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Complacer al lector es mendigar atención

El lector no es un bebé al que hay que cuidar y alimentar en pequeñas dosis para que pueda crecer con salud. Es lector quien quiere serlo, quien asume esa condición por su bien, porque espera hallar en las palabras de otros algo que no posea, o que le explique mejor su identidad. Por lo tanto, cada vez que caemos en la búsqueda afanosa de la brevedad máxima, de la sencillez gramatical, de las referencias que pueden descubrirse sin esfuerzo, consumimos la poderosa energía de la lectura en meros intercambios de información que se olvidan un segundo después de haberlo consumido. ¿O acaso no nos sucede eso con la gran mayoría de los mensajes en la red? Leer supone aceptar un pacto: alguien propone un texto y quien lee pone el sentido. Pero si ambos están tan pegados que no dejan lugar más que a una fugaz mirada que no precisa interpretación o que la trae consigo, ¿qué lugar queda para que alguien anhele involucrarse en una discusión sobre sus intenciones? Y la cuestión no está relacionada con la brevedad, dado que hay géneros que han sabido aprovechar sus ventajas para desplegar su potencia literaria. La poesía y la narrativa son ejemplos notables. No se trata de extensión sino de pretensión: ¿qué me atrevo a exigir para que se adueñen del texto? Si se solicita poco, habría que desconfiar: sólo los perros ofrecen mucho a cambio de casi nada.

Mendigar atención es un mal contemporáneo pero a la lectura le sienta aún peor. Arrodillarse para que alguien, casi con pena, se detenga en nuestra publicación no nos conducirá a ser valorados. Es difícil respetar a quien se humilla. Es cierto que se escribe para estar vivo y se lee para comprobarlo, pero la red está tensionando demasiado el mínimo arreglo que se busca sostener. La diversión es fundamental, pero si cada texto debe abrevar en ella, se desvanecerá su encanto. Los textos deben estar a la moda, pero para desafiarla, para mostrar sus limitaciones, su sentido común, sus prejuicios, porque cuanto más contemporáneo es  menos posibilidades tiene de trascender.  No se me ocurre nada más actual que un comentario en una red social a un video ni más sencillo de olvidar.

Además, hay dos trampas en la búsqueda de resultar agradable: quien simula interés, pronto seguirá con su prisa hacia otra página, plataforma o contenido. Le restamos oportunidad al lector que podríamos encontrar por perseguir a quien no va a dejar que lo alcancemos. Y someterse a la razón cuantitativa impone una lógica peligrosa: supone que un artículo más leído es mejor. Y para colmo, acaba siendo le modelo a seguir.

En consecuencia, hay que seguir escribiendo para hallar un estilo o para acendrarlo, tratando de prescindir, pero sin indiferencia, de las reglas que nos acotan. Si nunca llega el lector, habremos pagado nuestra estancia en el mundo con palabras. No es una mala manera de desaprovechar el tiempo, porque – al fin y al cabo – todos lo hacemos. Incluso usted, cuando se detuvo en este texto.

Luis Sujatovich.
Profesor, Doctor en Comunicación Social. Se desempeña como docente investigador de la Universidad Nacional de Quilmes (Argentina). Fue becario posdoctoral en CONICET y realizó una estancia de investigación posdoctoral en la Facultad de Comunicación de la Universidad de Castilla – La Mancha (España). Es autor del libro Prensa y Liberalismo publicado en 2019.

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