Columnas Opinión Víctor Velásquez

La batalla del Alto de la Alianza (26 de mayo de 1880)

La Guerra del Pacifico, no ha terminado. Si no hablamos con la verdad, nunca podremos superar lo injusto, lo lastimoso. La Guerra del 79, según apunta la Dra. Ella Dumbar Temple, “a la luz de toda la doctrina jurídica desde el medioevo, a la luz de los teólogos juristas del siglo XVI y del Derecho Internacional y de Gentes, fue guerra injusta y que, por lo tanto, conlleva el derecho de restitución o sea la devolución de lo indebidamente tomado”. Un 28 de agosto de 1929, a las dos de la tarde, volvió Tacna al seno patrio. Mientras no haya devolución de los territorios peruanos de Arica y Tarapacá, la Guerra del Pacifico, no ha terminado. Cuando se ice la bandera nacional, se debe izar no al tope del mástil, solo a media asta hasta cuando vuelvan Arica y Tarapacá. La Guerra del Pacifico, no ha terminado.

Existe toda una línea definida desde la independencia hasta nuestros días que no nos debe dejar dudas sobre la vocación de dominio que Chile ha tenido sobre el Pacifico. Podemos incluso retrotraer estos antecedentes hasta el siglo XVI cuando al discutirse entre Pizarro y Almagro los alcances de las Capitulaciones Toledanas, Almagro que encarna a los de Chile exige que su frontera se trace en los dominios del cacique de Chincha, incluyendo dentro del territorio de su Gobernación al Cusco y la Amazonia hasta los confines de los dominios de Portugal. 

El signo de nuestra diplomacia el siglo pasado, no guardó la coherencia debida al determinante de la historia que es la amistad peruano-argentina. En lugar de ello, señalo una orientación de apaciguamiento y de conservación de algo anti-histórico: la amistad peruano-chilena y el mantenimiento del statu-quo diplomático en el área meridional de América del Sur.

A pocos meses que Chile, nos declaró la guerra, en Lima se encontraban acantonados 15,000 soldados de línea, regularmente armados, mientras que casi 6,000 peruanos en Tacna pedían apoyo y estaban al borde de la inanición. En Arequipa 3,000 hombres bien armados y equipados, desoían los llamados del Sur, las municiones abundantes y recién llegadas, dormían en el Callao. Pierola, llamado “el regenerador” inicia una actividad cortesana y desorbitada que lleva al Gobierno a la desorganización y anarquía. Caos que abarca a las leyes, táctica, cuadros de oficiales, etc., Desde el punto de vista político dicta el Estatuto Provisorio que es el summun del nepotismo y la incapacidad jurídica y se dedica a reorganizar la hacienda, el gobierno y la guerra, como si el país estuviera viviendo una idílica paz. El ejército del sur yace olvidado. La desorganización existente del ejército genera desorden, confusión e incapacidad, al entregarse el mando de los cuerpos del ejército a amigos de Pierola, civiles sin preparación ni capacidad militar y, finalmente, se menoscaba la autoridad del almirante Montero. El general Eleodoro Camacho asume el mando de las tropas bolivianas y en Bolivia es nombrado jefe del gobierno el general Narciso Campero, jefe del ejército de Bolivia en el Perú. En el nuestro, Pierola, forma el 2do Ejército del Sur que los entrega a sus amigos, el general Beingolea y el coronel Leiva. Se designa al general Campero, general en jefe del ejército aliado que contaba con 8,600 hombres y 16 cañones de diversos calibres, para enfrentar a 13,520 chilenos, 1,200 jinetes y 40 cañones Krupp.

Así llegamos a la batalla del Alto de la Alianza el 26 de mayo de 1880. Esta batalla evidenció deficiencias en la táctica militar, improvisación en la estrategia, desorden y apresuramiento y errores de mando. Se inicia a las 7.30 a.m. y concluye a las 3.00 p.m. Este ejercito, olvidado de Lima y sin apoyo de ninguna clase, debilitado conscientemente por Pierola, por temores políticos, se bate con honor, pero es totalmente diezmado.

