Sin duda, un problema sin resolver y que aqueja a toda la ciudadanía es el de la inseguridad. Estamos desprotegidos de la delincuencia como barco a la deriva. Hoy, los asaltos a mano armada ocurren a cualquier hora y nos dejan un trago amargo. Incluso se llega a matar por uno de estos teléfonos si la víctima se resiste. En tal contexto, ya no es previsible que estos solo ocurran por la noche. Usted puede ser violentado a las 10 de la mañana con toda facilidad (e impunidad). Por eso, es prudente no resistirse cuando ocurra y entregar el aparato, ya que el no hacerlo acarreará serias consecuencias. Si queremos ver películas de terror, no tenemos más que encender el televisor y sintonizar un noticiero para darnos cuenta del problema en el que nos hallamos inmersos.
Los ladrones de celulares suelen ingresar por las callecitas perpendiculares a las grandes avenidas; utilizan las ya temidas motos lineales y mototaxis. Los asaltos ocurren en las puertas de las casas. Es recomendable no usarlos en la vía pública. Generalmente, los facinerosos se encuentran observando sin piedad, como aves de rapiña. Por estos días, hay grandes plantones de gente que vive en los conos o en distritos muy populosos, exigiendo a las autoridades lo que no tienen: seguridad. Los Ministros del Interior, sobre todo los últimos -incompetentes e inútiles, nombrados por “cuota de partido”- han hecho poco o nada al respecto. Se han declarado en estado de emergencia Lima y Callao con el fin de paliar esta situación, pero no se consiguen resultados. Los asaltos y el sicariato son de alta frecuencia. No pocos peruanos desaparecen un día y, después de algún tiempo, son hallados muertos.
Los ladrones entran con un arma a los negocios y apuntan a sus dueños, exigiendo lo que se guarda en la caja. Por temor a que esto termine mal, entregan todo y quedan desvalidos. La situación es penosa, sublevante. Es posible que a tan incapaz gobierno le convenga, ya que los ciudadanos, por miedo, no saldrían a protestar con toda justicia. No solo la pandemia es un impedimento para esto, sino el peligro en el que todos se ven envueltos. La policía y el serenazgo no aparecen o aparecen muy tarde. ¿A dónde va el dinero de la tributación con que pagamos su trabajo? Los más vulnerables son los jóvenes que llevan en su mochila celulares y otros objetos, como tablets o laptops. Cuando son atacados, se les exige brutalmente que cedan el aparato; sino, los matan a balazos. Esta es la triste realidad. Ahora que se avecinan las elecciones municipales y regionales, los candidatos, una vez más, juran combatir con todo a la delincuencia. No estamos seguros si podrán. Ellos saben dónde se ubica el punto débil por el que la población reclama a gritos. ¿Qué hacer? Solo seguir pidiendo un esfuerzo sostenido y solvente a las autoridades.
La vida humana no vale para los buitres motorizados; solo apoderarse del artefacto que será usado para otros delitos: estafas, extorsión y robo bancario, por ejemplo. Según las estadísticas, se sustraen más de tres mil celulares cada día. Y aunque existen personas que no los portan al salir, los rufianes siempre asumen lo contrario. No hay hora ni lugar seguro. Deberemos seguir protestando con el objetivo de que haya una acción eficiente por parte de las autoridades. Todos tienen temor de hasta de salir a la bodega de la esquina. Pero ¿qué es lo que se ha hecho? Persistamos haciendo ruido –no solo para ahuyentar criminales-, sino para llamar la atención de los responsables de protegernos.
Nuestra vida no equivale un celular; no obstante, por la forma cómo se vienen dando las cosas, pareciera que sí. Estamos sumidos en un clima de terror donde no se respeta ni a mujeres, ancianos o niños. Activemos las alarmas: que las autoridades se muevan. No podemos continuar así. Por favor, que alguien escuche este clamor del indefenso.

Miryam Patricia Falla Guirao
Licenciada en Filosofía por la Pontificia Universidad Católica del Perú. Doctora en Filosofía por la Pontificia Universidad Católica Argentina (UCA). Exbecaria de Investigación del Consejo Nacional de Investigaciones Científicas y Técnicas (CONICET) de la República Argentina en el área de Ética y Bioética. Docente Universitaria en pre y post-grado. Conferencista en universidades, colegios profesionales e instituciones jurídicas y de salud.

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