesa y ponernos de acuerdo en las rutas a seguir para salir de este entrampamiento. No sabemos ponernos de acuerdo. Siempre anteponemos nuestros intereses personales y en todo caso esperamos que el resto se adecúe a mis pensamientos.

Desde mi modesto análisis el problema principal es la falta de valores. Estamos viviendo una crisis moral como sociedad. Y creo además que parte del problema en el enfoque es seguir pensando que somos un país de víctimas y victimarios. La mitad de los peruanos se sienten víctimas y culpan a la otra mitad de ser los responsables de sus miserias.

Cuando uno mira las noticias termina asqueado y pareciera como si fuese la ley del absurdo. Es muy patente cómo se está actuando contra las normas establecidas, cómo se está rompiendo el sistema de una manera avasalladora.

Y de pronto aparece un entrevistado que justifica todo lo actuado, en virtud de su eterna postergación y que esa es la manera de compensar las injusticias de décadas.

Ya no importa el bien o el mal, lo correcto o incorrecto. Lo justo o injusto lo determino yo en función a mi propia conveniencia. Así las consecuencias de ello pudiesen traerme problemas, incluso legales, me arriesgo, total, no tengo nada que perder.

La corrupción es un mal endémico, se ha relativizado. Apenas se llega a la gestión pública, la urgencia de beneficiarse por alguna concesión, una adjudicación o adquisición la ha convertido en una carrera de velocidad de distancia corta. Ya no hay siquiera pudor, ni el más mínimo recato, ni cuidado. Procedo no más y ya después me las arreglo. Total el sistema de justicia, hoy por hoy, es tan precario que quizá nunca me condenen.

Pero esta situación es transversal. No se crea que el corrupto solo es el que está en la esfera pública. No habría corrupción, si no existiese el corruptor. Y estos se encuentran por supuesto en el sector privado.

El problema no es público o privado. Para mí es la persona misma, que ha perdido los valores esenciales. Y conforme pasan los años esa tendencia de banalizar lo tradicional, que le permitió al ser humano organizarse como civilización a lo largo de la historia, esta agravando la situación.

Las nuevas generaciones creen que hay que reinventar todo, que el mundo ha colapsado y por ello hay que crear un nuevo ordenamiento. Y, por tanto, todo lo anterior se debe echar por la borda.

Para empezar el primer valor que se ha cuestionado es la familia, como célula de la sociedad. Bajo la excusa de ser inclusivos, lo cual claramente es bueno, se trata de inventar nuevas formas diferentes de convivencia y en el camino esta crisis genera inestabilidad e inseguridad. La formación básica que se daba en el núcleo íntimo familiar se ha puesto en cuestionamiento.

Ese espacio se le está recargando a la escuela y por eso se deben reinventar los contenidos escolares. Entonces con esa lógica debemos mirar si en los colegios se están brindando estos valores y miramos con tristeza y dolor que el sistema educativo nuestro es un desastre, el peor de la región.

Hemos idolatrado un modelo escolar, los últimos 20 años, que está destruyendo a nuestros niños, que no se basa en valores y que no imparte la más mínima calidad.

Ahí está entonces la madre del cordero. Ni en casa, ni en el colegio se están enseñando los valores permanentes. Si queremos simplificar e irnos a nuestra historia antigua: el ama sua (no robar), ama llulla (no mentir), ama quella (no ser ocioso), eran los principios básicos. Hoy no se respetan en ninguna de sus dimensiones.

Si miramos a nuestra historia más reciente los 10 Mandamientos, han pasado a estar en el olvido, como una tabla retrógrada, inaplicable y ridiculizada.

Pero si miramos ambas normas encontraremos que, en la transgresión de éstas, se encuentra el origen del problema.

Regresemos a las fuentes, el camino está marcado. Solo si entendemos que la ruta es vivir los valores, nuestro país tendrá futuro, de lo contrario el camino a la destrucción es inevitable.

Guillermo Ackermann Menacho
Desde hace 40 años me desempeño como gestor en la industria de las comunicaciones y el marketing, tanto en medios tradicionales, radio y televisión, en la producción de contenidos audiovisuales, documentales, videos institucionales, programas y publicidad, realizados en 24 países. Desde mi juventud he participado en diversas iniciativas sociales, deportivas y religiosas, como gestor y voluntario. Soy un convencido que este mundo se puede cambiar si cada uno pone su granito de arena y, en lo que hago, trato de poner el mío.

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