De la batalla, dice el general Dellepiane, el mas importante historiador militar contemporáneo, que: “las tropas peruanas y bolivianas, optaron por la defensa”. Es decir, oponerse sobre una línea, como una muralla viviente al avance invasor. Estas fuerzas “ancladas” al terreno por las deficiencias de su organización y elementos, no podían emprender operación alguna y su escasa potencia residía precisamente en su inamovilidad. En consecuencia, los planes de Montero y de Camacho tenían una idea directora que les era común: la defensa pasiva. La potencia de las armas de fuego, acrecentada en aquel tiempo por la invención del cartucho metálico y el fusil de aguja, y el alcance y poder de las bocas de fuego, hizo generalizar la creencia de que la defensiva era todopoderosa y que bastaba que los soldados, en una línea, dispararán a su frente para diezmar las filas del adversario que se lanzara al ataque. Como se ve en los acontecimientos, “los aliados estaban convencidos de que su rol era simplemente rechazar al enemigo o por lo menos infringir el mayor numero de perdidas, en otras palabras, se conforman con hacer costosa la batalla y con ceder solo después de haber ocasionado fuertes bajas al invasor. Los planes de los aliados, siendo estos defensivos habían previsto la retirada”.

En cuanto al dispositivo, “Campero desarticuló las divisiones para emplazar sus batallones en punto a veces alejados con lo que que rompió los lazos tácticos. Además, al hacer esta mezcla de los combatientes de ambas nacionalidades, parece que tenía más confianza en sus batallones que en los peruanos y los intercaló para controlarlos en todo el frente. Las tropas que permanecían en segundo escalón no formaban, por el hecho de estar distribuidos a lo largo de la línea, una masa potente capaz de decidir la lucha a favor de los aliados en un momento y en un lugar dados. En la práctica, Camacho enlazó sus divisiones de segunda línea por su propia voluntad y Montero, asimismo, hizo pasar a la primera línea a sus connacionales. Aquí faltó unidad de comando, además de la falta de una reserva general”.  

Siguen las verdades. El pueblo que desgarró la unidad de América indo-española y fue el primero en abandonar el ideal de unidad americanista por el cual habían luchado los pueblos de este Continente en la gesta emancipadora, fue Chile.  

La Guerra de Pacifico, aún no termina. Lo que dice el diario “La Patria” de Valparaíso de 1880, lo repite con otras palabras, pero con el mismo razonamiento, ahora el Clarín o el documental “Epopeya” en el 2007: “Lo que a Chile interesa, lo que este país industrioso exige y aguarda es que, junto con aprovechar la superioridad incontestable de nuestros elementos de mar y tierra, para asestar golpes mortales al Perú, se adopten medidas, y emprendan operaciones dirigidas a destruir o debilitar eficazmente los recursos de que esta nación pueda echar mano en cualquier época futura, para hostilizar a Chile por tierra o por mar, o suscitarle enemigos en el continente. El día en que las propiedades fiscales peruanas comiencen a ser convertidas en escombros, y el guano a salir por centenares de miles de toneladas (por cuenta exclusiva de Chile), ese día será el primero de buen sentido del Perú y alumbrará la terminación de la guerra”.

Más verdades. Sudemos en la paz, para no volver a sangrar en la guerra. Muchas razones hay para explicar la derrota del 79, todos dirigen sus miradas al aspecto militar, pero como bien dice el diáfano historiador Mariano Felipe Paz Soldan: “lo que acabó de destruir las esperanzas de salvación del honor del Perú, de la adquisición de elementos de guerra, capaces de contrarrestar el poder de Chile, cada día mayor, fue la desaprobación del contrato Rosas Goyeneche, por el funesto dictador don Nicolás de Piérola”. Este tenía sus acuerdos con la casa Dreyfus, que tanto como él deseaba su elevación a la presidencia del Perú, segura de retener en sus manos las riquezas nacionales. El primer acto del dictador, cuando todavía estaba incierta la actitud de Lima respecto de su gobierno, fue ordenada por medio del telégrafo submarino a los comisionados Rosas y Goyeneche que suspendieran toda negociación. Esta escandalosa resolución fue consecuencia lógica de los fines políticos que, con infatigable tenacidad, venia persiguiendo Pierola desde el año 1872, y de los decretos que en consonancia con éstos se apresuró a dictar pocos días después de consumar la revolución que lo llevo al poder (el 7 de enero), por los cuales se conocía a la casa Dreyfus como acreedora del Perú, prueba más concluyente de las criminales connivencias entre el conspirador de oficio y los que habían abusado de su comisión como consignatarios.

La historia peruana es cíclica. En el umbral del siglo XXI tal como sucedió desde 1870, seguimos siendo un país con desunión nacional y rivalidad entre peruanos; la improvisación es signo de nuestros gobernantes y hombres dirigentes; hay una vacilante, zigzagueante y endeble política internacional que no solo cambia con los presidentes sino con los ministros de relaciones exteriores y existe falta de eficiencia de nuestros diplomáticos; los planes de defensa nacional no tienen sustento económico-fiscal para materializarse y por ello, está en peligro nuestra defensa nacional; se ha mejorado algo el aspecto económico pero seguimos siendo dependientes y dominados por capitales extranjeros los  cuales podrían ser nuevamente antecedente de una derrota militar al no contar con recursos; hay un escaso desarrollo nacional, lo que hace, por ejemplo, que en caso de conflicto, no haya ni siquiera una industria militar que sea el sustento de 6 o 14 días de guerra.

