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Con una ayudita de mis amigos

Con una ayudita de mis amigos me contagié de Covid.  Esta frase memorable, de resonancias beatlemanicas, la estarán repitiendo muchos jóvenes que, tras el anuncio de la tercera ola, hicieron oído sordo a cualquier consejo y se expusieron al virus en las celebraciones y dionisiacos viajes de fin de año.  Cada acto tiene una consecuencia y parte del proceso formativo es asumir los efectos que sobrevienen a la acción no razonada. 

Asistimos hoy a una prueba de la inmadurez de los jóvenes y no solo exclusivamente de ellos.  Los principales laboratorios privados y públicos se encuentran con largas colas de personas cariacontecidas -y no solo en la flor de la juventud- que acuden por un descarte en torno de la muy contagiosa variante Ómicron.  No es que la Delta haya desaparecido, sino que en esta “nueva ola”  predomina  la sudafricana.

Es parte de la idiosincrasia del joven pensar que no le ocurrirá nada de nada.  Los amigos influyen; la tentación arrecia y la carne es débil.  Las recomendaciones de los padres entran por un oído para salir por el otro. Es difícil, a una edad temprana o previa a la adultez, seguir esos consejos -provienen de “experimentados” que seguro, alguna vez, actuaron de modo irreflexivo en sus años mozos-. De la responsabilidad y madurez dependerá todo.  No hicieron caso y ahí están las duras consecuencias.  El Sars-Cov 2 es implacable y no hace distinciones.  Los contagios vinieron en multitud y a la hora de la hora la enfermedad se presenta sin medida ni clemencia.

El adolescente es,  per se, impulsivo, y esta pandemia ha resultado un verdadero infierno para este segmento, desesperado por salir, divertirse y retornar a sus ansiados campus universitarios.  La socialización llama pero la pandemia aquieta el entusiasmo. Oír a los progenitores resulta indiferente y estéril. Las hormonas están al tope.

La mayoría de contagios por Covid se produce en jóvenes que no supieron asumir la responsabilidad cuando se anunció lo que se avecinaba.  Esa falta de civismo y de consideración para  el otro está repercutiendo en miles de inocentes expuestos al contagio vía sus imberbes familiares.  El derecho de cada uno termina donde comienza el derecho del otro y esta regla de oro parece haber sido obviada.

No solo en el Perú se registra un alza en la enfermedad; pasa en todo el mundo.  Los motivos son siempre los mismos.  El no respetar el distanciamiento social, no lavarse las manos y, sobre todo, no usar barbijo.  Estamos en tiempos duros y no son tan complejas las decisiones que debemos de tomar. 

Con una ayudita de mis amigos me contagié de Covid, murmurarán los retoños.   Amigos o  malas influencias del entorno catalizan estos desórdenes de salud.  Se anuncia que para dentro de tres semanas llegaríamos al pico.  Se ignora  cuánto durará.  Tiempo de verano, de balnearios y otras diversiones; constatamos, ya sin mucha perplejidad,  que el peruano promedio (y no solo los jovencitos) le saca la vuelta a la norma.  Consumo de alimentos y alcohol en las playas,  fiestas clandestinas y desacato a la autoridad son las acciones que reinan en este contexto.  Se puede evitar, mas no se quiere. 

Para todo ello es importante la educación: saber que no estamos solos y que el bien individual nunca se hallará por encima del Bien Común.  No se trata de la suma de los bienes individuales que a cada uno le toca;  como dice John Stuart Mill, es un Bien Común asumido como Sociedad o Colectivo de los seres individuales que lo integran.  Esta pedagogía ciudadana debe impartirse desde la escuela, pero en serio, no como relleno gaseoso o inútil; así el individuo sabrá a qué atenerse cuando suceda un episodio de semejante magnitud. 

Los padres, por su parte, tienen que lidiar con sus  rebeldes hijos; si estos no ven en los autores de sus días el ejemplo a seguir, no será mucho lo que se les exija luego.  La educación no solo es escolar: también entra al sujeto desde casa.  Si los jóvenes no observan en sus padres un comportamiento considerado y gentil para con el prójimo, ellos tampoco lo tendrán.  Si sus mayores beben con exageración y organizan reuniones aparatosas, ellos actuarán igual; si pisotean la norma, ellos, también, y sin empacho.  Aprendamos de una vez por todas: los hijos suelen ser un reflejo de la familia que integran y si esta no los protege desde el diálogo, la toma de conciencia y la apertura empática, ellos seguirán contagiándose “con una ayudita de sus amigos”.

Miryam Patricia Falla Guirao
Licenciada en Filosofía por la Pontificia Universidad Católica del Perú. Doctora en Filosofía por la Pontificia Universidad Católica Argentina (UCA). Exbecaria de Investigación del Consejo Nacional de Investigaciones Científicas y Técnicas (CONICET) de la República Argentina en el área de Ética y Bioética. Docente Universitaria en pre y post-grado. Conferencista en universidades, colegios profesionales e instituciones jurídicas y de salud.

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