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El silencio de Francisco

MARTIN BELAUNDE

La agresión de Ucrania por Rusia lleva más de tres semanas y sin embargo el Papa Francisco, aparte de rezar por la paz y la libertad del país invadido, no ha emitido hasta ahora un claro pronunciamiento condenando tal violación del Derecho Internacional. ¿Por qué? La verdad es que no me explico ese exceso de prudencia frente al país grande y en perjuicio del más chico. Es cierto que muy al principio de la invasión el Papa Francisco visitó la embajada rusa en Roma, pero nada se ha podido saber del diálogo entre el Sumo Pontífice y el representante diplomático ruso. ¿Qué le habrá podido decir el Jefe de la iglesia Católica al emisario de Putin más allá de expresar su preocupación y quizás condenar la invasión en privado? Sin duda que las gestiones diplomáticas exigen discreción y cierto sigilo, acompañado de la prudencia, así como del sentido de oportunidad. Pero del reservado diálogo entre el Papa Francisco y el embajador ruso no se ha sabido nada que hubiera atenuado los efectos catastróficos del ataque ruso, así como del incesante bombardeo que el pueblo ucraniano está sufriendo por la implacable crueldad del presidente Putin. Ese silencio podría convertir al Papa Francisco en cómplice involuntario del dictador ruso, cuando el mundo reclama una acción decidida que condene la agresión y restablezca la paz quebrantada. Nada en ese sentido emana de la enigmática actitud de quien ahora conduce al catolicismo.

Preguntémonos qué requiere el mundo en un caso de agresión tan flagrante como el que ahora padece Ucrania. El presidente Joe Biden de los Estados Unidos viene orquestando una serie de medidas y sanciones que afectarán la economía rusa y también a su pueblo, cuya voluntad no fue consultada, pero igualmente al resto del mundo. Biden está viajando a Europa para participar en una reunión de la OTAN que analizará la invasión de Ucrania y los más recientes sucesos militares desde una óptica geopolítica, pero se resiste a enviar tropas y armamentos que confronten directamente a la agresión rusa. No quiere escalar el conflicto y llevarlo a una dimensión atómica. Nadie en el mundo quiere llegar a ese nivel de escalamiento, no obstante, Putin se ha referido a esa posibilidad en términos que implican que estaría dispuesto a utilizar armas nucleares contra sus enemigos de Occidente. ¿Será eso un bluff? El mínimo sentido común obliga a no tomar sus expresiones como la bravata de un tiranuelo. Rusia tiene a su mano el segundo arsenal atómico del mundo. Putin ha dicho abiertamente que dispone de los medios tecnológicos suficientes para neutralizar los instrumentos norteamericanos destinados a interceptar en el aire los misiles nucleares rusos. Si fuera cierto es mucho decir y lo podría convertir en uno de los amos del planeta más allá de los 17 millones de km2 que constituyen el actual territorio de Rusia después de la disolución de la Unión Soviética. Me pregunto si esos factores gravitan decisivamente en el silencio del Papa Francisco, que ahora juzga prudente rezar y pedir la intervención divina, para que los habitantes de la tierra se alejen del holocausto nuclear.

La experiencia histórica nos enseña ciertas lecciones elementales. Las sanciones económicas por sí solas jamás detienen una invasión. La fuerza militar, el ataque, la agresión y el bombardeo incesante de un país por otro solo puede ser neutralizado por una respuesta igual o mayor. Las guerras mundiales del siglo XX y todos los conflictos armados que han sobrevenido después así lo señalan. No podemos evitar esa ley de hierro. Por eso resulta imprescindible no escalar el conflicto. Sin embargo, esa actitud demanda un mínimo de prudencia y sagacidad en los líderes mundiales. Hitler y sus secuaces no la tuvieron y por eso perecieron. Kruschev  en 1962 con su proyecto de instalar misiles atómicos en Cuba dirigidos a los Estados Unidos casi origina una guerra nuclear, pero luego desistió y dos años después perdió el poder en la Unión Soviética. Estados Unidos a su vez sacó sus misiles de Turquía que apuntaban a Moscú. El mundo volvió a respirar.

¿Qué se puede hacer para que el mundo vuelva a respirar la paz? No es dable construir la paz sobre una injusticia nacional. Hoy Ucrania a pesar de sus vínculos históricos con Rusia quiere ser independiente. La primera Rusia se originó en Ucrania y en Kiev, pero los ucranianos no quieren ser súbditos rusos, desean ser ciudadanos independientes de una nación soberana. El presidente Zelensky, étnicamente judío, encarna esa voluntad nacional pisoteada por las bombas y los tanques rusos. Su heroica resistencia así lo demuestra. En este momento no sabemos cómo terminará esa nueva guerra de independencia. Pero el Papa Francisco en honor de los católicos que viven en Ucrania, al igual que los ortodoxos que habitan el país, debe apoyar ese sentimiento. Vemos la voluntad de Dios encarnada en la fuerza de un pueblo que lucha y desafía la muerte en aras de su libertad. Así sea.

Postdata: «El domingo 20 de marzo el Papa Francisco desde un balcón del Vaticano, condenó sin atenuantes el horrible crimen de muerte y destrucción en Ucrania, desatado por la cruel invasión ordenada por Putin. Enhorabuena que el Papa Francisco se expresara en esos condenatorios términos». Martín Belaunde Moreyra

Martín Belaunde Moreyra
Bachiller en Derecho y Abogado por la PUCP y Magíster en Derecho Civil y Comercial por la USMP. Abogado en ejercicio especializado en Derecho Minero e Hidrocarburos.  Autor del libro “Derecho Minero y Concesión”. Ha sido Vice Decano, y Decano del Colegio de Abogados de Lima, y Presidente de la Junta de Decanos de los Colegios de Abogados del Perú y en el ámbito público: Embajador del Perú en Argentina y Congresista de la República del Perú en el período 2011-2016.

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