Si de algo nos sirve, para reaccionar, veamos cómo quedó el Perú después de la derrota. Dice Jorge Basadre, tacneño ilustre: “en la desolación inmediata, la angustia económica privada y pública, la debilidad, la soledad (…), víctima de algo difícil de remontar, el complejo de inferioridad, el empequeñecimiento espiritual, perdurable jugo venenoso destilado por la guerra, la derrota y la ocupación”. Dios de los Ejércitos, no permitamos que esta tragedia se repita. Si buscamos un motivo, para dar respuesta a la pregunta de Zavalita, personaje vargallosiano, de ¿Cuándo se jodio el Perú? Yo diría que fue cuando dejamos de tener en cuenta el legado inca de crecer, sustentados en una potente fuerza militar, y comenzamos a empequeñecernos.

Mi verdad. Inicie mi carrera militar profesional en Tacna, en el año 1969, en el recordado y añorado Batallón de Infantería Motorizado No 45, que ocupaba parte del Cuartel Albarracín”. Allí fui testigo del inicio de un proceso de rearme peruano que nos llevó en 1975 a estar en condiciones excepcionales de atacar y derrotar militarmente a Chile y recobrar Arica y Tarapacá. No supieron los dirigentes de esa época pasar a la inmortalidad.

Cuando a finales del año 2001, pasé a la situación de retiro, ahora la cosa fue al revés, habiendo derrotado al terrorismo, y paralelamente haber impedido que Ecuador alcanzara la margen occidental del río Marañón, se nos perseguía por violadores sistemáticos de los derechos humanos y se nos disminuía significativamente los presupuestos que a resultas mermaba considerablemente nuestra capacidad militar disuasiva y defensiva, y colocaba a Chile en una proporción militar ventajosa de 3 a 1. Y eso duele, mucho.  Y para colmo de males, la institución veía con vergüenza las evidencias lastimosas de cómo los integrantes de la cúpula, habían vendido su honor y su lealtad a la Institución “por un plato de lentejas”.  

En Tacna, supe que allí comienza la Patria. Al pie del Cerro Intiorco, donde se desarrolló la batalla, murieron cientos de tacneños. Por ello, permítanme, en esta parte del artículo, rendir mi homenaje a los hombres y mujeres tacneñas. Para ellos y ellas, mi respeto pletórico de entusiasmo y de intraducibles emociones de soldado. Hacia esa bendita tierra, donde el heroísmo tiene infundidas sus hazañas en cada uno de sus rincones vernaculares.

La Guerra del Pacifico, no termina. Hay guerras que nunca acaban. Así como es necesario el entrenamiento en el aspecto físico, es importante, que lo hagamos espiritualmente. La manera más conveniente es concientizarnos para la lucha, leyendo los versos patrióticos del gran vate tacneño Federico Barreto, cundo dice en su verso “Mi Patria y mi Bandera”: “Desde que vi la luz m pecho anida// Por mi Patria, el Perú, ¡doy la vida!// Por mi bandera, el alma ¡el alma mía!// Yo quiero que mi patria bien querida// vuelva a ser en América lo que era// y que mi enseña, blanca y encendida, flote muy alto ¡sea la primera! // ¡Mi Patria! ¡Mi Bandera! Desde niño// fueron mi encanto, fueron mi cariño. // Ni la sangre que deja horribles huellas // ni el lodo, que es baldón, caigan sobre ellas. // Hay que evitar la afrenta, sobre todo. // ¿Lodo? ¡Eso nunca! ¡Sangre antes que lodo! 

Entonemos esta vibrante canción en nuestras casas, cuando salgamos a correr, cuando trabajemos, que sea el himno cotidiano de nuestros niños y jóvenes escolares y universitarios, que sea el bálsamo que aliste nuestra alma nacional para la futura victoria.    

¡Honor y Gloria a los hombres y mujeres tacneñas y de todos los rincones del país, muertos en cumplimiento del deber en la Batalla del Alto de la Alianza!

¡Honor y Gloria a los habitantes de Arica y Tarapacá, por siempre peruanos!

Víctor Velásquez Pérez Salmon.   Coronel del Ejército del Perú en Situación de Retiro. Se ha desempeñado como Catedrático de Historia Militar en la Escuela Superior de Guerra, Director de la Comisión Permanente de Historia, y miembro del Proyecto Ejercito 2001.  Es autor de varias publicaciones de historia, ensayos, poesía y cuento. 

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