La admiración y respeto que infunde cualquier institución es consecuencia directa de la grandeza que es capaz de generar. A mayor vulgaridad, mayor desafección. El gran cuidado en las formas de que hacen gala determinadas naciones es buena prueba de lo digo. El porte mayestático de la República Francesa, como muestra, convierte a ramplonas personalidades políticas en honorables presidentes nada más pisar el Elíseo. Lo propio sucede en otros lugares, como el Reino Unido o Japón, tan solemnes, o con el simbolismo extendido entre los ejércitos de medio mundo, impecables en la puesta en escena.
Los titulares de los diferentes poderes, al encarnar sus cimientos, su solidez y permanencia, han de ser necesariamente refractarios a lo pedestre, a lo cutre. Y esto se extiende también a quienes representan el liderazgo en jerarquías de renombre, desde un credo religioso a una universidad, pongo por caso. No parece lo más deseable que aquellos que tienen como principal misión la de personificar los fundamentos de asuntos tan nobles o relevantes, en los que tantísimos se miran cada día, sucumban a lo prosaico, porque si ello sucede, la degradación institucional asoma.
Describe Maquiavelo en El Príncipe que el sistema de gobierno del principado hereditario, el más completo para él, exige sin embargo una única condición: que quien lo detente sea un ejemplo para sus súbditos, un dechado de virtudes con capacidad para elevarlos a grandes metas, un líder indiscutible cuya senda se siga para hacer mejores a cada uno de ellos. De no darse este exclusivo requisito, se convierte según su criterio en el peor de los regímenes, al carecer de justificación.
No es del todo cierto que el nivel institucional sea un mero espejo de una supuesta mediocridad imperante. Ese fatalismo podría ser aplicado a muchos países que, sin embargo, cuentan con una fuerte institucionalidad, que de inmediato ahorma a quienes alcanzan las principales dignidades, tengan la personalidad que tengan, incluso si se trata de individuos de una zafiedad manifiesta.
Eso sucede porque las instituciones están forjadas por piezas que constituyen los cimientos de esas sociedades, con plena capacidad para reunir en torno a si a la totalidad de los ciudadanos, con escasas excepciones. De ahí lo importante de velar porque accedan a ellas quienes aseguren un razonable desempeño y nunca aquellos capaces de perpetrar ocurrencias de lo más variado o que causen estupor por las memeces con que acostumbren a despacharse en sus intervenciones públicas. Si quienes personalizan a las instituciones incurren en dichas perplejidades o provocan desconcierto, la devaluación se instala en las mismas, socavando el prestigio adquirido durante décadas por el buen hacer de numerosos dirigentes de talla excepcional.
De lo anterior no se infiere que quienes figuren al frente de las instituciones deban ser personas hoscas o antipáticas, o especialmente alejadas de la naturalidad. Lo que han de intentar es comportarse con el rigor y compostura que demanda la autoridad que ostentan, sin caer en extravagancias impropias de tal potestad. Esto es aplicable a aquellos que, pretendiendo dar imagen de campechanía y sencillez, se empeñan en llevar tal manera de ser a las magistraturas que asumen, algo improcedente porque una cosa es la personalidad de cada cual y otra bien distinta la naturaleza de la institución, que ha de ser preservada como garantía de su continuidad y trascendencia al margen de caprichos, ademanes o antojos del que en un determinado momento la represente, como con tanta gracia parodia Woody Allen en Bananas, trayendo causa de las tiranías sudamericanas. Si las instituciones sucumben a eso, deben prepararse para mudar su sustancia con el último que llegue, lo que no parece demasiado compatible con su alta función. Y no es cuestión de elitismo aristocrático ni de conservadurismo anacrónico, sino de un maduro sentido institucional o de Estado, de normalidad o equilibrio y también si se prefiere de elegancia, descrita por Coco Chanel en términos tan agudos como profundos: “no es la apariencia, es la esencia; no es el dinero, es la educación; no es la ropa, es la clase”.
Proteger a las instituciones pasa, en suma, por realzarlas evitando su pérdida de relieve, su caída al terreno de lo ordinario, de lo cutre o lo grotesco, algo que siempre trae consigo su inutilidad como elemento vertebrador de las comunidades hacia ideales superiores.
*Columna publicada en www.lne.es
Javier Junceda. Jurista y escritor español. Académico de las Reales Academias Española y Asturiana de Jurisprudencia, de la Norteamericana de la Lengua Española y de la Peruana de Derecho. Columnista, compagina la docencia universitaria con el ejercicio de la abogacía en su propia firma. Cree en la España de ambos hemisferios. Y que procede conservar lo que merece la pena ser conservado.
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