Columnas José Valdizán

¡Viene el huaico!

En Lituma en los Andes, obra de Mario Vargas Llosa publicada en 1993, el cabo Lituma, destinado a un campamento cercano a una mina en el poblado de Nacco en los Andes, se pregunta si los espíritus de las montañas, los amarus, los mukis o los diablos andan metidos dentro de los cerros y eran los que provocaban las desgracias. Lituma, en su intento de confrontar sus propias creencias y su forma de vida a las de las gentes de la sierra, nunca halló respuesta, pero luego de sobrevivir a un huaico, agradece a mamay, apu, pachamama o a quien sea por salvarle la vida.

 ́Huaico ́ es una palabra de origen quechua: wayq ́u, y su escritura varía como  ́guaico ́,  ́guayco ́ o  ́huayco ́ y, por lo general, está relacionado a un fenómeno del mundo rural. Sin embargo, para ser precisos, la Real Academia de la Lengua lo define como una masa enorme de lodo y peñas que las lluvias torrenciales desprenden de las alturas de los Andes y que, al caer en los ríos, ocasionan su desbordamiento.

El ciclón Yaku, otra palabra quechua que significa agua, que ha coincidido con la estación de lluvias en las cumbres de los Andes, ha generado lluvias intensas, inundaciones, desbordes de ríos y, por consiguiente, huaicos no solo en la sierra sino también en la costa del país, dejando a su paso destrucción material y desgracias humanas.

Estas avalanchas caen como una tromba de muerte sobre caminos, carreteras, puentes y viviendas construidos en quebradas de alto riesgo en la costa, allí donde la naturaleza ha dominado por milenios, pero que el hombre por su ignorancia, necesidad o terquedad ha pretendido someterla, poniendo en riesgo su propia vida.

En Lima, las quebradas de Malanche y Jicamarca son las rutas del cauce natural de los huaicos que recorren decenas de kilómetros desde las zonas altas de la cordillera hasta su desembocadura en el mar, y en su recorrido no distinguen entre Punta Hermosa o Jicamarca, cuando se trata de recuperar su caudal natural. El daño y la ruina que han producido los huaicos, y su  ́socio ́ el ciclón Yaku, nos debe hacer mirar con otros ojos a los Andes, guardando respeto y, porque no, temor.

Ante las pantallas de televisión desfilan personas sencillas y humildes, en su mayoría migrantes o descendientes de ellos, que habitan en las quebradas costeñas o cerca de estas, soportando la fatalidad, y en ocasiones realizan hazañas heroicas sin inmutarse, como si fueran parte de los ciclos naturales ancestrales con sus lluvias torrenciales, sequías, temblores y terremotos, que son características de los lugares desde donde llegaron sus antepasados a vivir en la capital de la República.

En las playas, los pobladores conviven con la inmensidad del Pacífico, y olvidaron que en algún momento sus casas ubicadas en los sectores cercanos al cauce de las quebradas podían correr el riesgo de una avalancha cayendo sobre sus espaldas.

Hoy vemos la desnuda realidad en las que viven, escuchamos sus aspiraciones por recuperar lo perdido, oímos las quejas y denuncias de culpas ajenas de las autoridades, y percibimos el huaico de falsas promesas de los políticos de turno que prometen una vida digna, como lo ofrecieron en su momento expresidentes y exgobernadores que ahora están en prisión o siendo juzgados por la justicia: el círculo perverso de la improvisación, el infortunio y la falsedad.

José Valdizán Ayala.
Historiador, investigador y docente universitario. Autor de obras de su especialidad, en particular en historia económica republicana. Fue Subjefe del Archivo General de la Nación, director del Fondo Editorial, la Biblioteca Central y Estudios Generales de la Universidad de Lima. Se ha dedicado a la docencia, la investigación y la edición de publicaciones académicas de importantes universidades del país por más de cuatro décadas. Actualmente se desempeña como profesor principal de la Escuela Profesional de Historia de la UNMSM y director del Fondo Editorial de la Universidad San Ignacio de Loyola.

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