Columnas Martín Belaunde

Isabel II: Legado y sucesión

Gran Bretaña ha anunciado urbi et orbi, la muerte de la reina Isabel II, Elizabeth II en inglés. Monarca durante más de 70 años desde 1952, cuando a los 26 años y joven madre de familia, sucedió a su padre el Rey Jorge VI, prematuramente fallecido como consecuencia de una enfermedad de cáncer. Desde entonces Isabel II ha sido  indiscutiblemente un modelo de monarca que desempeñó sus funciones de Jefa de Estado a la perfección. En efecto no solo fue honrosa  soberana del Reino Unido de Gran Bretaña e Irlanda del Norte, sino además  cabeza de la Mancomunidad Británica de Naciones e igualmente  reina de quince países que la reconocían como su soberana titular.

El reinado de Isabel II ha sido el más  prolongado en la historia británica, superando el de su antepasada la reina Victoria. Para entender su verdadero significado debemos considerar su rol de  monarca constitucional,  que no ejercía el poder directamente y cuya función principal era representar a la nación británica  interna y externamente. El poder efectivo reside en el Parlamento, nominalmente bicameral, con una Cámara de los Lores  reducida  a una suerte de senado consultivo, y en la Cámara de los Comunes, que representa al pueblo y es elegida en comicios basados en el sufragio universal voluntario. El primer ministro o la primera ministra como es ahora, lleva la responsabilidad de gobernar en nombre de su Majestad, cuyo mandato depende a su vez de que logre una mayoría funcional dentro de la Cámara de los Comunes, con el apoyo de su partido mientras tenga la capacidad de triunfar en las urnas. Gran Bretaña históricamente ha tenido un régimen político bipartidista por su estructura electoral, característica que le ha permitido una gran estabilidad política  y además terminar en el lado vencedor en las dos guerras mundiales de la primera mitad del siglo XX.

El gran mérito de Isabel II a lo largo de su reinado de 70 años es haber actuado con excepcional tino y discreción llevándose bien con primeros ministros totalmente distintos entre sí. Cuando accedió al trono  Winston Churchill, indiscutible líder y héroe nacional, ejercía ese cargo hasta que renunció cuando alcanzó los 80 años. Luego tuvo como primeros ministros a sucesivos líderes de los partidos conservador y laborista, bastante diferentes en su filosofía política y objetivos de gobierno, siendo Margaret Thatcher la  primera mujer que ocupó ese alto cargo. Isabel II  concilió  con todos y leyó  en el Parlamento, los discursos de la Corona expresando los puntos de vista del gobierno de turno. Algunos podrían decir que cumplió una función mecánica, pero no era  así, porque Isabel II en sus conferencias semanales con los primeros ministros, siempre tuvo la posibilidad de preguntar, sugerir y quizás  hasta de objetar lo que consideraba inconveniente. Ese diálogo interno entre la reina  y el primer ministro del momento se realizaba sin testigos, trascendiendo solo aquello que ambos deseaban revelar.

¿Qué podemos decir del rey Carlos III,  antes Príncipe de Gales y heredero al trono durante  el largo reinado de su madre? ¿Asumirá sus funciones con el prestigio que Isabel II pudo acumular en siete décadas de soberanía? La reina no ejercía el poder directamente pero estaba en el corazón del mismo, conociéndolo en todas sus intricadas sutilezas y  de veladas rudezas. Gran Bretaña fue titular de un imperio ya desaparecido pero aún conserva un lugar muy importante en la comunidad internacional. Es uno de los diez Estados más poderosos del planeta en cuanto a capacidad  económica, financiera, científica, tecnológica y militar. Es además uno de los cinco miembros permanentes del Consejo de Seguridad de las Naciones Unidas con derecho a veto en sus resoluciones que afectan a la paz y la seguridad internacional. Gran Bretaña ya no domina los mares pero  influye en el curso de los acontecimientos mundiales.

El rey Carlos III tiene una tarea pesada por delante. Deberá convencer a su pueblo que en todo momento actuará con el espíritu de servicio y lealtad a los ideales nacionales que caracterizó a su madre. Deberá preservar el prestigio de la monarquía ganado en siglos de historia pero que puede perderse en cortos instantes si actúa equivocadamente. ¿Gravitará en su  contra el recuerdo negativo de su divorcio con Lady Diana Spencer? Son preguntas que en estos momentos no tienen una respuesta clara pero que él con su conducta personal tendrá que disipar en una forma que satisfaga a millones de británicos. El futuro de la monarquía depende en gran medida del prestigio que Carlos III pueda irradiar a sus compatriotas para que lo consideren a la altura de su nueva función como monarca.

Hay un factor que podría ayudarlo en esa función. El Reino Unido de Gran Bretaña e Irlanda del Norte representa a cuatro países algo distintos. Inglaterra es el más importante de los cuatro en cuanto a población y capacidad económica, pero tiene a Escocia en el norte de la isla, con una corriente poderosa a favor de la independencia. Si en Escocia gana el Partido Nacionalista el Reino Unido podría disolverse, lo cual tendría a su vez un efecto desestabilizador en el equilibrio del poder en el mundo. Por ello, los partidos políticos dominantes, el Conservador y el Laborista, lucharán con todos los medios a su disposición, para que Carlos III se gane el cariño de su pueblo, con el fin de apuntalar la unidad nacional por encima de cualquier factor disociador.

Martín Belaunde Moreyra
Bachiller en Derecho y Abogado por la PUCP y Magíster en Derecho Civil y Comercial por la USMP. Abogado en ejercicio especializado en Derecho Minero e Hidrocarburos.  Autor del libro “Derecho Minero y Concesión”. Ha sido Vice Decano, y Decano del Colegio de Abogados de Lima, y Presidente de la Junta de Decanos de los Colegios de Abogados del Perú y en el ámbito público: Embajador del Perú en Argentina y Congresista de la República del Perú en el período 2011-2016.

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