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Habitamos la red, pero desconocemos su lenguaje

Habitar la red supone una experiencia que, en relación al lenguaje, es apenas una relación superficial. Al menos para la mayoría, me refiero a quienes desconocemos los lenguajes de programación. Por lo tanto, nuestra acción está signada por un profundo desconocimiento de toda la gramática que subyace en las interfaces. Estamos así insertos en un entorno cuyas reglas nos son ajenas y que no atinamos a conocer. De alguna forma, somos extranjeros. Y no se trata simplemente de una cuestión generacional, sino de formación. ¿Cuál es el grado de comprensión de los procedimientos que se efectúan cada vez que usamos las plataformas? 

Es muy famoso el término algoritmo, sin embargo, sería válido preguntarnos quienes saben exactamente cómo está compuesto, es decir de qué forma se escriben. Nuestro desempeño, entonces, debe conformarse con el mero diálogo condicionado por relaciones y leyes que desconocemos en absoluto. Vivimos en una realidad cuyo funcionamiento no podemos explicar, pero que a la vez tiene la fuerza para conmover cada uno de los cimientos que dieron origen a la modernidad. 

El voraz impulso por el conocimiento del mundo, del ser humano y de todos los elementos que pudieran considerarse dentro de la ciencia acabaron encriptados, codificados y transformados en un lenguaje binario accesible para unos pocos, algo así como el latín en Europa durante la Edad Media. Pero quizás nuestra situación sea aún peor, dado que bien podríamos establecer que estamos en una etapa en la cual nos costaría identificar si un trueno es un fenómeno climático o la ira de los dioses. Basta revisar los tutoriales para comprender que las soluciones que se ofrecen están mucho más arraigadas en los fenómenos observables que en las razones profundas de la informática actual.  Tenemos la experiencia mas no el conocimiento de las lógicas de funcionamiento. En consecuencia, estamos regidos bajo un orden que ni siquiera podemos advertir en sus hechos menos sutiles.

El idioma que usamos, para colmo, nos brinda la ilusión de que es eficaz porque nos ayuda a cumplir con nuestros objetivos cada vez que nos conectamos. Sin embargo, es sólo una manifestación visible de un intercambio tan oculto como preciso, tan inorgánico como veloz, que nos engaña con facilidad: los traductores sirven al mismo propósito, nos consuelan brindándonos la sensación de que estamos comunicados con la red, pero en realidad usamos la red para comunicarnos con otro, ya que con ella no es imposible. De alguna forma, manejamos un dialecto que es comprendido y que puede ser traducido a otro dialecto, pero que no tiene mucha articulación con el lenguaje digital. Fundamentalmente porque nosotros no lo entenderíamos y porque la red no necesita que suceda, para eso nos ofrece una versión sencilla y accesible a nuestra precaria interpretación conocida como castellano.

Si nos detuviéramos a tratar de entender un texto en HTML nos daríamos cuenta cuán lejos estamos del dominio que creemos tener. Aprovechar el lumínico relieve de las pantallas nos hace soberbios. Prescindir de todo lo que subyace, analfabetos.

Luis Sujatovich.
Profesor, Doctor en Comunicación Social. Se desempeña como docente investigador de la Universidad Nacional de Quilmes (Argentina). Fue becario posdoctoral en CONICET y realizó una estancia de investigación posdoctoral en la Facultad de Comunicación de la Universidad de Castilla – La Mancha (España). Es autor del libro Prensa y Liberalismo publicado en 2019.

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